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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Sobre lobos, fantasmas y agitadores sociales...

Según una encuesta internacional, una de cada cinco personas cree en la existencia de extraterrestres. Una proporción similar de españoles (21%) cree en platillos volantes y paisanos verdes. Quizá se encuentren entre ellos los avezados diputados asturianos que dicen que en Asturias hay más de 500 lobos, que justifican el uso del veneno en “legítima defensa” (es ilegal, por supuesto) y que, en su apogeo de ignorancia, sensacionalismo y alarmismo, consideran peligroso llevar a los niños a la parada del autobús. Sí, todo muy “alucinante”. Si usted quiere constatarlo, lea el diario de sesiones del parlamento asturiano del 9 de noviembre o vea el debate de la televisión autonómica del 29 de octubre. Pero recuerde que, como en una novela o en una película de ciencia ficción, todo parecido con la realidad es pura coincidencia.



Cabeza de lobo de El Pajarillo, en piedra caliza., 96 x 54 x 54 cm, en el Museo de Jaén.
Pieza integrante del conjunto escultórico de "El Pajarillo" cortijo en Huelma, Jaén.
Esta pieza, de la primera mitad del s. IV a.C., representa a un lobo en actitud amenazante, a juzgar
por la posición de las orejas -inclinadas hacia atrás-, el hocico -arrugado- y la boca entreabierta. 



Qué tal si, basados en este porcentaje de creyentes en extraterrestres, se propusieran “medidas preventivas” para que en tiempos de crisis no nos invadan las pateras voladoras. El restante 79% de ciudadanos reclamaría pruebas concluyentes para confirmar su existencia y, mientras tanto, se preocuparía de los fantasmas de carne y hueso que malgastan fondos públicos, ¿no creen? Con la misma falta de rigor, de manera populista y con el agravante de que sí hay datos reales que utilizar, la administración asturiana, la del “paraíso natural”, habla de “superpoblación” de lobos y plantea la “medida preventiva” (= matanza), de 66 lobos y 4 camadas, unos 90 lobos por tanto en un año. Una medida que no corresponde en absoluto con la tendencia de la población de lobos.

En Asturias, sólo el 1.4% de la población cotiza oficialmente en el sector agro-ganadero, lo cual supone el 3.6% de la población activa, como se desprende de los datos públicos del Instituto Asturiano de Estadística (2011). A pesar de la conocida disminución de población dedicada a la ganadería y agricultura en los últimos lustros por razones socioeconómicas, pasta en Asturias casi medio millón de vacas; es decir, más que nunca. En vez de utilizar las subvenciones europeas para mejorar la producción de los escasos ganaderos a título principal y para buscar alternativas, se ha venido dilapidando dinero entre quienes sí podrían merecerlo y quienes se han convertido en ganaderos oportunistas. Por tener una vaca, que no implica necesariamente que su dueño sea un ganadero profesional, se han podido llegar a cobrar más de 1000 euros anualmente en subvenciones, algunas con compromiso de conservación ambiental. Entretanto, en 2002 se promulgaba el Plan de Gestión del lobo en Asturias. Su aprobación fue una buena noticia para la gestión de la especie. El plan evaluaba el impacto que los daños tenían sobre la cabaña ganadera y los ganaderos anualmente: las indemnizaciones pagadas por daños de lobo no llegaban a suponer el 1% de las subvenciones recibidas y los animales afectados, aún asumiendo que todos los daños tramitados fueran causados por lobos, que es otro cantar, no llegaban tampoco al 1%. Si el político que acusa a los lobos de “comerse la nómina” de los ganaderos conoce (como es su obligación) estos datos, su bravuconería es especialmente grave.

Desafortunadamente, el plan de gestión del lobo no ha frenado su persecución ilegal, y la mortalidad ilegal supone al menos el 50% de las muertes de lobos en Asturias. Para colmo, el plan de gestión está pendiente de renovación desde 2007 y, olvidados los objetivos del documento inicial, lo único que se ha venido ejecutando anualmente son… lobos.

Estos datos deben ser útiles para quien quiera valorar en su justa medida las quejas de los supuestos afectados por daños de lobo y la verdadera magnitud del “conflicto”. Es necesario saber que en algunas zonas de Asturias se traen potros de Galicia para soltarlos en el monte hasta que sufran algún ataque –incluso simulado- y cobrar indemnizaciones. Esa picaresca ha aumentado en ciertas zonas, reflejándose en el “espectacular aumento” en el número de ataques en tiempos recientes. Este fraude es conocido por guardas rurales y técnicos de la administración. También es justo decir que ésta ofreció ayudas para la instalación de medidas preventivas de daños, como cercados, que apenas recibieron atención por parte del público que debía estar interesado. No siempre es cierto, por tanto, que quienes tienen daños de lobo no quieran tenerlos. Además, es de sentido común: el manejo adecuado del ganado es clave para evitar ataques. Está demostrado aquí y en muchos otros países.

El lobo no es una “especie conflictiva”. Es una especie clave en muchos ecosistemas, propia de la Cordillera Cantábrica y cuya correcta conservación debería ser objetivo ineludible en un “paraíso natural”. Conflictivas son las opiniones de unos y otros sobre cómo gestionar la especie. Pero si usted tiene un problema de salud, entiendo que irá a un médico o a varios, y en último término decidirá a cuál hacer caso y cómo proceder. Lamentablemente, en términos de conservación de la naturaleza todo el mundo sienta cátedra, a veces con una frivolidad y desparpajo espeluznantes. Pinchan y cortan algunas ONGs con presupuestos de multinacional, mientras el interesado “ideólogo” de turno aviva el circo con carnaza. Algunos profesionales, desde aquí o desde el extranjero (poniendo nombres propios a aquella “leyenda urbana” de la emigración de jóvenes), asistimos al pobre debate sobre la conversión del lobo en especie cinegética, como si esa fuera la manera de conservar grandes carnívoros. Los lobos ya son gestionados como especie cinegética en Galicia o Castilla y León, por ejemplo. ¿Creen que allí no hay problemas?, ¿deben los cazadores pagar por los daños de lobo o acaso deben disfrutar de su caza y eludir el pago de daños? Quizá nos iría mejor si tuviéramos en cuenta el conocimiento que la investigación científica va generando sobre el papel de los carnívoros en los ecosistemas y la conservación de biodiversidad. Curiosamente, esta sugerencia pone los pelos de punta a quienes ven en la ciencia y los datos reales una amenaza, un tabú, a sus planteamientos sensacionalistas, alarmistas, vacíos de razón y ética.

Este escrito no tiene nada de corporativista. No se salva de mi crítica el biólogo del Parque Nacional de Picos de Europa que mató en 2004 una camada de lobos fuera de todo plan de “control” de la especie, ni el director adjunto del mismo espacio (des)protegido, condenado por estafa en el año 2000, junto con un guarda, por la solicitud de daños falsos de lobo. En lugar de servir de modelo, el primer y único parque nacional con lobos en España es fuente continua de aberraciones en la gestión de la especie. Es muy triste, pero ya no puede sorprendernos. Un informe reciente de la Comisión Europea revela que España, Italia, Portugal y Grecia, son –por ese orden- quienes más infracciones ambientales cometen en Europa; por ejemplo, por no paralizar explotaciones mineras a cielo abierto que se saltaron trámites ambientales y que están destrozando la Cordillera Cantábrica. Esa lista de países es conocida, ¿verdad? Todos están en situación económica lamentable. ¿Cuánto tiempo necesitamos para darnos cuenta de que la conservación de la naturaleza tiene implicaciones para toda la sociedad?

Ya está bien de mentiras. No quedan en Asturias rincones de gran valor natural gracias a los “jardineros del paisaje”. Qué bucólico. Tanto como falso. Quedan a pesar de los 2000 incendios que sufre la región anualmente. Quedan a pesar de decisiones políticas que, alejadas de datos, matan por un puñado de votos. Quedan, tal vez, porque cambios económicos despoblaron zonas del medio rural y permitieron la regeneración de vegetación, en contra de lo que algunos llaman “matorralización” desde el desconocimiento y el interés lucrativo de actividades forestales que mueven millones de euros para la “limpieza” del monte y, aún más aberrante, para la supuesta “mejora de hábitat de especies amenazadas”. En materia de conservación en España hubo avances incipientes hace tres o cuatro décadas y ha habido aciertos puntuales, cómo no, pero hoy día la protección de espacios y especies se diluye a marchas forzadas, a ritmo de república bananera. Me temo que otros profesionales comparten esta conclusión en sus campos respectivos. Así nos va, campeones de Europa en las listas más exclusivas.


Publicado originalmente en el diario El Comercio, el 27 de noviembre de 2012,
por Andrés Ordiz Fernández, Doctor en Biología.
 

sábado, 15 de septiembre de 2012

Sobre la Ley Española de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres...

La Ley 4/1989, heredera de la Ley de Espacios Naturales Protegidos de 1975, supone, fundamentalmente, el intento de proporcionar un marco unitario de referencia para todas las iniciativas encaminadas a la protección de los recursos naturales, de las especies amenazadas y de los ecosistemas en los que éstas se desarrollan, de ofrecer instrumentos de coordinación para las políticas de conservación de la naturaleza que puedan emanar de las distintas Comunidades Autónomas y de adecuar el ordenamiento jurídico español a las directrices derivadas de la normativa europea vigente en materia de protección de la fauna y la flora y de conservación de los hábitats naturales.

La Ley 4/89 junto con sus posteriores reformas facilitan el marco básico de actuación en materia de conservación de los espacios naturales para el conjunto del Estado. No obstante, el texto legal deja abierta la posibilidad de que, junto a las figuras de protección previstas, cada Comunidad Autónoma, si lo considera conveniente, pueda establecer otras distintas y regular las correspondientes medidas de protección.




Gueyu de Mea, en Peña Mea, Laviana. Fotografía de Anabel Barbón Marcos.



Y esto es lo que ha ido sucediendo desde su promulgación hasta el momento actual: casi todas las Autonomías (con la excepción de Madrid y Cantabria) han desarrollado su propio ordenamiento jurídico en materia de conservación de espacios naturales, con lo cual en estos años se ha ido conformando un amplio cuerpo legal que, aunque en casi todos los casos sigue de cerca el modelo de la Ley estatal, también introduce diferencias importantes, al tiempo que trata de incorporar o desarrollar con mayor extensión principios, normas y preceptos por los que aboga la más reciente normativa medioambiental de carácter internacional.

No cabe duda que, comparada con la de hace tan sólo unos años, la situación actual de España en lo que se refiere a las políticas de protección medioambiental en general, y de conservación de la biodiversidad en particular, ha mejorado sensiblemente.

En efecto, como ya se ha dicho, desde 1989 en adelante, en virtud de sus competencias en materia de medio ambiente y de la posibilidad que abría la Ley de Conservación de los Espacios Naturales, las distintas Comunidades Autónomas han ido estableciendo sus propias legislaciones en la materia y elaborando catálogos cada vez más amplios de áreas protegidas, con lo que la superficie total que en el momento actual se beneficia de medidas de protección se ha visto considerablemente ampliada y son muchas las posibilidades de intervención en aras a la protección de la biodiversidad que hoy se ofrecen desde el ordenamiento legal.

Sin embargo, ante este hecho, que sin lugar ha dudas es positivo, también hay que constatar que, observando el Estado en su conjunto, los planteamientos son tan heterogéneos, la diversidad de figuras de protección tan amplia, los modelos de gestión tan variados y las realidades tan dispares de unos lugares a otros, que la comparación y homologación entre los distintos territorios y la obtención de una visión de conjunto resulta una tarea casi imposible.



Diversidad de figuras de protección

Prueba meridiana de la heterogeneidad y disparidad que subyace en el sistema español de espacios naturales protegidos es la utilización que se ha hecho de las propias figuras de protección, generando una amplia diversidad de las mismas. La Ley estatal 4/89 refunde los regímenes de protección creados por la Ley de 2 de mayo de 1975 en las cuatro categorías de Parques, Reservas Naturales, Monumentos Naturales y Paisajes Protegidos. La declaración y gestión de estos espacios naturales protegidos corresponderá en todo caso a las Comunidades Autónomas en cuyo ámbito territorial se encuentren ubicados. La única reserva que la Ley establece a favor del Estado es la gestión de los denominados Parques Nacionales –aunque esto será modificado posteriormente-, integrados en la Red de Parques Nacionales en virtud de su condición de espacios representativos de alguno de los principales sistemas naturales españoles, su declaración se realizará mediante Ley de las Cortes Generales.

En Europa, los patrones espaciales, definidos por una superficie reducida y fragmentada, y la gran diversidad de variables que influyen en la articulación de los sistemas de protección nacionales, explican el gran número y variedad de figuras utilizadas para la protección de las áreas naturales. La mayor parte de los países europeos tiene hasta diez figuras distintas de espacios protegidos, pero concentradas tan sólo en dos de las categorías de la UICN (Clasificación de la Unión para la Conservación de la Naturaleza): la IV (espacio de manejo de hábitat/especies) y la V (paisajes terrestres y marinos protegidos). En España, esta situación se ve acentuada además por la descentralización política del país, de forma que existen hasta 47 categorías diferentes de protección. Así, es frecuente la superposición en el mismo espacio físico de diversas categorías de protección procedentes de diferentes normativas (leyes de conservación de la naturaleza, leyes forestales y otras disposiciones, nacionales y autonómicas). Este problema de solapamiento, que afecta a unas 300.000 hectáreas en el país, dificulta el empleo de un lenguaje común, complica la gestión de los espacios naturales, e introduce una gran confusión en la actual política de conservación de la naturaleza.



Las figuras de protección autonómicas

No cabe duda de que la realidad geográfica de las Comunidades Autónomas españolas es distinta de unos casos a otros: extensiones muy dispares y rasgos físicos contrastados, cifras de población, formas de poblamiento y grados de urbanización desiguales, modelos de orientación económica y niveles de desarrollo diferentes, problemas ambientales particulares, objetivos de conservación variados, etc. Todo ello no justifica, en principio, la profusión de figuras de protección que, sin duda con un afán de flexibilidad y de mejor adaptación a los condicionantes del propio territorio, han ido apareciendo en los ordenamientos jurídicos de las distintas Comunidades. El número excesivo de términos empleados, la similitud de contenidos entre vocablos distintos o, por contra, la diferencia entre planteamientos que se esconden bajo denominaciones parecidas, la insuficiente delimitación en el contenido de muchas de ellas, etc. no sólo complica el panorama general y dificulta la coordinación de acciones entre las distintas comunidades, sino que, como ha denunciado repetidamente la UICN, imposibilitan la homologación internacional de las figuras de protección. Y es ésta una situación que, a pesar de las pautas que se apuntan desde los organismos comunitarios, no parece sino irse acentuando con el paso del tiempo puesto que son las normativas autonómicas de más reciente aparición (posteriores a 1995) las que mayor diversidad de categorías presentan.

Con este alto número de figuras de protección se contradicen las recomendaciones y advertencias de los organismos internacionales, especialmente de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN), en contra de una proliferación de figuras que imposibilita tanto la homologación entre las redes de distintos países como la evaluación comparada de las estrategias y políticas regionales y nacionale

Sin embargo, el problema generado no reside sólo en la cantidad excesiva de figuras de protección, sino también en el uso que se ha hecho de las mismas. Así, algunas de estas denominaciones que aparecen en la legislación no se han llegado a utilizar, de momento. Existen figuras con distinta denominación, en varias autonomías, pero cuyos objetivos y definición son los mismos, lo que demuestra una falta de coordinación entre las administraciones que las han utilizado. Se viene realizando un uso dispar de figuras con una misma denominación, así como se le asignan objetivos y regulaciones diferentes según la autonomía en que nos encontremos. Puede decirse que muchas de las figuras existentes son prescindibles y pudieran ser sustituidas por las cuatro figuras básicas de la legislación estatal, incorporando las particularidades necesarias en sus instrumentos de ordenación y gestión.



La superposición  y multiplicidad de otras figuras de protección de diverso rango

Por si las figuras vistas hasta aquí fuesen pocas, en todas las CCAA coexisten con ellas otro amplio abanico de categorías de protección, unas veces de carácter internacional (mundiales o europeas), otras nacionales (en su mayor parte surgidas de legislaciones anteriores), y otras incluso autonómicas establecidas a través de diversos mecanismos (como, por ejemplo, el planeamiento territorial, sectorial o urbanístico) que actúan en paralelo a las leyes de protección de los espacios naturales y que, solapándose con ellas, complican aún más el panorama.

Por último, y en lo que a la normativa internacional hace referencia, el repertorio de posibles figuras de calificación es aún más amplio, en parte también por la propia dinámica de evolución en el tiempo. Obviamente, no toda esta vasta colección de figuras de protección ha llegado a ser aplicada en el territorio español, pero sí es cierto que muchas de estas calificaciones, derivadas de Convenios, Acuerdos y Directivas de distinto tipo, tienen un relevante significado en las actuales políticas de conservación ambiental, lo que lleva a que, habitualmente en paralelo a otras calificaciones estatales o autonómicas, se tengan muy en consideración.

No cabe duda de que la situación de las áreas protegidas en el conjunto del Estado español ha mejorado sensiblemente en los últimos años, en gran medida gracias a promulgación de leyes de conservación cada vez más ambiciosas y a la activa política de declaración y protección que la mayoría de las Comunidades Autónomas vienen desarrollando, situación a la que no son ajenos el reforzamiento de las directrices y estrategias comunitarias en materia de conservación de la biodiversidad o la creciente concienciación ciudadana sobre el interés y la necesidad de preservar estos espacios como piezas claves para la mejora medioambiental de los territorios.

Este desarrollo, mayoritariamente positivo, presenta como handicaps una disparidad de planteamientos y una complejidad y confusión en la nomenclatura empleada en cada una de las autonomías que distancia cada vez más a nuestro país de los planteamientos propugnados por los organismos internacionales más relevantes en la materia y que dificulta enormemente la comparación de situaciones y la puesta en práctica de iniciativas y políticas coordinadas de conservación.

La variedad existente es hasta cierto punto lógica, si se tiene en cuenta la propia diversidad del territorio español, con una variedad ecológica y paisajística más que notable, con realidades económicas, sociales, urbanas, poblacionales, etc. diferentes y con problemas y necesidades igualmente singulares, situación ante la que es lógico que los gobiernos autónomos hayan tratado de adaptar la normativa a los problemas concretos de su territorio.

Todas estas circunstancias, sin embargo, no parecen justificar suficientemente la heterogeneidad de planteamientos y la disparidad de criterios y multiplicidad de categorías existente, máxime si tenemos en cuenta que sólo tres comunidades han declarado espacios haciendo uso de todas las figuras posibles. Además, como se ha apuntado en más de una ocasión, las recomendaciones de los organismos internacionales más competentes en materia de conservación de la naturaleza insisten en la necesidad de abordar políticas basadas en objetivos comunes, planteamientos homogéneos y actuaciones coordinadas, algo que parece difícil de cumplir con el fragmentado y variopinto repertorio de normas y figuras hoy vigentes y que, en la actual situación, quizá sólo pueda ser afrontado con ciertas garantías sobre la base de las disposiciones de las directivas europeas, éstas sí aceptadas y asumidas con carácter general.

Por estas razones, he de coincidir con diversos autores en considerar que, a pesar de los logros conseguidos, desde una perspectiva territorial, por la propia incapacidad de la Ley estatal para establecer una red representativa, jerarquizada e integrada y por el excesivo afán de individualización y diferenciación de unos poderes autonómicos con objetivos muy heterogéneos, quizá una de las características más definitorias de la actual red de ENP en España sea su notable fragilidad.