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miércoles, 23 de abril de 2014

García Márquez, asombro por Juan Rulfo...

El descubrimiento de Juan Rulfo -como el de Franz Kafka- será sin duda un capítulo esencial de mis memorias. Yo había llegado a México el mismo día en que Ernest Hemingway se dio el tiro de la muerte, el 2 de julio de 1961, y no sólo no había leído los libros de Juan Rulfo, sino que ni siquiera había oído hablar de él. Yo vivía en un apartamento sin ascensor de la calle Renán, en la colonia Anzures. Teníamos un colchón doble en el suelo del dormitorio grande, una cuna en el otro cuarto y una mesa de comer y escribir en el salón, con dos sillas únicas que servían para todo.

Habíamos decidido quedarnos en esta ciudad que todavía conservaba un tamaño humano, con un aire diáfano y flores de colores delirantes en las avenidas, pero las autoridades de inmigración no parecían compartir nuestra dicha. La mitad de la vida se nos iba haciendo colas inmóviles, a veces bajo la lluvia, en los patios de penitencia de la Secretaría de Gobernación.



Pelea de gallos, mosaico romano en las ruinas de Pompeya.


Yo tenía 32 años, había hecho en Colombia una carrera periodística efímera; acababa de pasar tres años muy útiles y duros en París y ocho meses en Nueva York, y quería hacer guiones de cine en México. El mundo de los escritores mexicanos de aquella época era similar al de Colombia y me encontraba muy bien entre ellos. Seis años antes había publicado mi primera novela, La hojarasca, y tenía tres libros inéditos: El coronel no tiene quien le escriba, que apareció por esa época en Colombia; La mala hora, que fue publicada por la editorial Era, poco tiempo después a instancias de Vicente Rojo, y la colección de cuentos de Los funerales de la mamá grande. De modo que era yo un escritor con cinco libros clandestinos, pero mi problema no era ése, pues ni entonces ni nunca había escrito para ser famoso, sino para que mis amigos me quisieran más y eso creía haberlo conseguido.

Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Conocí bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el camino y, sin embargo, me sentía girando en círculos concéntricos, no me consideraba agotado; al contrario, sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos. En ésas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ''Lea esa vaina, carajo, para que aprenda''; era Pedro Páramo.

Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura; nunca, desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis de Kafka, en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá, casi 10 años atrás, había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El llano en llamas y el asombro permaneció intacto; mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con otra obra maestra desbalagada: La herencia de Matilde Arcángel; el resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores.

No había acabado de escapar al deslumbramiento, cuando alguien le dijo a Carlos Velo que yo era capaz de recitar de memoria párrafos completos de Pedro Páramo. La verdad iba más lejos, podía recitar el libro completo al derecho y al revés sin una falla apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje que no conociera a fondo.

Más tarde, Carlos Velo y Carlos Fuentes me invitaron a hacer con ellos una revisión crítica de la primera adaptación del Pedro Páramo para el cine. Había dos problemas esenciales: el primero, era el de los nombres. Por subjetivo que se crea, todo un nombre se parece en algún modo a quien lo lleva y eso es mucho más notable en la ficción que en la vida real. Juan Rulfo ha dicho, o se lo han hecho decir, que compone los nombres de sus personajes leyendo lápidas de tumbas en los cementerios de Jalisco; lo único que se puede decir a ciencia cierta es que no hay nombres propios más propios que los de la gente de sus libros; aún me parecía imposible y me sigue pareciendo, encontrar jamás un actor que se identificara sin ninguna duda con el nombre de su personaje.

Lo malo de esos preciosos escrutinios es que las cerrazones de la poesía no son siempre las mismas de la razón. Los meses en que ocurren ciertos hechos son esenciales para el análisis de la obra de Juan Rulfo, y yo dudo de que él fuera consciente de eso. En el trabajo poético -y Pedro Páramo lo es, en su más alto grado- los autores suelen invocar los meses por compromisos distintos del rigor cronológico; más aún, en muchos casos se cambia el nombre del mes, del día y hasta del año, sólo por eludir una rima incómoda, oír una cacofonía, sin pensar que esos cambios pueden inducir a un crítico a una confusión terminante. Esto ocurre no sólo con los días y los meses, sino también con las flores; hay escritores que no se sirven de ellas por el prestigio puro de sus nombres, sin fijarse muy bien si se corresponden al lugar o a la estación, de modo que no es raro encontrar buenos libros donde florecen geranios en las playas y tulipanes en la nieve. En el Pedro Páramo donde es imposible establecer de un modo definitivo dónde está la línea de demarcación entre los muertos y los vivos, las precisiones son todavía más quiméricas, nadie puede saber en realidad cuánto duran los años de la muerte.

He querido decir todo esto para terminar diciendo que el escrutinio a fondo de la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros, y que por eso me era imposible escribir sobre él, sin que todo esto pareciera sobre mí mismo; ahora quiero decir, también, que he vuelto a releerlo completo para escribir estas breves nostalgias y que he vuelto a ser la víctima inocente del mismo asombro de la primera vez; no son más de 300 páginas, pero son casi tantas y creo que tan perdurables como las que conocemos de Sófocles.


Texto leído por Gabriel García Márquez el jueves 18 de septiembre de 2003, fecha en que se cumplió
el cincuentenario de la primera edición de El Llano en Llamas, en el programa radiofónico De 1 a 3.


martes, 16 de julio de 2013

Sobre putas tristes, carnaza, aculturación y contracultura…

Recién termino de leer Memoria de mis putas tristes (Mondadori, 2004), la última pero no precisamente nueva novela de Gabriel García Márquez, pienso en escribir una humilde reseña cuando un buen amigo, también aprendiz de escribano, me recomienda que meta más carnaza en el blog. Entiendo el contenido de su sincera recomendación como un giro claramente metafórico de la acepción más coloquial que apunta la Real Academia Española: en una persona, abundancia de carnes. O sea, que las carnes vienen a ser las que dan juego en la red, el leitmotiv de la globalización, el súmmum de la era digital. Aviados estamos, que digo yo sin temor a descubrir mi genealogía.

Ya otro amigo mexicano, Don Palafox, comprobó las excelencias de las imágenes carnosas cuando en su comprometida bitácora ─de tamaño compromiso que los tenaces que le seguimos nos vamos quedando en el camino─ decidió insertar una insinuante imagen de una actriz de la industria pornográfica en condición de posado pretendidamente inocente. Tal fue así que el texto de la entrada, destinado ineludiblemente a su no lectura, apenas tenía que ver con el motivo de la fotografía. Y también tal fue así que la entrada fue la más vista de la historia del blog, disparando las visitas hasta sonrojar al contador. Otro afecto de derrotas inesperadas me hizo partícipe de un dato publicado por el imperio Google: las palabras más buscadas en su meta-híper-ultra-buscador a lo largo del último año. Sí, como era fácil suponer, en el primer lugar de 2012 figura “porno” y en el segundo “prono”, lo cual viene a decir que la mitad del país somos pajilleros y la otra mitad disléxicos, o mejor, disgrafos.

En fin, que no me voy a detener en la breve historia que narra el fallido amor en Barranquilla entre un periodista nonagenario y anacrónico y una lolita virgen de catorce años, si acaso también en el elenco una madame venida a menos y una sirvienta que entrega sumisa su puerta de atrás. Prefiero ir a la investigación social, al trabajo antropológico de campo, al empirismo como tal, que diría Malinowski. Comprobemos a donde llega este texto inconexo ad hoc, ilustrémoslo con carnaza fresca, la más inmediata lolita que nos ofrece el imperio. Pongamos el contador a cero y vayamos a dormir. Mañana habrá vencido la aculturación, mimetizada en moderna contracultura con disfraz del todo a cien.



Lupe Fuentes, aka Zuleidy, aka Little Lupe, lolita pornstar.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Sobre cántabros, astures y su guerra con Roma...

          Encontré al fin, a un precio razonable, un clásico de la historiografía española: Los cántabros y astures y su guerra con Roma, publicada por vez primera en 1943 por Espasa Calpe, reeditada en 1962 en su famosa colección Austral y hace muchos años agotada. El destino dispuso que Imanol Sánchez, librero de viejo hijo de otro librero de viejo y buen amigo, Emilio José Sánchez, me consiguiese un ejemplar levemente deteriorado que una vez en mi biblioteca fue conveniente, aunque modestamente, restaurado.






            Adolphus Schulten Natione Germanicus Amicus Hispaniae (Adolf Schulten, alemán de nacimiento, amigo de España), así reza el epitafio del conocido profesor e hispanista autor de la obra que aquí presento. Schulten (Elberfeld, 1870-Erlangen, 1960) refleja en su larga carrera la evolución y las vicisitudes por las que pasaron la mayoría de los historiadores alemanes desde la primera mitad del siglo pasado. Su obra marcó profundamente la investigación moderna sobre la Hispania Antigua y más de una generación de historiadores españoles han seguido sus pasos, pues tuvo el acierto de escoger como campo de estudio un territorio virgen, la península ibérica, que le proporcionó aquí a fama que nunca logró en su país.

El hecho más decisivo en la vida de Schulten y que marcó toda su futura investigación como historiador fue un viaje que realizó a España en 1899. Un viaje que, como él dijo después, no obedecía a ningún motivo especial, sino que lo realizó como un viajero más, atraído por la visión romántica que tenían de España muchos ilustrados europeos de la época.

Sin embargo, aunque admiraba España, mostró un profundo desprecio por la ciencia y la historiografía española. Este hecho se podría explicar porque cuando Schulten llegó a nuestro país los estudios arqueológicos, históricos y filológicos se encontraban en lamentable postración. Hispania, la España prerromana y romana, se presentaron ante él como un inmenso y virgen campo de investigación del que muy poco se habían preocupado los propios españoles. En sus obras se detecta una sistemática ausencia de bibliografía española, incluso en aquellos casos en que ésta era la única aprovechable.

Esta idea de superioridad científica e intelectual, unida a cierto narcisismo muy característico de toda su obra, determinó que, a pesar de haber dedicado toda su vida al estudio de la España Antigua, no lograse establecer nunca una verdadera amistad con sus colegas españoles ni penetrar en los círculos científicos españoles.

Los cántabros y astures y su guerra con Roma es una de las obras más tardías de Schulten. Ciertamente se trata de una recopilación de apuntes y estudios parciales realizados a lo largo de su vida, fruto de su obsesión por estudiar las guerras y la etnografía de los pueblos guerreros, y del análisis crítico de las fuentes y el conocimiento del terreno, es decir, una combinación de trabajo filológico, etnográfico y arqueológico que realmente nunca culminó en una síntesis verdaderamente histórica. Aun así, la influencia de esta pequeña monografía ha sido enorme, puesto que, a pesar de sus limitaciones y errores, sentó las bases y representó el punto de partida de la investigación moderna sobre los cántabros y los astures.


viernes, 3 de agosto de 2012

Sobre la Teoría de la Justicia, John Rawls, los paraguas y el criterio Maximin...

En 1971 fue publicada la Teoría de la Justicia, un tratado de más de seiscientas páginas que, en su momento, cambió el paradigma de la filosofía política y cuya influencia ha traspasado los límites de la academia. El tema de John Rawls, profesor en Harvard fallecido en 2002, es la justicia de la sociedad. Rawls entiende la sociedad como una empresa cooperativa, y la justicia está llamada a repartir sus cargas y beneficios. Pero si en las sociedades coexisten una pluralidad de concepciones del bien ¿cómo fundar los principios de justicia?






La respuesta de Rawls es demandante e, independientemente de su concepción de la vida buena, usted coincidirá con los principios por él propuestos. Sólo tiene que acceder a un ejercicio mental que genera una situación de imparcialidad: la posición original. ¿Si no supiese cuál es su posición económica, sus talentos naturales, sus virtudes productivas, así como su concepción del bien, qué principios de justicia escogería para organizar la sociedad en la que ha de vivir? Esta es una decisión bajo incertidumbre. Y siguiendo una interpretación de la Teoría de la Decisión Racional en estos casos hay que guiarse por el criterio de decisión Maximin, que asegura el máximo de los mínimos.

Una analogía aclara la idea. Imagine que usted no puede saber si mañana lloverá, pero debe decidir hoy si mañana sale de su casa con paraguas. El mejor de los casos es salir sin paraguas y que brille el sol, otro escenario puede ser salir de casa con paraguas y que caiga lluvia, pero el peor de los supuestos es que usted decida salir sin paraguas y que mañana esté diluviando. El criterio Maximin nos lleva a evitar este último escenario: sin información, usted siempre debe salir con paraguas.

De igual modo sucede con los principios de la justicia: en la posición original usted aceptaría principios de distribución desigual sólo si van en beneficio de todos, especialmente de los más desaventajados. Según Rawls usted escogerá dos principios de justicia. El primero distribuye las libertades y derechos fundamentales de un modo estrictamente igualitario. El segundo, que se compone de dos partes, acepta la desigualdad pero sujeta a condiciones. Por una parte, el acceso a cargos y posiciones debe estar abierto a la justa igualdad de oportunidades. Por otra parte, cualquier rmejoramiento en la posición de los más aventajados sólo es legítimo si mejora la posición de los más desaventajados. Este es el muy discutido Principio de la Diferencia.

La posición de Rawls se viene llamando liberalismo igualitario. Es liberal, porque el primer principio (las libertades fundamentales) tiene prioridad sobre el segundo. Es igualitario, porque funda la justicia en el humilde reconocimiento de que muchas de nuestras ventajas no son más que resultado del azar. ¿Acaso merece usted su posición económica y social inicial, o sus talentos naturales? Esta lotería, nos recuerda Rawls, no es ni justa ni injusta. La justo e injusto refiere a como la enfrentamos.

Los debates de la filosofía política de los últimos cuarenta años han girado en torno a este opus magnum. Bien sea para criticarlo o para defenderlo, la referencia a Rawls es obligada. Además, ha tenido influencia en múltiples campos y disciplinas. Entre muchos otros, la justicia social y penal, el derecho internacional, la democracia, el entendimiento del bienestar, la salud y la educación.


jueves, 5 de julio de 2012

Sobre A. C. Grayling y la elección de Hércules...

          Cuenta la leyenda de la mitología griega que, siendo aun joven, Hércules fue abordado por dos atractivas mujeres. Una de ellas cubría su esbelto cuerpo con un vestido inmaculadamente blanco, mientras la otra, muy escotada, lo hacía con otro vestido que apenas disimulaba sus voluptuosas formas. Cada una de ellas trató de persuadir a Hércules para que las acompañase en el camino que cada una simbolizaba: la primera le ofrecía una vida de esfuerzos y trabajos recompensados con la fama inmortal y la segunda una vida de sexo, entretenimiento y diversiones. Naturalmente, Hércules eligió a la mujer que representaba el Deber o la Virtud, procediendo a vivir con ella la laboriosa existencia que concluye con su admisión entre los inmortales del Olimpo.



The choice of Hercules (1596), por Annibale Carracci, oleo sobre lienzo, 166 x 237 cm, en la Capodimonti Gallery de Nápoles.


          La dicotomía que de este modo confrontan Deber y Placer, oponiendo de forma banal Virtud y Vicio, es algo propio de la doctrina moral oficial de la tradición judeo-cristiana, en la que el deber moral y los pasatiempos mundanos son dos cuestiones mutuamente excluyentes; una perspectiva moral para la que el valor de la vida humana remite a un ámbito trascendente juzgado mediante unos baremos que nada tienen que ver con las realidades de la existencia material y humana.

          La elección de Hércules. El placer, el deber y la buena vida en el siglo XXI (Intervención cultural, 2009), breve colección de ensayos a cargo del filósofo inglés Antony Clifford Grayling, se puede leer con premura, aunque no por ello de forma menos reflexiva. A continuación van algunos extractos que me resultaron interesantes.



Sobre el empeño…

    …el empeño vital va bien si comporta un compromiso de toda la vida con la educación. Esto no significa necesariamente asistir a clases nocturnas y cosas parecidas; la mejor educación es la lectura atenta y reflexiva, siendo la discusión el mejor complemento de ella, si uno puede encontrar interlocutores válidos. Significa decididamente mantenerse alerta, abierto, inquisitivo, adquiriendo información y ordenándola, investigando, no contentándose con medias verdades y suposiciones vagas. Todo el mundo sabe que hay muchísima porquería en circulación, así que un sano escepticismo es un requisito, pero también hay mucho esnobismo, un esnobismo que se expresa en la falsa idea de que las únicas cosas que vale la pena conocer o a las que hay que hacer caso son las novedades. La sabiduría y la verdad no son un coto vedado de la última moda ideológica, aunque algunos así lo piensen.

    El peor error que cometen muchas sociedades es el de pensar que la educación es algo que se limita al periodo de la vida comprendido entre los cinco y los dieciséis o los veintiún años. En la Basilea del gran Jacob Burckhardt, el historiador del Renacimiento, los regentes de la universidad de la ciudad exigían que sus profesores enseñasen no solamente a sus alumnos sino a toda la comunidad. Esta es una idea noble; más noble es aún suponer, por consiguiente, que toda la comunidad desea tener la oportunidad de por vida de aprender, como una parte natural de una ciudadanía inteligente y –todavía más- de la puesta en práctica de la máxima aristotélica según la cual nos educamos para hacer un uso noble de nuestro tiempo libre. Añádase a esto la idea de que uno debería naturalmente desear ser un ciudadano inteligente del mundo y hacer el mejor uso posible de todos sus talentos y oportunidades, y la verdad del argumento cae por su propio peso.

    Repitámoslo: la mejor educación se encuentra en la lectura reflexiva y en la discusión. Hay muchas distracciones disponibles en nuestro mundo que pueden hacer disminuir el apetito por ellas, y especialmente por la primera; pero, aunque haya distracciones, no hay excusas que valgan.


Sobre el divorcio…

    No hay ejemplo más elocuente a favor del divorcio que el que presenta el poeta John Milton. En 1643 Milton hizo una visita a la casa de campo de un tal Richard Powell, que le debía la entonces nada despreciable suma de 500 libras. Se fue de allí sin su dinero, pero con Mary, la hija de diecisiete años de Powell, como esposa. (Milton tenía entonces 35 años). Un mes después, Mary regresaba a la casa de su padre y el matrimonio había terminado. Ella había sido una niña en un hogar grande y bullicioso; él había confiado en ser bien atendido por su esposa mientras seguía con su trabajo durante sus largas y silenciosas horas de estudio. Además, Milton descubrió que se había equivocado al juzgar el potencial de la mente de Mary, de la que esperaba que llegara a convertirse en una compañera de sus intereses intelectuales y literarios. Un año más tarde, Milton publicó un tratado defendiendo la legitimidad del divorcio por motivos distintos al adulterio, que entonces era el único motivo que lo hacía permisible. En su texto consideraba que la verdadera base del matrimonio no era ni la que consideraban los cristianos (“Creced y multiplicaos”) ni la que proponen los luteranos (“Más vale casarse que abrasarse”), sino otra mucho más temprana (“No es bueno que el hombre esté solo”).

    No habría divorcio si no hubiera matrimonio. […] Visto desde este punto de vista, el matrimonio parece una monstruosa interferencia pública en las relaciones personales, y es sorprendente que sean aún tantas las personas que participan en ella. Aparte de sus intereses religiosos (y, de un modo más trivial, de lo divertido que es disfrazarse para la ceremonia, recibir muchos regalos de boda, o de la absurda afirmación de que “casarse es una demostración de compromiso”), cuando se pregunta a las parejas por qué, en vez de simplemente irse a vivir juntas, eligen casarse legalmente, tienden a citar como motivo el interés de los hijos que puedan tener. Antaño, ciertas consideraciones sobre la bastardía podían explicar esto, pero actualmente son irrelevantes.

    La verdad, sin duda, es que las personas siguen casándose meramente porque es tradicional hacerlo, y de este modo perpetúan una institución que se originó por razones económicas y sociales poco equitativas, principalmente para controlar la actividad sexual y la fertilidad de las mujeres, y para asegurar con ello que las propiedades que los hombres legan a sus hijos van a parar a aquellos que más probabilidades tienen de serlo realmente. Si la gente tuviera una idea más clara de la historia de la institución, las razones que se dan para entrar en la versión legal del matrimonio (un contrato tripartito entre dos personas y el estado, que otorga a este último unos derechos sobre la relación y los bienes de los contrayentes) serían mucho menos persuasivas.


Sobre la eutanasia…

    Los que se oponen a la eutanasia se imaginan que unos padres inoportunamente envejecidos serán destruidos por sus hijos como una camada no deseada de gatitos; que hospitales en apuros aumentarán rutinariamente la administración de morfina no sólo en aquellos casos claramente terminales, sino también en otros más dudosos, pero prolongados y costosos; que los enfermos, en un pasajero ataque de melancolía, tomarán una decisión erróneamente permanente; o que alguien pedirá una inyección final sólo semanas antes de que se produzca un avance médico que podría salvarle la vida. Estas ansiedades aumentan la cantidad de sufrimiento humano en todo el Occidente idealista. Menos perdonable que estas ansiedades es la supersticiosa creencia de que existe un dios que, habiéndonos dado la vida, es el único autorizado a quitárnosla, y que si este dios desea que la vida de alguien termine rodeada de vejaciones y sufrimientos, así tiene que ser.

    Aquí la norma tendría que ser que cuando estamos convencidos de que la eutanasia es la forma de proceder más correcta, misericordiosa y humanitaria, deberíamos practicarla. No está fuera del alcance del ingenio humano idear controles reflexivos. Habrá casos difíciles, pueden producirse errores, se cometerán abusos. Pero esto es lo habitual en los asuntos humanos. La creencia de que es meramente la cantidad de vida lo que cuenta nos ciega y nos impide reconocer que podemos y debemos aceptar la revocabilidad en el caso de la eutanasia igual que hacemos en todos los demás casos. Un acto de genuina compasión, en el que ayudemos a una persona a escapar de la agonía o de la indignidad, o de ambas cosas, nos justificará.


Sobre la religión…
 
    Existen sin duda creyentes sinceros que encuentran consuelo e inspiración en su fe y que hacen el bien gracias a ella. A estos creyentes, el espectáculo del terrible historial de derramamiento de sangre, crueldad e intolerancia –a lo largo de la historia y hasta hoy mismo- que tiene la religión ha de resultarles muy doloroso. Pero los fundamentos de la creencia religiosa no se basan en la racionalidad para su aceptación, de modo que no es nada sorprendente que la fe inflija violencia a sus herejes y oponentes, pues sus raíces se hunden en el terreno de la emoción –en la esperanza, el temor, los sentimientos subjetivos de certeza y necesidades psicológicas de diversos tipos. Estas raíces se hunden también en la ignorancia; la religión empezó su recorrido como la ciencia y la tecnología del hombre primitivo, que, rodeado por una naturaleza aterradora, ideó explicaciones del universo (“El universo ha sido creado por un ser activo como nosotros, sólo que invisible y mucho más poderoso”) y un medio para controlar (mediante oraciones y sacrificios) sus fenómenos –especialmente el tiempo meteorológico, la fecundidad de los rebaños y el crecimiento de las cosechas, todos ellos igualmente vitales.

    Las reglas morales que surgieron inicialmente con el objetivo de facilitar las relaciones humanas acabaron siendo consagradas como mandamientos divinos, la desobediencia de los cuales era vista como una amenaza a la precaria suspensión de tormentas y terremotos, sequías y hambrunas, que, al igual que la cólera divina, eran posibilidades siempre inminentes.

    Estas son las fuentes de buena parte del conservadurismo moral contemporáneo. Pero la religión es, de hecho, o bien irrelevante para las cuestiones relativas a la moralidad, o bien positivamente inmoral.

    […]… los apologistas podrían decir que si no se hubiera producido el accidente de que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del Imperio Romano, no tendríamos las magníficas Anunciaciones y Madonas del arte renacentista. Pero al lado del carácter sanguinario de buena parte de la historia cristiana –sus cruzadas, inquisiciones, guerras religiosas, brujas ahogadas, siglos de opresión- esta parece, en todo caso, una pérdida como mínimo discutible. En lugar de tantas Anunciaciones tendríamos más Apolos persiguiendo a Dafnes, más Muertes de Procris y más Baños de Dianas. Según casi todos los criterios, excepto los macabros y lúgubres de la sensibilidad puritana, una Afrodita saliendo de la espuma del mar a la orilla de Pafos es una imagen infinitamente más enaltecedora de las ganas de vivir que un Descendimiento de la Cruz.


domingo, 1 de abril de 2012

Sobre pasiones bibliotecarias, donde se guardan los libros...

          Escudriño los anaqueles atiborrados de volúmenes (tengo, falta, falta, tengo) fotografiados en las páginas de Donde se guardan los libros (Siruela), la última incursión de Jesús Marchamalo por las bibliotecas de notables escritores vivos, mientras me pregunto cómo sería esta obra si se escribiera y publicara dentro de medio siglo, cuando las tecnologías de la lectura hayan reducido el libro analógico a objeto de semilujo, como una especie de excepción a la (entonces más que probable) regla digital. Incluso ahora, lejos todavía de ese escenario, y cuando la mayoría de sus propietarios no dispone de tabletas lectoras, esas cercanas bibliotecas de amigos y conocidos ya tienen algo de pleistocénicas, como de vitrinas de anticuario repletas de atrabiliarios artefactos, como de barracas de feria en que se exhibe un saber remoto, lento y obstinado, quizá redundante, en todo caso desmesurado e inabarcable.



Estanterías de la biblioteca local, acuarela monocromo, por Jessica Siemens.




José Gaos decía que una biblioteca personal no era, en realidad, más que un proyecto de lectura, una declaración de intenciones acerca de todo lo que su propietario pensaba leer o releer o revisitar en el resto de su vida. Dejémonos de malentendidos: en toda biblioteca privada que merezca ese nombre hay -y debe haber- muchos, muchísimos más libros de los que su propietario leerá a lo largo de su existencia. Si uno no adquiriera el siguiente hasta haber terminado el anterior, la industria editorial habría desaparecido hace unos cien años, justo cuando comenzó a despegar como negocio digno de tal nombre: como todas las que fabrican bienes culturales, la de los libros también subsiste merced a los frecuentes caprichos ("impulsos" lo llaman los mercadotécnicos) y reiterados autoengaños de sus consumidores.

Por lo demás, cualquier biblioteca individual suficientemente poblada alberga tantos vestigios de la biografía de su dueño como restos prehistóricos los estratos de la garganta de Olduvai. En los anaqueles más inaccesibles (o en la polvorienta fila interior) de la que serpentea por las paredes de mi casa, por ejemplo, podrían encontrarse desde novelas ilustradas de Salgari y tebeos de Mandrake el Mago, obsequiados por mis padres en lejanísimas convalecencias de tos y jarabe, hasta marxismos-leninismos (y anarquismos, y reiterados volúmenes sobre drogas liberadoras, técnicas sexuales "modernas" y demás kamasutras, antipsiquiatría, cancioneros de Janis Joplin y tomos encuadernados de Film Ideal) subrayados o anotados con la pasión intransigente del converso que cree que, por fin, entiende de qué va el mundo.

Almacenar libros puede ser también (pero uno nunca lo sabe hasta más tarde) una pasión autobiográfica, la lenta construcción de una abultada crónica de lo que uno ha sido y de lo que uno quería ser. En cierto sentido, una historia intelectual de su curiosidad. Por eso se hace tan difícil el expurgo, la poda, el desbroce: los cada vez más meritorios (y precarios) bibliotecarios profesionales, que en las dos últimas décadas se han enfrentado a profundos cambios en su entorno laboral y en la concepción misma de su admirable oficio, utilizan metáforas agrícolas o jardineras (weeding, en inglés, désherbage, en francés) para designar eufemísticamente la tremenda operación de suprimir libros con objeto de dar espacio a los recién llegados. Algo diferente, en todo caso, a lo que les sucede a los propietarios de las bibliotecas inventariadas por el minucioso inspector Marchamalo, para los que, seguramente, resulta más sencillo e incruento desprenderse de lo más nuevo, de lo que aún no está enraizado en su biografía sentimental y profesional. Llega un momento en que uno comprende no solo que el saber ocupa lugar, sino también que hay saberes que ya no interesan y otros que sí, pero que no pueden caber en ningún libro, porque son de algún modo intransferibles y, quizá, inefables. Sucede cuando uno se va haciendo mayor y contempla su biblioteca con la misma perplejidad que un arquitecto el edificio que un día esbozó en una servilleta de papel.


Manuel Rodríguez Rivero es escritor, editor, crítico y ensayista. Ha trabajado, entre otras, en las editoriales Alfaguara, Espasa Calpe y Punto de Lectura, y como columnista ha colaborado en más de treinta publicaciones. En la actualidad publica dos columnas semanales en el diario El País, «Ídolos de la Cueva» y «Sillón de orejas» (en el suplemento literario Babelia). Ha recibido el Premio del Gremio de Editores de Madrid y el Atlàntida del Gremi d´Editors de Catalunya. También es director literario de la editorial Viamonte.

domingo, 18 de marzo de 2012

Del colapso de las civilizaciones según Jared Diamond...

Releo con detenimiento (y subrayando) Colapso: porqué unas sociedades perduran y otras desaparecen (Debate, 2006) y se podrá tildar a esta entrada de tardía, por la fecha de edición del libro, o incluso de reiterada, por la insistencia con la que desde otras fuentes se ha aconsejado esta lectura, pero al igual que se siguen leyendo La Iliada, La República, o El origen de las especies, la obra de Jared Diamond, admitiendo su categoría inferior a las referidas, perfectamente merece el calificativo de recomendable.

Jared Diamond, Pulitzer en 1998, realiza un análisis de sociedades tanto pasadas como presentes, tratando de identificar las razones del éxito o fracaso de cada una de ellas. Diamond se aleja de explicaciones etnocéntricas simplistas enfocándose en factores ecológicos y culturales, señalando cinco factores principales que llevan al fracaso de las sociedades, demostrando, a través de numerosos ejemplos, que el factor común en el deterioro de todas las sociedades que desaparecieron fue el manejo inadecuado de sus recursos naturales.




En Ruanda, la sobrepoblación desembocó en violencia étnica y genocidio.



En el análisis de las sociedades pasadas Diamond identifica cinco conjuntos de factores implicados en su desaparición o supervivencia: deterioro ambiental, cambio climático, vecinos hostiles, socios comerciales amistosos, y respuesta de la sociedad a sus problemas ambientales. Si bien cada uno de estos conjuntos de factores puede aparecer como uno de los causantes del colapso de algunas de las sociedades analizadas por Diamond, el factor determinante y común a cada uno de los casos analizados fue el de la respuesta de la sociedad a sus problemas, particularmente a los problemas ambientales.

El primer conjunto de factores que señala Diamond es el deterioro ambiental causado por las actividades de origen antrópico. El grado y reversibilidad del impacto de la actividad antrópica depende tanto de la intensidad de dicha actividad como de las condiciones ecológicas del emplazamiento, esto es, su fragilidad y capacidad de recuperación.

El siguiente conjunto de factores estudiado por el autor se enmarcan dentro del cambio climático. Las condiciones climáticas varían tanto a lo largo del año, como a lo largo de escalas temporales mayores, así como consecuencia de eventos catastróficos tales como grandes erupciones volcánicas. Esos cambios en el clima tienen repercusiones tanto en la productividad de un ecosistema, como en su fragilidad y capacidad de recuperación, pudiendo mejorar o empeorar las condiciones de una sociedad determinada. Sin embargo, un deterioro de las condiciones ambientales pudiera poner en peligro la existencia de sociedades que no estén preparadas para afrontar estos cambios.

El tercer grupo de factores es el de presencia de vecinos hostiles. Gran parte de las sociedades están en contacto con otras, generándose conflictos que pueden ser intermitentes o crónicos. Una sociedad puede resistir los embates de otra mientras sea lo suficientemente fuerte en relación a la sociedad enemiga. El debilitamiento de una sociedad, su conquista por otra y su desaparición pueden haber sido causados por múltiples motivos, entre los cuales se encuentra el deterioro ambiental.

El cuarto conjunto de factores es el inverso del anterior, reducción del apoyo de sociedades vecinas amistosas. La mayor parte de las sociedades depende de alguna manera de sus vecinos para la importación de algún bien esencial para su funcionamiento o para el mantenimiento de lazos culturales que mantienen a la sociedad cohesionada. Cualquier modificación en el intercambio de bienes o nexos culturales podría debilitar a la sociedad poniendo en peligro su propia existencia.

          El quinto y último conjunto de factores se refiere a las respuestas que da una sociedad a sus problemas. Cada sociedad responde a sus problemas de manera distinta, dependiendo de sus instituciones políticas, económicas y sociales, y sus valores culturales.




Los problemas ambientales de la sociedad maya se acentuaron con la aparición de vecinos hostiles.



          Después de esta introducción, Diamond divide el libro en cuatro partes. En la primera realiza una descripción y análisis de los problemas ambientales del estado de Montana en los Estados Unidos de América, como un ejemplo de una sociedad moderna que forma parte del país más poderoso y desarrollado del mundo que, sin embargo, se encuentra en una encrucijada de caminos en cuanto a su desarrollo. ¿Cómo dejar atrás una economía basada en la minería, la explotación forestal y la producción agrícola y además subsanar los daños ambientales causados por esas mismas actividades?. Las compañías mineras no están dispuestas a pagar por los daños ambientales ocasionados a menos que sean obligadas a ello, y los ciudadanos de Montana no están dispuestos a apoyar regulaciones gubernamentales que los beneficiarían por una actitud tradicionalmente antigobierno que domina su cultura política. Las explotaciones forestales y las actividades agrícolas no son competitivas con respecto a otras regiones del país, generando pocos ingresos y convirtiendo a esta región en una de las más pobres de los EEUU, con lo cual el estado tiene pocos recursos para subsanar los daños ambientales. Sin embargo, individuos acaudalados de otras regiones del país están dispuestos a pagar fortunas por poder hacer uso de un paisaje  pristino y salvaje. El caso de Montana permite a Diamond introducir la idea central de su libro: para que las sociedades puedan afrontar exitosamente sus desafíos ambientales tienen que examinar sus valores culturales y escoger con cuales quedarse y cuales cambiar. Sociedades opuestas al cambio corren el riesgo de desaparecer. El análisis de la evolución de los conflictos en Montana y las diferentes actitudes de sus pobladores hacia los problemas nos permite imaginar lo que sucedió en las remotas sociedades del pasado.




Al contrario que en la República Dominicana, las dictaduras haitianas durante el siglo XX colapsaron el país.



La segunda parte del libro comienza con cuatro capítulos donde Diamond analiza en detalle el aporte de cada uno de estos cinco conjuntos de factores en la desaparición de sociedades antiguas. La primera sociedad estudiada es la de isla de Pascua (Capítulo 2), un caso bastante sencillo debido a su aislamiento de otras sociedades, lo que saca del análisis a vecinos hostiles y socios comerciales amistosos. Por otro lado, el cambio climático no pareciera haber tenido una influencia importante en el colapso de esta sociedad. La historia y colapso de la isla de Pascua es descrita por Diamond como “lo más parecido a un ocaso ecológico puro”, consecuencia de una total deforestación que condujo a guerras, derrocamiento de la élite y una muerte progresiva de la población.

Otra sociedad analizada en esta segunda parte es la de las islas de Pitcairn y Henderson (Capítulo 3), en donde Diamond desarrolla la importancia del efecto de pérdida de apoyo de sociedades vecinas amistosas en su colapso. A pesar de que estas dos islas presentaron cierto grado de deterioro ambiental, su colapso final fue desencadenado por el colapso ambiental de su principal socio comercial. 

La siguiente sociedad tratada en el libro corresponde a la sociedad Anasazi, en el sudoeste de los Estados Unidos de Norte América (Capítulo 4). Ayudado por investigaciones sobre paleoclima y analizando el ancho de los anillos de árboles utilizados por los Anazasi en la construcción de sus viviendas, Diamond puede construir un caso de colapso basado en la intersección de deterioro ambiental, crecimiento de la población y cambio climático. 

El análisis de la sociedad maya (Capítulo 5) ilustra los efectos combinados del deterioro ambiental, crecimiento de la población y cambio climático, con el agravante de la aparición del factor de sociedades vecinas hostiles.

Esta segunda parte del libro continua con una serie de tres capítulos (Capítulos 6, 7 y 8), en los que Diamond realiza un análisis profundo del desmoronamiento de la Groenlandia noruega, evaluando los cinco conjuntos de factores: deterioro medioambiental, cambio climático, perdida de contacto con Noruega, hostilidades con la población Inuit, y el propio escenario político, social y cultural de la Groenlandia noruega. El análisis de la Groenlandia noruega nos aporta la oportunidad de comparar el desenvolvimiento y diferente desenlace de dos sociedades compartiendo el mismo hábitat, pero con estrategias de vida distintas, la sociedad noruega y la sociedad Inuit. La sociedad noruega era altamente jerárquica cuya estricta adherencia al cristianismo europeo la impermeabilizó a la influencia cultural de los Inuit, que utilizaban los recursos disponibles de una manera más sustentable. Los noruegos utilizaron los recursos de manera irracional basándose en su uso tradicional en Noruega. Siguieron con sus hábitos alimentarios tradicionales con dependencia en recursos alimentarios como el ganado vacuno y sus productos derivados, y no aprovecharon recursos disponibles como el pescado. La falta de capacidad de adecuación y aprendizaje de los noruegos, además de problemas ambientales y de cambio climático, fueron los principales causantes de su colapso. Diamond a su vez realiza un análisis de las cinco sociedades fundadas en el Atlántico Norte por colonos noruegos, el desarrollo de las mismas y su desenlace final. Quizás una de las historias de éxito más impresionantes de una de estas sociedades nórdicas del Atlántico Norte sea la de Islandia, la que, a pesar de encontrarse en un entorno extremadamente frágil de difícil recuperación, y haber estado al borde del colapso, pudo rehacerse y actualmente es una sociedad con un alto nivel de prosperidad. 




 
En Groenlandia, los Inuit, al contrario que los noruegos, emplearon los recursos de manera sostenible.



La tercera parte de Colapso pasa a analizar la situación de las sociedades modernas que se encuentran en situaciones muy diferentes tanto desde el punto de vista de sus problemas ambientales, soluciones a los mismos, y perspectivas de futuro. La situación en Ruanda (Capítulo 10) es un ejemplo claro de las consecuencias de un crecimiento poblacional descontrolado que apoyado en una tradicional violencia étnica, desembocó en un genocidio. El deterioro ambiental y el cambio climático fueron los catalizadores de un odio étnico descontrolado. Diamond ha sido claro en señalar que, para el caso de Ruanda, la predicción malthusiana de que los problemas demográficos y ambientales creados por el uso no sostenible de los recursos naturales, podrían ser resueltos de cualquier manera, civilizada o no, ha sido acertada.

La comparación entre las sociedades de República Dominicana y Haití (Capítulo 11), que comparten el territorio de la isla la Española, es un ejemplo más del contraste en cuanto a los resultados de culturas e historias de manejo de los recursos naturales distintos en un mismo territorio. Aunque Diamond deja claro que las condiciones ambientales de los territorios de Haití y República Dominicana son distintas, ocupando Haití áreas con condiciones más secas, suelos más pobres, frágiles y con menos capacidad de recuperación, también es claro en señalar la importancia de las distintas historias de uso de los recursos, grado de explotación, densidad poblacional y decisiones políticas en el resultado final de deterioro de las condiciones de vida de la población. Haití durante la época de la colonia era la joya de Francia y de ésta salían grandes cargamentos de azúcar y otros bienes para Francia. Francia exportó grandes cantidades de esclavos de origen africano como mano de obra para la producción agrícola en Haití. Por otro lado, en el siglo XX Haití fue gobernado bajo las fieras dictaduras de Francois Papa Doc Duvalier y luego su hijo Jean Claude Baby Doc Duvalier, que explotaban el país y a sus ciudadanos para su bien personal. El resultado es un territorio depauperado de sus recursos naturales y con una gran densidad poblacional. La receta ideal para un desastre.

La historia de República Dominicana fue distinta desde un comienzo, al ser tratada por España como un territorio marginal y sin importancia, donde no hubo ni grandes explotaciones agrícolas ni un incremento sustancial en el tamaño de la población humana. Santo Domingo era un plácido y tranquilo territorio de ultramar de la colonia española. Por otro lado, si bien los más importantes e influyentes gobernantes de Santo Domingo durante el siglo XX, Rafael Trujillo y Joaquín Balaguer, no fueron menos crueles y corruptos que los Duvalier, desarrollaron un país moderno y con una economía industrial, y tenían un interés personal en la conservación de la naturaleza, promoviendo un sistema importante de parques nacionales. En la actualidad, República Dominicana tiene una gran cantidad de áreas protegidas que proveen al país de servicios ambientales que podrán ser usados de manera sustentable para el desarrollo futuro del país. La situación de República Dominicana y Haití no podría ser más distinta.

          Los capítulos sobre China (Capítulo 12) y Australia (Capítulo 13) son de sumo interés, ya que ilustran dos ejemplos de sociedades modernas con respecto a sus problemas y desafíos, y la manera como los están abordando. China le sirve de ejemplo a Diamond para describir los doce tipos de problemas ambientales modernos, todos ellos presentes en el país,  señalando que el objetivo de China de colocar a sus más de 1300 millones de habitantes en niveles de desarrollo y consumo del primer mundo es insostenible, ya que duplicaría la demanda mundial actual de recursos naturales, siendo ya la actual demanda probablemente no sustentable en un futuro no muy lejano. Sin embargo, Diamond es optimista basándose en la capacidad de China de instituir políticas y decisiones a nivel nacional como lo demuestra la prohibición nacional de deforestación establecida en 1998.

          También utiliza a Australia para su análisis de sociedades modernas, ya que ejemplifica de una manera clara, los cinco factores implicados en la desaparición o permanencia de las sociedades. Australia tiene los suelos con los niveles de nutrientes más bajos, las tasas de crecimiento vegetal más lentas y una de las productividades más bajas del planeta. Además, su puvliosidad es escasa, sus suelos están altamente salinizados y ha sido devastada por la introducción de especies invasoras. Por otro lado, Australia está explotando sus recursos naturales: pastos, bosques y pesquerías, como si se tratara de una explotación minera, esto es, con tasas de explotación que superan la regeneración de los mismos. Si se mantienen las tendencias actuales tanto los bosques como las pesquerías desaparecerán en un futuro no muy lejano. Si bien mucho de los problemas ambientales son ya irreversibles, Australia está tratando de desarrollar prácticas agrarias ecológicamente sostenibles y como sociedad está resuelta a enfrentar sus problemas y a reestructurar su sociedad para lograr ese objetivo.




La autocracia china trata de colocar a su más de 1300 millones de habitantes en niveles de desarrollo primermundistas.



En la cuarta y última sección de Colapso presenta algunas lecciones prácticas aprendidas de las experiencias de las sociedades pasadas que pudieran servirnos en la actualidad. En el capítulo 14, Diamond hace un análisis de las razones por las cuales una sociedad pudiera tomar decisiones catastróficas. Analiza las preguntas: ¿Cómo es posible que una sociedad no consiguiera percibir los peligros que retrospectivamente nos parecen tan evidentes? ¿Podemos decir que su final fue culpa de los propios habitantes o que, por el contrario, fueron victimas trágicas de problemas insolubles? ¿Cuánto deterioro ambiental del pasado era no intencionado o imperceptible, y cuánto estuvo porfiadamente forjado por personas que actuaban con plena conciencia de las consecuencias? Diamond resume las respuestas a esas preguntas en cuatro escenarios básicos:

  1. Fracaso de las sociedades en anticipar los problemas que sus acciones ocasionarían;
  2. Fracaso de las sociedades en percibir un problema que ya está ocurriendo;
  3. Fracaso de las sociedades en el intento de resolver un problema una vez éste es identificado;
  4. Fracaso de las sociedades en encontrar una solución viable al problema.

Posteriormente, en el mismo capítulo, analiza los ejemplos de colapso de sociedades descritas en los capítulos previos, y como cada uno de ellos se ajusta a uno o más de los cuatro escenarios propuestos por él para explicar las razones que llevan a una sociedad a no solucionar los problemas ocasionados por ella misma. Quizás los conceptos más interesantes que Diamond aborda en este capítulo son los de ‘normalidad progresiva’ y ‘amnesia del paisaje’ donde los cambios y tendencias son tan lentos y progresivos que las sociedades se acostumbran a ellos y no los perciben como una amenaza.

Uno de los capítulos más importantes y controvertidos del libro es el que trata del papel de las empresas modernas (Capítulo 15), desde el punto de vista de su relación con la sociedad y el medio ambiente, y cuáles son los factores determinantes para que estas desarrollen prácticas perjudiciales o beneficiosas con el medio. Para ello, Diamond analiza las empresas petroleras, la minería del metal y el carbón, la industria maderera y la industria pesquera, apuntando que las compañías de extracción de recursos adoptan medidas beneficiosas con el medio ambiente sólo cuando éstas les permiten tener más rentabilidad y tener acceso a largo plazo a campos de producción. Un ejemplo es el de la industria petrolera, analizando dos compañías, una cuyas actividades eran realmente perjudiciales al ambiente en Indonesia, y la otra, cuyas actividades resultaron ser en extremo beneficiosas para la conservación de extensas áreas de Papua Nueva Guinea. La diferencia en las acciones de ambas compañías radicaba básicamente en como ellas realizaban el cálculo en cuanto a rentabilidad. La empresa con políticas beneficiosas al ambiente calculaba el costo de la reparación de daños ambientales que pueden ascender a miles de millones de dólares basándose en la experiencia que limpiar la contaminación es, por regla general, mucho más cara que evitarla y con base a la importancia de la opinión pública en la toma de decisiones que pudieran afectar la viabilidad de la concesión petrolera. Tomando en cuenta que la inversión inicial de desarrollo de un campo petrolero la perspectiva de recuperación de la inversión es a largo plazo, cualquier daño ambiental o accidente que generara un gasto extremo o un cambio en la opinión publica podría poner en peligro la viabilidad de la explotación a mediano y largo plazo.

En el último capítulo (Capítulo 16), Diamond hace una reflexión de la relevancia de la información aportada por el libro para el mundo en el que vivimos, exponiendo todos los problemas ambientales a los que nos enfrentamos. Comienza señalando el grave problema de la reducción de los hábitats naturales y sus consecuencias, en cuanto a la reducción de la calidad y cantidad de los servicios ambientales aportados por éstos tanto directamente como indirectamente. Analiza el problema de la reducción de los stocks de pescado y mariscos, fuente importante de proteínas de la humanidad, erosión y deterioro de los suelos aumentando su fragilidad y reduciendo su capacidad de recuperación, y la pérdida de la diversidad biológica. Por otro lado, enumera las limitaciones para un crecimiento ilimitado de la población humana, o su consumo de recursos, con base en las limitaciones en cuanto a la capacidad de generar energía, cantidad de agua dulce disponible, y los límites en cuanto a la capacidad fotosintética, esto es la capacidad de producir alimentos de origen vegetal.

Otros problemas ambientales no menos graves son los relacionados con las consecuencias de nuestra actividad y el aporte que hacemos al ambiente. Especialmente Diamond analiza los problemas de los productos químicos tóxicos, emisión de gases a la atmósfera y la introducción de especies invasoras. Por último, Diamond hace un análisis del problema tanto del aumento del tamaño de la población humana como del aumento del impacto per cápita de esa población.

Cada uno de los problemas señalados por Diamond se relacionan entre si y terminarán por limitar la forma en que vivamos en un futuro no muy lejano. La pregunta clave de Diamond es si dichos problemas acabarán siendo resueltos de una manera civilizada o catastrófica. Si bien los problemas por los que pasaron las sociedades pasadas y sus capacidades para abordarlos no son comparables con los actuales, también es cierto que en la actualidad hemos incrementado tanto nuestra población como nuestra capacidad de afectar el ambiente, esto es, tenemos la capacidad de ser mucho más dañinos. Por otro lado, ya no vivimos en un mundo con sociedades que pueden estar claramente delimitadas como la isla de Pascua, cuyo colapso no afecta más que a sus ciudadanos; vivimos en un mundo globalizado donde los problemas ocasionados en cualquier parte del planeta pudieran tener alguna repercusión directa o indirecta en nuestras vidas. Esto, según Diamond, es nuestra gran desgracia y nuestra gran ventaja. Desgracia, ya que nuestras sociedades están tan interrelacionadas que el riesgo de declive y colapso es mundial. Sin embargo, esto a su vez es nuestra gran ventaja, ya que las lecciones aprendidas, la tecnología y los recursos de una sociedad pueden ser aplicadas a otras y así evitar el colapso de todas. Para resolver los problemas en otro, tenemos que utilizar los recursos financieros de un país para resolver problemas en el otro.

Diamond compara nuestra situación con la de un ‘polder’, los terrenos de cultivos arrebatados al mar en Holanda. Para que un ‘polder’ no se vuelva a inundar de agua salada se requiere de un intrincado sistema de diques y bombas. Los habitantes de cada ‘polder’ son los encargados del buen funcionamiento de las bombas. En el ‘polder’ la supervivencia de todos depende de cada uno de los ciudadanos independientemente de su status social, político o económico. Si un dique se revienta o las bombas dejan de funcionar el ‘polder’ y sus ciudadanos desaparecen. Diamond asegura que a pesar de que nuestros problemas ambientales actuales son serios, no son irresolubles. Los conocemos y tenemos la tecnología para resolverlos. Se necesita solamente conciencia ciudadana y voluntad política para resolverlos.

Podemos quizás no estar de acuerdo con Diamond con respecto a la selección de sus ejemplos de sociedades, al tratamiento en cuanto a la importancia de cada uno de los factores implicados en su éxito o fracaso, o a sus conclusiones finales. Sin embargo, el libro constituye un texto imprescindible para entender la problemática ambiental del mundo actual y las posibles repercusiones de la acción o inacción de las sociedades actuales, basándonos en las experiencias tanto de sociedades pasadas como presentes.


 El artículo original fue publicado en la Revista Geográfica Venezolana, Vol. 48 (2), 2007.