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domingo, 2 de septiembre de 2012

Sobre la Tierra vista desde la Estación Espacial Internacional (ISS)...


La península ibérica vista desde la Estación Espacial Internacional.




La música es de John Murphy, Sunshine (Adagio in D menor), interpretada por la Filarmónica de Praga.

Las imágenes son proporcionadas por el Image Science & Analysis Laboratory,
NASA Johnson Space Center, The Gateway to Astronaut Photography of Earth.


lunes, 23 de julio de 2012

Sobre la patera cósmica, Ernest Shackleton y la cooperación humana...

En 1909, en una expedición previa a la que le haría ganar la posteridad, Shackleton ordenó dar media vuelta cuando le faltaban relativamente pocos kilómetros para llegar a su meta: el polo sur. Lo hizo por salvar la vida, la suya y la de sus hombres. Se estaban quedando sin provisiones y tuvo que escoger entre la gloria de ser el primer ser humano en pisar el polo sur o el honor de regresar con todos sus hombres a salvo, entre la Historia o la grandeza silenciosa de saber renunciar a tiempo. Aun y así, durante el camino de regreso estuvieron a punto de morir de inanición.



The Southern Party | Foto de la expedición de Shackleton de 1909 en el barco Nimrod.



La dureza de las condiciones que tuvieron que soportar es difícil de imaginar para cualquier persona que no se haya alejado nunca de una carretera asfaltada o una buena pista forestal. Frío extremo, hambre, sed y dolor embotan la mente hasta hacer desaparecer el intelecto con el que estamos acostumbrados a identificarnos y al que hacemos intermediar con el mundo en nuestro nombre. Una vez borrada del mapa la mente ordenada y familiar y, en medio de un escenario natural inconmensurable y absolutamente impasible ante el padecimiento humano, aflora a la superficie nuestro auténtico valor, el material del que realmente estamos hechos.

Es probable que la mayoría de nosotros nunca lo conozca, y seguramente está bien que así sea, pero Shackleton y sus hombres no tuvieron tanta suerte. En aquel viaje de vuelta, en el que les faltó poco para morir de hambre, al borde de la congelación y seguramente de la locura, con los escasos víveres racionados hasta las migajas, el propio Shackleton renunció un día a la galleta que le correspondía en favor de uno de sus compañeros, que enfermo como estaba sólo toleraba ese tipo de alimento.

El hombre no olvidó jamás aquel gesto y estuvo dispuesto a acompañarlo en la expedición siguiente, en 1914, cuando el polo sur ya había sido hollado -por Amundsen en 1911- y el objetivo de Shackleton era, si cabe, aún más ambicioso que en su expedición anterior: atravesar caminando todo el continente helado. En esta nueva ocasión, sin embargo, ni siquiera consiguieron llegar hasta el punto de tierra firme donde tenían previsto iniciar la travesía de la Antártida: les detuvieron sus hielos guardianes, a tan sólo un día de navegación de la costa donde iban a desembarcar.



Mapa de la Antártida.



La banquisa atrapó el barco de Shackleton en el mar de Weddell y cerró su zarpa sobre los veintiocho hombres de la expedición condenándolos a unas bellas vacaciones primero en el páramo helado y luego en la inhóspita Isla Elefante. Unas bellas vacaciones en el infierno. Contra todo pronóstico, lograron conservar el grado de cordura suficiente como para conseguir regresar a la civilización. Desde de un punto de vista económico, la expedición fue un fracaso: costó mucho dinero y ni siquiera consiguieron poner un pie en la costa antártica donde tenían previsto desembarcar. Desde un punto de vista humano, fue un éxito rotundo: sobrevivieron todos, ni uno sólo de aquellos hombres se quedó en el camino. Todos consiguieron regresar a casa.

¿Cómo lo consiguieron? La respuesta se puede resumir en un único gerundio: colaborando.

Aquel grupo de veintiocho hombres eran una buena representación de la Humanidad, y por lo tanto eran un grupo heterogéneo. En él había hombres listos, engreídos, fuertes y también obtusos, humildes y débiles, y puede que más de uno fuera más de una de estas cosas a la vez, si no todas. Al quedarse atrapados en el desierto blanco, abandonados a su suerte, que no tenía visos de ser muy buena, ni la Naturaleza clemente con ellos, sin esperanza alguna de rescate, amenazados por una muerte horrible, hubiera sido fácil que se dejaran llevar por la desesperación.

Sin embargo, bajo el liderazgo de Shackleton, mantuvieron la disciplina y no se hundieron en el pánico; a pesar de la soledad, del hielo crujiente y del mar helado que les acechaba a pocos metros bajo sus pies como un estómago hambriento supieron mantener sus pequeñas ansias y ambiciones personales controladas y trabajar todos juntos en pos de un objetivo común. Shackleton se propuso salvar a todos sus hombres; por encima de todo no perder ni una vida humana.

A partir del momento en que quedaron atrapados en el hielo, renunció a la misión original y se impuso una nueva meta: no perder ni un sólo hombre en aquellos páramos inhumanos, que todos y cada uno de los hombres que le habían acompañado regresaran sanos y salvos a casa. No podía, no quería, no debía perder a nadie. Nadie era sacrificable, nadie prescindible. Trabajarían todos codo con codo denodadamente sin privilegios de rango ni de cuna y compartirían los víveres todo el tiempo que hiciera falta porque todos estaban implicados en el mismo trabajo y en la misma medida: sobrevivir. El plan inicial era aguantar hasta que el hielo se licuara y el barco quedara libre, y los humanos con él.

Pero el hielo resultó ser una bestia caprichosa. Mostró la misma cantidad de compasión por los parásitos enganchados en su piel que muestran otras fuerzas de la Naturaleza: ninguna. Resultó ser tan duro como la piedra y al mismo tiempo flexible como los pulmones de una bestia antediluviana: respiraba, y se expandía y se contraía y estrujaba sin miramientos todo lo que en él hubiera tenido la desgracia de quedar atrapado. Aquel verano antártico fue frío y al hielo no le vino en gana diluirse fácilmente en el mar y desaparecer. El barco no aguantó tantos meses el abrazo de piedra. Acabaron perdiéndolo. El Endurance, el barco con el que habían atravesado medio mundo, al final fue aplastado y devorado por el hielo; perdieron buena parte de sus provisiones y enseres, esenciales muchos de ellos, pero los humanos mismos no fueron destruidos: compartieron entre ellos lo poco que les quedaba y lo poco que podían conseguir de un entorno que les negaba la más mínima tregua.

Sí, hubo conatos de motín y sí, hubo estallidos de locura absoluta, como cuando pisaron tierra firme por fin después de un año y medio a merced de los caprichos del mar antártico y uno de los marineros empezó a matar focas a hachazo limpio, sin parar, hasta que le faltó el aliento. Uno podría pensar que por qué se va siempre antes la cordura que el aliento pero es que no estamos hablando de perderse en el bosque de al lado de casa a las cinco de la tarde, bien calzados, vestidos y a un tiro de piedra de algún signo de civilización humana, así que pensemos un poco más e intentemos imaginar la sensación de indefensión, el hambre, el sueño y el frío constante, implacable, ineludible durante meses y meses inacabables y quizá entonces comprendamos por qué la expedición de Shackleton fue un éxito: porque hubo tensión y hubo locura, pero se impuso el trabajo en equipo y el compartir sobre todas las circunstancias y ansias personales. Por eso sobrevivieron: porque compartieron lo poco que tenían, ya fuera comida, bebida o fuerza de trabajo.

Por supuesto que había hombres que eran capaces de cazar más focas que otros, pero ¿de qué les hubiera servido acumular carne de foca? O venderla por dinero futuro: ni siquiera sabían si algún día serían rescatados. Cuando les toco remar durante días a treinta grados bajo cero y las manos se les quedaban enganchadas a los remos, incluso el caballero inglés que se negó a remar, por no ser propio de caballeros, por no querer confundirse con la masa en aquella acción mecánica carente por completo de gloria por ser imposible destacar en ella, estaba ansioso por hacer algo por la comunidad, y lo hizo: se pasó toda la noche achicando agua para evitar que el bote se hundiera, sin tregua ni descanso durante toda la noche, horas y horas de frío, hambre, tinieblas y amenaza continua de morir ahogados en un mar oscuro, lejos de cualquier sitio donde su familia hubiera podido visitar una tumba o arrojar unas flores, pues ni siquiera ellos sabían bien dónde estaban, y aunque lo hubieran sabido el silencio hubiera sellado para siempre sus labios si aquel caballero inglés hubiera dicho: estoy cansado, y hubiera dejado de achicar agua, o alguno de los remeros se hubiera dejado llevar por el embriagador canto de las sirenas prometiéndole descanso y paz y hubiera dejado de bogar con todas sus fuerzas, escasas, pero decisivas.

Decisivo, quizá, será en nuestra supervivencia ensanchar nuestra percepción más allá de nuestro propio estómago y descubrir motivos para desear firmemente la supervivencia de todos, con la misma intensidad que si la pérdida de un sólo hombre significara el fracaso de la expedición entera.

¿Para qué sirve el teorema de Pitágoras?, preguntan los estudiantes de secundaria. ¿Para qué sirve estudiar durante años Biología, Física y Matemáticas si aparentemente es más útil saber conducir un coche, o conocer de memoria la alineación de la selección de fútbol en el último partido? Me gustaría decir que no sirve para nada: que es meramente una cuestión de estética, y entregarme a ella como lo que soy: un ser humano, no un chimpancé ni un bonobo. Pero mentiría. Es útil. Tiene un uso concreto y pragmático, además de inaplazable e imprescindible: la supervivencia. Aprender a conducir está bien para autotransportarse de un sitio a otro sin consumir un tiempo excesivo, pero para sobrevivir es mejor aprender astronomía. Comprender que vivimos en un planeta diminuto a merced de las fuerzas irracionales del Cosmos sirve para descubrir cuál es nuestra auténtica posición aquí y ahora: la misma que sufrieron Shackleton y sus hombres a merced del océano antártico. Aprender qué es un planeta, qué una estrella y cuál es nuestra relación con estas cosas sirve para saber quiénes somos realmente.

No somos más que polizones en una patera.

La hemos llamado Tierra y creemos que es enorme, inagotable, indestructible, pero sólo porque nuestra visión es estrecha y miope. En realidad es diminuta, tan pequeña y frágil como el Endurance de Shackleton… no, en realidad mucho más frágil: más frágil incluso que los botes con los que su expedición se enfrentó al ignoto océano cuando la banquisa por fin se abrió y no tuvieron más remedio que intentar ganar tierra firme a fuerza de remo.

Ahí vamos nosotros: montados en un bote que no es más que una patera que no nos pertenece, surcando a más de cien mil kilómetros por hora un océano aún mayor que el que tuvo que sufrir la expedición antártica, un océano en el que se desencadenan fuerzas que desintegran estrellas con la misma facilidad con que el hielo desintegró el navío de Shackleton. Puede que tengamos una sensación de seguridad y de abundancia, pero no es más que una ilusión mental de la misma forma que un espejismo es una ilusión óptica. Piensen en ello: si el Sol fuera una esfera de un metro de diámetro entonces la Tierra no sería más que un garbanzo situado a unos cien metros de distancia.

En esta misma proporción, la troposfera, la capa inferior de la atmósfera, donde los seres humanos desarrollamos nuestras actividades cotidianas -excepto los astronautas- tendría apenas una centésima de milímetro. Podríamos creer que esta centésima de milímetro se corresponde en la realidad a muchos kilómetros de cálida atmósfera que nos arropa y nos protege del yermo vacío interplanetario, pero nos equivocaríamos. La troposfera sólo tiene unos quince kilómetros en su zona de mayor espesor, el ecuador, y la zona habitable no es más que la mitad de ese espesor, siendo generosos, porque aún nadie ha conseguido habitar en la cima de las cumbres más altas del planeta: bastaría un suspiro cósmico para diluirla en el espacio; bastaría un paseo en vertical de poco más de una hora para salir de la zona habitable. ¿Quién no ha dado alguna vez en su vida un paseo de una hora y pico? Eso es lo que nos separa de la muerte: no cientos de kilómetros de cálida atmósfera, no una muralla infranqueable, sino un mero paseo primaveral de poco más de una hora.




La patera cósmica. | Esta fotografía fue tomada por la sonda Voyager 1 en el año 1990 cuando había completado su misión principal y se encontraba a una distancia de 6000 millones de km del Sol. En ella se puede observar nuestro planeta Tierra: es el puntito diminuto, apenas distinguible, más o menos a media altura y desplazado hacia la derecha. Los rayos de luz son artefactos debidos a la óptica: luz solar refractada por el objetivo -es el mismo problema al que se enfrentan los aficionados a la fotografía que quieren hacer fotos del cielo con grandes angulares o con teleobjetivos que apunten a zonas demasiado cercanas al Sol.



Piensen en lo diminuta que es la Tierra y lo inmenso que es el océano en el que navega, piensen en todas las extinciones masivas que ha habido desde que se formó nuestro planeta, en los cataclismos que lo han golpeado sin piedad, en las fuerzas que lo han sacudido en más de una ocasión procedentes del Sol o del espacio profundo. Miren la superficie de la Luna o los restos de cualquier explosión de supernova y verán las letras con las que el Universo forja la Historia, las cicatrices de la fragua cósmica.

¿Aún se sienten seguros? ¿Aún creen en sus pequeñas cosas, en su rutina, en la panadería de al lado de casa? ¿Aún no conciben a la Humanidad entera enfrascada en una gigantesca labor de supervivencia cósmica? Quizá deberían saber más sobre dinosaurios y menos sobre economía, más sobre Shackleton y menos sobre Merkel. Quizá deberían conocer a Musa. Quizá ni siquiera conocer a Musa consiguiera hacerles comprender que vamos todos a la deriva en la misma patera. Quizá los leñadores de focas y las personas listas que negocian con su carne sean ya mayoría y la Humanidad esté ya irremediablemente perdida.




Supernova | Una supernova es un proceso estelar extremadamente violento durante el cual la mayor parte del material que compone una estrella es expulsado de forma explosiva hacia el medio interestelar. Durante el proceso la estrella puede resultar totalmente destruida o puede quedar un pequeño resto en forma de estrella de neutrones o, en casos muy especiales, un agujero negro. La mayor parte del material que formaba la estrella se expande en forma de gas y polvo por el espacio hasta diluirse, al cabo de millones de años, en el medio interestelar. Esta expansión puede catalizar la formación de otros sistemas estelares, que serán enriquecidos con elementos químicos pesados provenientes de la estrella que ha explotado - elementos como el carbono, el nitrógeno, el hierro y todos los demás-. Cuando hablamos de remanente de supernova nos referimos a estas nubes de gas y polvo en expansión. En la imagen podemos ver la correspondiente a la supernova observada por Kepler en 1604. La imagen es en realidad una composición realizada a partir de fotos tomadas por tres telescopios diferentes: las zonas azules y verdes corresponden a rayos X registrados por el observatorio orbital Chandra, las zonas amarillas corresponden a la parte visible, registrada por el telescopio espacial Hubble, y la zona roja corresponde al infrarrojo, registrado por el telescopio espacial Spitzer.



Musa llegó a este rincón del diminuto mundo que habitamos en patera. Conoce lo que es el mar y lo que es el miedo. También sabe lo que es el hambre y lo que es echar de menos a una madre y a una esposa. Tiene tantos años como hombres fueron en la expedición de Shackleton y sin embargo llora como un niño cuando se sienta con nosotros y le preguntamos si no sabía que aquí no había trabajo. Llora en silencio, conteniendo las lágrimas, humillado. No quiere llorar. Quiere trabajar. Pero no hay trabajo. Le han engañado. Es de Senegal. Vive en la calle, en Lleida, y se jugó la vida por un sueño. Otros se hipotecan. Depende de dónde te haya tocado nacer, por azar y sin que mérito o cualidad alguna tengan nada que ver en ello.

- ¿Me hablas? -pregunta a mi compañera mientras yo pago los cafés en el interior del local.

- ¿Cómo? ¿Que yo te hable? -responde mi compañera desconcertada. Y al ver que el chico negro que se ha plantado ante ella, subido en una bicicleta cochambrosa, mira nuestras mochilas y bolsos, repartidos entre una silla y la mesa donde hemos tomado algo, añade: No me quites nada, por favor. Estoy en paro, no tengo trabajo, y mi pareja tampoco.

El chico niega con la cabeza, lentamente.

- ¿Tienes dinero? -dice.

Ahora es ella quien niega con la cabeza.

- Mi pareja -murmura-, está dentro, ahora saldrá.

Y él baja de la bicicleta y se sienta. Y así le veo yo al salir: sentado a la mesa, enfrente de Eugènia, derrotado, sucio y con pantalones vaqueros rotos sin necesidad de haber sido diseñados.

Hablamos. Está esperando papeles: quiere volver, pero hasta conseguirlos aún le quedan muchas noches de dormir en la calle. Mucha incertidumbre, frío. Hambre.

Le damos para un bocadillo y para que llame a su madre, en Senegal. Le pregunto su nombre. Musa. Le deseamos suerte. Maldita sea. Hay que salvar a este hombre. A todos los hombres. Ni un solo hombre más podemos perder víctima del hambre o de la desesperación, ni uno más, maldita sea. Me gustaría poder decirle algo más pero yo sólo sé astronomía: no tengo mapas, ni brújulas, no sé trazar una ruta de un punto a otro punto. Soy un inútil como navegante. Europa es peor que el Ártico o el Antártico: aquí no hay rutas, no hay caminos, no hay instrucciones de uso, a pesar de todos los semáforos y de todas las panaderías. El asfalto es una película de hidrocarburos que nos protege de la fuerza de la Naturaleza, como si fuéramos ensaladas protegidas por plástico. Nos atonta. En realidad bogamos en medio de la banquisa, atravesamos la noche con las manos pegadas a los remos, al borde de la inanición, titiritando de frío en cuanto nos damos cuenta de dónde estamos. Todos. ¿Creéis inútil o superflua vuestra existencia, vuestro trabajo? Pues no lo es: no podemos permitirnos el lujo de perder la fuerza de un sólo ser humano. ¿Creéis estar a salvo? Cerrad cualquier resquicio a la esperanza. La nave es frágil y el océano infinito. Cuanto más oscura sea la noche y más frío haga, más se exigirá a nuestros extenuados corazones. Si queréis sobrevivir, seguid bogando sin parar y repartid entre todos el poco pan que podáis tener escondido entre vuestras ropas congeladas, ya sea cereal o simple conocimiento.



NOTAS:

Me gustaría señalar que Musa es un personaje real, no un artificio literario: el encuentro en la cafetería ocurrió realmente y transcurrió muy aproximadamente tal y como se narra unas líneas más arriba. Además, quisiera añadir algunos comentarios más con la intención de aportar una serie de datos que juzgo de interés.

Al final del primer párrafo de este artículo, me hubiera gustado poder escribir:  “ni uno sólo de aquellos hombres que habían contestado a la más osada oferta de trabajo de toda la historia de la Humanidad” pero, en honor a la verdad, hay que decir que el anuncio atribuido habitualmente a Shackleton para enrolar hombres en su expedición de 1914 quizá no fue publicado nunca por Shackleton. Sí anunció éste su expedición en los periódicos de la época pero no hay pruebas concluyentes de que fuera con el texto que generalmente se le atribuye, más bien hay indicios en sentido contrario.




Respecto a la velocidad con que se mueve el planeta Tierra alrededor del Sol, se puede calcular de una forma sencilla si aproximamos la órbita elíptica por una órbita circular -esto se puede hacer sin cometer un error demasiado grande para nuestros propósitos porque la excentricidad es muy pequeña-, consideramos que la distancia que separa el Sol de la Tierra es de unos 150 millones de kilómetros y tenemos en cuenta que la longitud de una circunferencia es de dos veces su radio por el número pi y que la Tierra tarda 365 días -aproximadamente- en recorrer esta distancia. El propio lector puede hacer el cálculo, siempre y cuando no olvide que el espacio es igual a la velocidad por el tiempo -en un movimiento uniforme, el de la Tierra alrededor del Sol en realidad no lo es, pero se desvía poco y podemos hacernos una idea muy aproximada de la magnitud de su velocidad siguiendo estas sencillas reglas.

Así mismo, antes de acabar, me gustaría mencionar el artículo de Michael Tomasello Collaboration encourages equal sharing in children but not chimpanzeesLa colaboración estimula un reparto equitativo en niños pero no en chimpancés- publicado en 2011 en el número 476 de la revista Nature (aquí el pdf). Para este artículo, Tomasello y su equipo contrastaron el comportamiento de un grupo de niños con el de un grupo de chimpancés. Según explican en su estudio, el hecho de haber colaborado en una misma labor, provocó un aumento en la probabilidad de que los niños compartieran sus recursos de forma equitativa. Los chimpancés estudiados, en cambio, compartían sus recursos con sus compañeros con una probabilidad independiente de si previamente habían colaborado o no en alguna tarea. Tomasello comenta los resultados de este experimento en una entrevista en el diario La Vanguardia del día 5 de julio de 2012 y desde su propia página web se puede acceder a más artículos y otras fuentes bibliográficas.

Un último comentario antes de acabar. A lo largo de este artículo, puede que algunos lectores, quizá los más escépticos o, simplemente, los más ilustrados, hayan pensado en la famosa sentencia Homo homini lupus, popularizada por Thomas Hobbes a partir de un texto de Plauto y utilizada por muchas personas para sintetizar toda la depredación de la que es capaz el ser humano contra el propio ser humano; y ahora, en las últimas líneas del mismo, quizá sigan teniéndola en mente por encima de cualquier otra consideración, igual que un eco lapidario e imborrable de todos los horrores de esta época. Como réplica y último recurso, y también broche final, y porque me niego a tirar la toalla de la misma forma que los hombres de Shackleton se negaban a dejar de remar a pesar del frío, no puedo resistir la tentación de acabar citando a otro filósofo: Emilio Lledó, niño superviviente de la guerra civil española y actualmente catedrático emérito de Filosofía de la UNED. Este es el enlace de la entrevista que le hicieron en el programa Singulars el 19 de junio de 2012 -es en el minuto 37 donde habla de la sentencia anterior y da su opinión sobre ella pero, en realidad, la entrevista entera no tiene desperdicio.


Un artículo de Victor Guisado, vía Amazings.


viernes, 18 de mayo de 2012

Sobre Pirro de Epiro, los corintios y la maldición olímpica...

Esta semana que vence he vuelto a leer con regocijo al historiador Fernández-Armesto, fiel a su encuentro con la prensa internacional en su libre tribuna. Si ya durante el pasado otoño publiqué su breve ensayo Cuantas más crisis, mejor, en el que, historia de por medio, justificó los potenciales y venideros beneficios de la actual crisis económica, ahora el profesor arremete, a su modo y manera, contra los aspectos financieros de los, ya en puertas, Juegos Olímpicos de Londres. Como parece proceder, y puesto que mi introducción siempre estará en desventaja con la prosa de Fernández-Armesto, anoto a continuación el texto íntegro de su nueva miscelánea.



King Pyrrhus of Epirus (Rey Pirro de Epiro), por Anestis Derekas.



No me divierte el atletismo de los humanos, que son, a fin de cuentas, menos fuertes, menos rápidos y menos ágiles que muchos otros bichos que tienen el buen gusto de no cobrar por probar su superioridad atlética. Ver a un concursante demostrar que es capaz de llegar a cualquier sitio más rápido que otros me deprime y me aburre.

Sin embargo, me resultan interesantes ciertos aspectos relacionados con los Juegos Olímpicos. Remontémonos a 2005, cuando el Comité Olímpico Internacional concedió a Londres la organización de los Juegos que se celebran este verano en detrimento de otras capitales europeas como París o Madrid. Sospecho, y lo hago sobre una base de cálculos objetivamente verificables, que la capital británica cosechó esa gran victoria de manera un tanto dudosa.

La noche en que se proclamó a Londres como sede de los Juegos de 2012, llamé a un amigo que formaba parte de la candidatura madrileña para felicitarle. La capital española, le aseguré, había escapado a un desastre. La victoria de Londres recordaba a la del rey Pirro de Epiro, quien venció a los romanos, pero a un coste tan elevado que renunció a librar más batallas. Ahora que se acerca la cita olímpica podemos ver lo que están sufriendo los londinenses y lo que van a sufrir luego.

En 1908 Londres no tuvo que invertir demasiado para abrir nuevas instalaciones, y el balance final de aquellos Juegos arrojó resultados financieros bastante respetables: 85.000 libras en gastos por 92.000 en ingresos.

Los segundos Juegos celebrados en Londres tuvieron lugar en 1948, y en algunos aspectos fueron incluso más exitosos que los primeros. Ello se debió en parte a innovaciones deportivas como el enorme aumento de la participación femenina o los comienzos del estudio científico de los aspectos médicos y nutricionales del atleta. Entre las ruinas provocadas por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial se festejó la austeridad como un rasgo saludable y la paz como el porvenir del planeta. El mundo aplaudió ese espíritu de perseverancia y magnanimidad. No se construyeron nuevas instalaciones, ni siquiera para acomodar a los concurrentes. Las delegaciones extranjeras tenían que traer sus propios jabones y toallas. La mano de obra era voluntaria, prolongando el sentimiento cívico que permitió a los ingleses superar la guerra. Así, desde luego, se ahorraba dinero. El gasto total fue de unas 760.000 libras y la ganancia bruta al final se elevó a las 29.421 libras.

Desde entonces, desgraciadamente, los Juegos han experimentado una gran transformación. La profesionalización ha destrozado el espíritu original del movimiento olímpico -el entusiasmo del aficionado, la tradición corintia de jugar por placer y por mejorar el cuerpo y carácter de los individuos-. Los Juegos ya no son auténtico deporte, sino una parte de la industria del entretenimiento, que sublima los valores del espectáculo y la extravagancia, esos malditos 15 minutos de fama que son el lema de la modernidad. La gran diferencia es además que en lugar de pagarse con inversiones de emprendedores, los Juegos se sufragan a cargo y coste del Tesoro público.

Los aspectos financieros llaman poderosamente la atención, ya que hoy en día es inconcebible que unos Juegos registren beneficios directos. Antes al contrario, entrañan pérdidas, así como suena. Los inevitables gastos de seguridad en este siglo XXI imposibilitan el sueño del superávit. Para pagar los Juegos de Sydney 2000 Australia tuvo que introducir nuevos impuestos. El coste de Atenas 2004 excedió su presupuesto en miles de millones de dólares, y las finanzas de la capital griega aún se resienten de aquel dispendio. Vancouver presupuestó 165 millones de dólares para organizar los Juegos de Invierno de 2010, pero acabó gastando más de mil. Pekín, tras gastar una cifra récord de 43.000 millones de dólares en 2008, se ha quedado con estadios vacíos y funcionarios que se niegan a comentar las pérdidas.

Según el presupuesto oficial, excesivamente optimista, los Juegos de Londres costarán a los pecheros británicos unos 11.000 millones de libras. Los pronósticos más alentadores -de los que nadie se fía, todo sea dicho- prevén unos ingresos de unos 4.000 millones. Así que los británicos acabarán gastando, como poco, unos 7.000 millones en un estadio que a la postre se demostrará inútil, unos efímeros puestos de trabajo y un centro de compras que probablemente quede a la larga abandonado.

La falta de beneficios directos no menoscaba la esperanza de algunos de que una subida en el turismo acabe compensando el esfuerzo y aporte más dinero a la ciudad durante la celebración de los Juegos. Pero según estudios ya disponibles parece que el turismo sufrirá en realidad una bajada fuerte. Lógicamente, nadie quiere visitar Londres en unas fechas en que todo se va a reducir a caos y espanto por el jaleo de los Juegos y la amenaza del terrorismo. La demanda de plazas hoteleras en las fechas de los Juegos ha disminuido, y las muchas nuevas instalaciones, construidas a costa de grandes dispendios, se quedarán sin clientes. Es más, un montón de entradas para los distintos eventos deportivos quedarán sin venderse. Los negocios londinenses, en definitiva, sufrirán por la clausura de calles, los atascos y la imposibilidad de acceso al centro de la ciudad (reservado al tráfico olímpico) durante días. Con tal de evitar los problemas de transporte, el Gobierno de Cameron, aunque parezca mentira, está publicando anuncios en los periódicos recomendando a los londinenses quedarse en casa durante los Juegos en lugar de acudir a sus empleos. Un ministro ha sugerido incluso que la mejor estrategia para evitar disgustos será refugiarse en un pub.

«Por lo menos», dicen algunos buscando consuelo desesperadamente, «recuperaremos para Londres algo del prestigio que les tocó a nuestros antepasados de 1908 y 1948». Tal vez. Pero esa eficacia inglesa de hace más de medio siglo ya no existe. Las generaciones de entonces, templadas en los fuegos de las contiendas imperiales y las guerras mundiales, han dado paso a una población consumista y poco trabajadora, incapaz, por lo visto, de aceptar responsabilidades cívicas. Me temo que la ceremonia inaugural sea pretenciosa pero débil y trillada, el caos de las calles patético e irrisorio, y las medidas de seguridad enojosas y estúpidas. No sé si Madrid lo habría hecho mejor. Gracias a Dios, no tendremos la oportunidad de saberlo. España ya tiene bastantes problemas sin tener que sufrir unos Juegos. De nuevo, ¡enhorabuena, Madrid!



Felipe Fernández-Armesto (Londres, 1950), es historiador. Desde 1983 es miembro de la facultad de Historia Moderna de la Universidad de Oxford; fue Fellow del Instituto de Estudios Avanzados de los Países Bajos entre 1999 y 2000 y posteriormente fue profesor en la Universidad de Minnessota. Desde septiembre de 2005 a 2009 ejerció la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts). Fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Los Andes (Colombia) y también por la Universidad de La Trobe (Australia). Desde 2009 es titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame. Ha publicado más de dieciocho obras y entre otros galardones ha obtenido la Cairo Medal del Nacional Maritime Museum, en 1997, y la John Carter Brown Medal, en 1999.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Sobre Samoa y Tokelau: cambio horario (y económico) virando hacia China...

No parecía equivocarse demasiado Robert J. Shapiro en su obra 2020: Un nuevo paradigma (Tendencias, 2009), cuyo título original quizá aclare mejor su contenido, Futurecast: how superpowers, populations and globalization will change the way you live and work by the year 2020 (St. Martin Press, 2008). El que fuese principal asesor de Bill Clinton durante la campaña de 1992, además de colaborador de Al Gore o John Kerry posteriormente, dedica un capítulo completo a los dos polos de la globalización, léase China y Estados Unidos, y suscribe que “en una economía auténticamente global, como la que se despliega hoy, cuando un país tan enorme como China moderniza su industria de exportación, crea una serie de presiones nuevas en los empleos y los salarios de todo el mundo".


Atolón de Atafu, uno de los tres islotes coralinos del archipiélago Tokelau (Imagen: Earth Observatory, NASA).
La villa Atafu se observa en el vértice izquierdo. Dentro del atolón, las manchas azul claro son formaciones de coral. 


Viene esto a cuento de que las fuerzas de la economía mundial ya no se mueven en aguas del Atlántico, como así lo hicieron desde finales del siglo XIX hasta finales del XX, sino que ahora el Pacífico se erige en protagonista de la conexión occidental-asiática (y no es necesario recordar que, por convenio y costumbre, la voz “occidental” incluye a los Estados Unidos).

          Si el pez león (Peterois volitans, Linnaeus 1758), en la figura inferior, propio de los arrecifes coralinos del Índico y del Pacífico Sur, invadió los ecosistemas atlánticos del sur de Estados Unidos como también los de numerosas regiones del mar Caribe (metafóricamente, porque se trató de una liberación accidental de algunos ejemplares de un acuario en aguas de Cayo Vizcaíno, Florida, tras el huracán Andrew en 1992),  la economía mundial está cubriendo el trayecto justamente inverso.

La efeméride que titula esta entrada constata como los Estados Unidos siguen perdiendo influencia mundial. Cuando en 1884 se definió el trazado de los husos horarios, la isla de Samoa se situó del lado oriental de la línea que marcaba la hora cero. Ocho años después decidieron “pasar” al lado americano al objeto de facilitar las relaciones comerciales con la entonces mayor potencia del planeta. Si las pequeñas islas polinesias del sur del Pacífico miraban hacia la costa californiana como punto de referencia, ahora su guía es China. Consideran que su posición les hace perder dos días de negocio con Australia, Nueva Zelanda, China y Singapur.



Peterois volitans, especie originaria de los arrecifes coralinos del Índico y del Pacífico suroccidental. El pez león es especie
invasora, desde finales del s. XX, de las costas atlánticas de Estados Unidos y de todo el Caribe (Fotografía de Tim Wang).


Samoa venía siendo hasta hoy uno de los últimos territorios en despedir el día, lo que la situaba en el tiempo a 18 horas de Pekín, 11 de Madrid y cinco de Nueva York. Este cambio les coloca por delante y serán los primeros en comenzar la jornada. La isla pasó del 29 al 31 diciembre y se pone tres horas por delante de Sídney. Los algo menos de doscientos mil samoanos, junto con los 1500 habitantes de Tokelau (archipiélago formado por tres atolones y que depende de Nueva Zelanda), que también les acompañan, "se perderán el 30 de diciembre de 2011, pero ganarán grandes oportunidades para hacer negocio", señalaba en un artículo el Diario del Pueblo, el periódico oficial del Partido Comunista chino, que presumen del poder que su país está ganando en el sur del Pacífico asiático. Huelga decir que Samoa fue de los primeros países en la zona en reconocer a la República Popular de China.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sobre Manuel Toharia: cambio climático, escepticismo y show business...

Sin duda que la conferencia ofrecida esta mañana por Manuel Toharia en Gijón no fue una de las que se puedan guardar para el recuerdo. Como inauguración de la II Jornada sobre Medio Ambiente y Cambio Climático, organizada y patrocinada por la Cátedra Telefónica en la Universidad de Oviedo con la colaboración de la Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón, el popular divulgador científico, amén de otros cargos sobradamente conocidos, disertó por espacio de una hora alrededor de los mitos y realidades del cambio climático e, inherentemente, de su carácter global.



 Summer evening wheatfield with setting sun (1888), de Vincent Van Gogh, en Kuntsmuseum Winterthur, Suiza.



En un ejercicio intelectualmente acomodado, Toharia apoyó en exceso su discurso en la introducción (¿Mito o realidad?) de su conocida obra El Clima: El calentamiento global y el futuro del planeta. Si bien este último es un trabajo objetivo, riguroso e incluso aleccionador en algunos de los aspectos analizados, no es serio que a estas alturas del debate se reiteren una vez más los principios elementales del cambio climático, y menos aún enfrentándose a una audiencia poseedora, en su gran mayoría, de un bagaje científico-técnico a tomar en consideración.

Así las cosas, y alertando que en una hora habría de salir hacia el aeropuerto, Toharia introdujo sobre los conceptos de meteorología, tiempo o, como él prefiere, temperie, para, como no podría ser de otro modo, advertir de la inexistencia del clima como tal. Al entrar en materia apuntaló su locución en cuatro líneas argumentales que, de por sí, merecerían su propio tratamiento de forma independiente, a saber: la comunicación de las causas y los efectos del cambio climático, no siempre correcta y vinculada, quiérase o no, a determinados intereses político-económicos; el desequilibrio de riqueza existente entre Norte y Sur, entre occidentalizados y no occidentalizados, que vía cambio climático conduce a ricos más ricos y a pobres más pobres, si cabe; la matemáticas caóticas que rigen los sistemas dinámicos, como la meteorología, y en las que una variación mínima en alguna de las condiciones iniciales puede, o no, producir un cambio en las condiciones finales superior en varios órdenes de magnitud; la revolución industrial, James Watt y la máquina de vapor, antesala, 277 años después de la primera patente de esta, de la actual  e inexplicable ineficiencia energética en la industria y en el transporte, lease, por ejemplo, grandes centrales de combustión, y, por supuesto, los motores de ciclo Otto (inferior al 30%) o Diesel (inferior al 40%), así como de los niveles de contaminación existentes en los países industrializados.

Nada nuevo en el balance final, lo que invita a una reflexión: si Manuel Toharia fue un reconocido científico y meteorologo, a la altura de su valía actual como divulgador, y mientras que el discurso se mantiene las audiencias, por su parte, crecen en conocimiento sobre cambio climático… ¿no se trata entonces de que se le siguen dando las mismas vueltas al exprimidor?, ¿será que el escepticismo, como corriente de opinión, se sube ahora al vagón comercial de negacionistas y exageracionistas?.

jueves, 6 de octubre de 2011

Sobre Nauru: globalización, dispendio, obesidad y colapso...

            Nauru: latitud 0º 31’ 59’’ S, longitud 166º 55’ 0’’ E. Más o menos al Nordeste de Australia, aunque es exagerado decir “nordeste” en la superficie del Pacífico. Nauru se encuentra a 3500 km de Brisbane, a otros 2000 de las costas de Papúa Nueva Guinea, rodeada por una constelación de islas: Kiribati, Marshall, Salomón, Tuvalu, etc, todas ellas a una distancia de cuatro días de navegación.

            Nauru es uno de los islotes de Oceanía cuya existencia se materializa en un planisferio por un nombre pegado en el azul del océano. En los bordes de los mapas. 22 kilómetros cuadrados de roca extraviada en pleno Océano Pacífico. No demasiado grande para ser representado y dibujado a escala en un globo terrestre escolar. Un territorio al extremo del extremo. En el límite del mundo.



 Imagen aérea de Nauru en 2002 en la que se observa que la vegetación regenerada
cubre el 63 % de la superficie de tierra extraída durante la explotación del fosfato.



            Nauru es la república más pequeña del planeta. Poco más de catorcemil habitantes. Su historia podría ser la de un país sin historia, lejos de todo y sobre todo de Occidente. Sin embargo, este estado independiente tiene un pasado pesado como el plomo.

            Durante miles de años Nauru fue una tierra colonizada por las aves durante las migraciones que marcan el ritmo estacional entre hemisferios. La bird shit (mierda de pájaro), como la llaman los naruanos, ha hecho famoso al país. Quizás estuvo en el origen del fosfato: el guano –mezcla de los excrementos y esqueletos de aves- se habría mezclado en la tierra tanto como en el coral de la isla. La verdad es que con el tiempo se formaron inmensas reservas de fosfato en el subsuelo de Nauru. Una vez un abogado australiano describió el país de esta forma: “Nauru es una isla hecha de mierda, que se parece a una mierda y huele a mierda, pero si eres bueno en los negocios entonces seguro que harás un buen capital en este país.”






          Antes de que llegaran los europeos, en la isla de Nauru la gente vivía tranquila. El 8 de noviembre de 1798 fue descubierta por el capitán y explorador ingles John Fearn (1768-1837), cuando navegaba entre Nueva Zelanda y los mares de China a bordo del Hunter, y la llamó Pleasant Island, la isla placentera, donde los nativos se alimentaban de pescado, cocos y una fruta llamada pandano. En 1888 Nauru pasó a formar parte de Alemania y a comienzos del siglo XX los ingleses, atraidos por las ingentes cantidades de fosfato de la isla, comenzaron a repartir ganancias con los alemanes. Puesto que Alemania sucumbió en la Primera Guerra Mundial, Nauru fue controlada por Australia, Nueva Zelanda e Inglaterra. Fueron los japoneses los que tomaron el turno durante la Segunda Guerra Mundial y tras su derrota de nuevo Australia ejerció el control.

         Hasta 1968 Nauru no fue independiente para poder entonces administrar sus ganancias sobre el fosfato. Durante los años setenta cualquier naruano disponía de un vehículo a motor, de una lujosa casa y no tenía necesidad de trabajar, gracias a la aportación que el gobierno entregaba mensualmente a cada ciudadano. De forma paralela, ese mismo malgobierno invertía alegremente en propiedades inmobiliarias en Australia y Estados Unidos, con resultados catastróficos a corto y medio plazo. La suerte estaba echada, y Nauru comenzaba a asomarse al precipicio. La sucesión de presidentes, todos ellos sin bagage político e inexpertos, se encargó de dilapidar lo poco que quedaba en las arcas de la república.



Evolución de la extracción de fosfato en Nauru vs. precio al contado.


La alimentación occidental supuso en Nauru una amenaza para la que no estaban preparados, y así el 90% de los naruanos padece sobrepeso u obesidad, dato que le convierte en el país con mayor proporción de obesos del mundo.

Nauru a la cabeza, las pequeñas islas estado del océano Pacífico baten todos los récords de problemas de peso entre la población, con unos porcentajes que se mueven entre el 78% y el 94% de habitantes con un índice de masa corporal (IMC) superior a 25. Es decir, tienen sobrepeso (de 25 a 30) u obesidad (por encima de 30).

Hablar de este país es hablar de un gran problema de salud pública de enormes dimensiones: 9 de cada 10 habitantes tiene sobrepeso u obesidad. De media, los hombres adultos ingieren 7500 kcal diarias y las mujeres adultas 5000 kcal. En consecuencia, el 30% de la población de Nauru sufre diabetes tipo II y otro tanto de hipertensión y arteriosclerosis. Las muertes asociadas a la obesidad (de causa cardiovascular principalmente) son la norma, con unas cifras de infartos cardíacos increíblemente elevadas. Los estragos que el sobrepeso y la obesidad causan en la población provocan que la esperanza de vida sea de 58 años en hombres y de 65 en mujeres.

Si los datos sobre los problemas de peso de Nauru llaman la atención por batir todos los récords, aún resulta más sorprendente, si cabe, la evolución que ha tenido el peso de sus habitantes en menos de un siglo. De ser una tribu con su cultura tradicional y un peso normal, o incluso más bajo de lo recomendable, han pasado a ser una población ampliamente occidentalizada con unas cifras de peso alarmantes. 

La situación de Nauru ha sido extensamente estudiada por numerosos investigadores y, aún hoy, sigue siendo centro de atención en el estudio de la obesidad. Se trata del ejemplo más paradigmático de la enorme influencia que puede tener la sociedad (predominantemente los hábitos alimenticios) en las cifras de obesidad de una población pero también de la vulnerabilidad de ciertos grupos humanos frente a este problema.

Durante casi cuarenta mil años los habitantes de la isla de Nauru estuvieron aislados del mundo, apañándoselas como podían para llevarse algo a la boca. No habían desarrollado la agricultura, por lo que su alimentación consistía en lo que podían pescar, cazar y recolectar de la isla. Así pues, su alimentación era rica en carbohidratos complejos y fibra, y escasa en grasas y proteínas. De cuando en cuando, la isla se veía azotada por los ciclones, lo que ocasionaba épocas de hambruna entre la población. Debido a la dificultad para acceder a la comida y a estos frecuentes periodos de hambruna, se debió potenciar la capacidad de los nauruanos para sobrevivir en estas condiciones. Es decir, en época de abundancia, cuando podían comer más de lo que necesitaban, acumulaban el exceso de calorías en forma de grasa con facilidad, para resistir posteriormente a las constantes hambrunas. Aquellos que no desarrollaron estos mecanismos murieron como consecuencia de las presiones de la selección natural. De otro modo, se potenció el genotipo ahorrador (mayor facilidad para acumular grasa) entre los habitantes de la isla, también en otras muchas islas del Pacífico, como mecanismo de supervivencia.

Esa adaptación dejó de ser tan ventajosa cuando en el siglo XX empezaron a tomar contacto con la sociedad occidental y, principalmente, con su dieta. De la variada y escasa dieta de la isla, anteriormente señalada, pasaron a tener una dieta abundante en grasas y azúcares simples aunque pobre en fibra. Adaptados a vivir con escasez de alimentos y con ejercicio físico frecuente, los nauruanos se enfrentaron a finales del siglo pasado a comida en abundancia y nulo ejercicio físico. Si anteriormente la facilidad para acumular grasa era una cuestión de supervivencia, hoy en día es una cuestión de enfermedad.

Además, con el 90% de la isla cubierto por depósitos de fosfato se dificulta la implantación de la agricultura. En su lugar, acaban obteniendo la mayor parte de la comida vía importación de Australia y Nueva Zelanda. La mayoría de estos alimentos importados son carnes y dulces ricos en grasas y azúcares simples. De hecho, el "spam" o carne enlatada es uno de los "manjares" más populares en la isla, mientras que sólo un 3% de los habitantes de Nauru come fruta o verduras con frecuencia.

Pero no sólo la inexorable occidentalización de la población de Nauru ha sido la desencadenante de los problemas: entre los habitantes de las islas del pacífico existe todavía la percepción generalizada de que un exceso de peso es signo de riqueza y poder, lo que motiva poco o nada a sus habitantes para que intenten frenar el sobrepeso.



 La otra cara de Nauru, formaciones coralinas sobre la playa.



            En la década de los 70, con la llegada de los medios de comunicación cada vez más perfeccionados, el filósofo canadiense Herbert McLuhan definía el mundo como una “aldea global”. En un sentido más literal, Nauru podría ser esta aldea. Un roquedal, apenas mayor que el más pequeño de los barrios de cualquier capital europea, donde la globalización ha marcado su huella de forma indeleble. En la otra punta del globo terrestre, Nauru es la encrucijada del mundo donde se acumulan en un mismo impulso las riquezas, pero también los desastres. Un pequeño estado donde la mano invisible del mercado mundial habría depositado todos los males de nuestras sociedades. Un laboratorio a cielo abierto.

La historia de Nauru podría haber sido una ficción, una parábola, una fábula. Pues no, no es nada de eso.


Algunas lecturas para introducirse en el asunto pueden ser: