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miércoles, 28 de agosto de 2013

De genes marxistas, raza española y manipulación...


      La manipulación psiquiátrica, en impostada comunión con la genética, no es nueva ni exclusiva de los lobbies conservadores y neoliberales como ya se apuntó en una entrada anterior. Setenta y cinco años hace ya que Franco quiso responder a los interrogantes de si el rojo nace o se hace, al objeto de determinar qué clase de mutación conduce a la adhesión de un individuo al marxismo. Durante la Guerra Civil y los primeros años de posguerra, Antonio Vallejo Nágera, jefe de los Servicios Psiquiátricos del Ejército de Franco, fue quien investigó con presos de guerra, fundamentalmente brigadistas internacionales, para determinar "las relaciones que puedan existir entre las cualidades biopsíquicas del sujeto y el fanatismo político-democrático-comunista". La conclusión más relevante del informe "Biopsiquismo del Fanatismo Marxista" fue que "el marxismo se nutre de las personas menos inteligentes de la sociedad" y que "la perversidad de los regímenes democráticos favorecedores del resentimiento promociona a los fracasados sociales con políticas públicas, a diferencia de lo que sucede con los regímenes aristocráticos donde sólo triunfan socialmente los mejores".

        Desde su posición de privilegio, el psiquiatra también se atrevió a concluir que "la raza (sic) o espíritu español se forja por medio del militarismo social, que quiere decir orden, disciplina, sacrificio personal, puntualidad en el servicio, porque la redoma militar encierra esencias puras de virtudes sociales, fortaleza corporal y espiritual" y en la mejora de esta raza el aparato franquista debía promover "la militarización de la escuela, de la Universidad, del taller, del café, del teatro, de todos los ámbitos sociales".

   

Manifestación (1934), por Antonio Berni (1905–1981). Museo de Arte de Buenos Aires.

domingo, 30 de junio de 2013

De genética, desigualdad, neoliberalismo y Diego Rivera…


      Nada nuevo que los círculos conservadores y neoliberales justifiquen el enorme crecimiento de las desigualdades que caracterizan los tiempos corrientes fruto irrefutable de políticas conservadoras y neoliberales como la consecuencia de la diversidad genética dentro de las poblaciones que padecen estas desigualdades. Correlacionan, sin complejos de clase, desigualdades de renta versus diversidad en la composición genética poblacional.

     Rietveld et al. publican en Science (“GWAS of 126,559 individuals identifies geneticvariants associated with educational attainment”. Science, 21. Junio de 2013) que la estructura genética de una persona y/o grupo étnico conduce a su tipo de educación y, a través de ello, al nivel de renta que adquiere. Cuando menos discutible. No menos hilarante es una tesis doctoral presentada en la Universidad de Harvard en la que se sostiene que los hispanos de los Estados Unidos, procedentes de países de habla hispana, se aglutinan en las clases menos adineradas y con menos recursos debido a su supuesta, que no demostrada, inferioridad genética, de estructura menos desarrollada e inferior calidad que la existente entre la población blanca. Además, en dicha tesis se infiere, en razón a que el cociente intelectual de los blancos es superior a los de los hispanos, que la supuesta inferioridad de los hispanos es debida a su inferior estructura genética.

      Parecen múltiples las falacias que se incluyen en este estudio, y la primera y más flagrante es la asunción de una estructura genética propia de los hispanos, un grupo que, más que étnico, es cultural y se caracteriza por su enorme diversidad genética. El supuesto de uniformidad genética no deja de ser una valoración extremadamente subjetiva, de claros tintes racistas, aunque no menos grave es la asunción de que la calidad y el desarrollo intelectual de una persona se cuantifican objetivamente a través del cociente intelectual, prueba sobradamente conocida por su sesgo clasista, pues mide más la habilidad de respuesta al test que el nivel intelectual.

      Ambos documentos dicen mucho del panorama ideológico alcanzado en círculos del establishment estadounidense, en momentos de un dominio neoliberal que requiere una teoría hegemónica, legitimadora y que justifique el enorme crecimiento de las desigualdades.



Liberación del peón (1931), por Diego Rivera.
Fresco sobre cemento reforzado en estructura de acero galvanizado, 185 x 239 cm. En el Philadelphia Museum of Art.


          En Liberación del peón, Rivera desarrolló una narrativa aterradora sobre el castigo corporal. Un labriego, golpeado y abandonado a su muerte, es descendido de un poste por soldados revolucionarios comprensivos, que atienden este cuerpo quebrado. El peonaje —sistema de servidumbre a sueldo establecido por los colonizadores españoles para forzar a los indios a trabajar la tierra— persistió en México aún en el siglo XX. El mural presenta la injusticia de las condiciones sociales y económicas que prevalecieron como justificación de la Revolución mexicana.

viernes, 24 de agosto de 2012

Sobre el envejecimiento de la población y la democratización de la supervivencia...

          Ayer publicaba el diario La Nueva España una interesante entrevista con Rafael Puyol, catedrático de Geografía Humana, que viene de participar en los cursos de La Granda con una ponencia titulada "¿Cuántos seremos?, ¿cómo seremos? y ¿cuánto viviremos?". En ella, el también ex rector de la Universidad Complutense de Madrid, respondía de manera bastante ajustada a la población potencial en 2050: 9.100.000.000 individuos, unos dos mil millones más que en la actualidad, aunque no hace ni medio siglo todos los factores hacían predecir unos 12.000.000.000.

          Apunta Puyol dos causas fundamentales para esa ralentización del crecimiento poblacional. La primera es la caída de la natalidad, que nos situa por debajo de la fecundidad de reemplazo, es decir, por debajo del umbral que permite la renovación de las generaciones, excepción hecha de algunos países subsaharianos. La segunda es un aumento no previsto de la mortalidad, principalmente por la epidemia del VIH  y en casi esos mismos paises subsaharianos.



Study of the head of an old man, 1610-1615 por Peter Paul Rubens, en el Kunsthistorisches Museum de Viena.



          Seremos más octogenarios y urbanos (en España la media entre las mujeres alcanza los 85 años y entre los hombres los 80, y el éxodo desde los pueblos hacia las ciudades es meridiano) y el envejecimiento se convierte en un fenómeno positivo consecuencia de la conquista social, pero que tiene consecuencias económicas, como el aumento del número de pensionistas, sociales y sanitarias. Todo ello, en palabras de Puyol, va a requerir medidas políticas y otras acciones, porque si no, en la próxima década, cuando nuestro país el envejecimiento alcance proporciones preocupantes, el asunto desembocará en conflicto social.

          De forma más general, definimos el envejecimiento demográfico como un cambio en la estructura de edad de una población, consistente en un aumento del porcentaje de personas por encima de 65 años (umbral aceptado aunque ciertamente arbitrario) respecto del conjunto. En España esta cifra alcanzaba, en 2011, el 17% y las proyecciones advierten de que a mediados del siglo en curso uno de cada tres españoles superará ese umbral.

Las causas de este proceso son bien sencillas: una menor fecundidad disminuye la cifra de niños y aumenta el peso relativo de los mayores; y una menor mortalidad lleva a más personas de cada cohorte a ese umbral, nueve de cada diez nacidos, cuando a principios del siglo XX no llegaban ni tres. Se viene produciendo, por tanto, una democratización de la supervivencia. Además, los que llegan viven más tiempo. Se ganan años a la muerte. Inexcusablemente, más gente en la vejez tiene consecuencias demográficas en el ámbito individual, social y en el sistema de protección social. 

Los demógrafos aun debaten sobre si se vive más porque se vive mejor, o se vive más porque las enfermedades ya no matan como antes, merced, entre otros factores, al avance médico. Parece evidente que cuando se envejece, las tasas de morbilidad y discapacidad aumentan considerablemente. Si la edad de aparición de enfermedades y el inicio de la discapacidad se retrasan hacia el momento de la muerte, se vive mejor y se ganan años de buena salud. 

Sin embargo, una parte del tiempo ganado se vive con mala salud. Hemos cambiado mortalidad por morbilidad, que suele ir asociada a enfermedades crónicas y degenerativas. La mala salud también se relaciona con problemas de discapacidad, que muchas veces deriva en dependencia y el envejecimiento supone la emergencia de los cuidados de larga duración. 

Por todo ello,  aumenta el número de generaciones de la misma familia viviendo simultáneamente. Nuestros mayores actuales tuvieron muchos hijos, pertenecientes a la generación del baby boom (los nacidos entre 1957 y 1977), que han sido y siguen siendo fundamentales en el cuidado. Pero debido al menor tamaño medio familiar (consecuencia de una baja fecundidad), un incremento de divorcios y de familias sin hijos, se debilita el potencial de cuidado familiar para futuros dependientes, a la vez que aumenta la carga para los cuidadores, mayoritariamente mujeres de edad intermedia. Por otra parte, una mayor convivencia y contacto intergeneracional permite más relaciones verticales dentro de la familia, abuelos-padres-hijos, una mayor cooperación, más oportunidades y mayores transferencias intergeneracionales. Destaca el hecho de ver abuelos en papeles tradicionales femeninos, como en el cuidado de nietos. 

El envejecimiento de la población obliga a ser eficientes y equitativos en el reparto de beneficios sociales. El horizonte cronológico de cada individuo se ha extendido. Ello ha permitido repartir tiempos a lo largo del curso de la vida; de hecho, los jóvenes pueden pasar más tiempo formándose; los mayores disponen de más tiempo para actividades, nuevas y viejas; y es razonable repartir algo de los años ganados entre los adultos, por ejemplo, ampliando su vida laboral.

Vidas más largas suponen un éxito del progreso, pero requieren financiación. Hasta ahora, contribuciones del trabajo e impuestos han mantenido nuestro sistema de protección social. El envejecimiento tensiona el equilibrio del sistema al aumentar notablemente el gasto en los importantes capítulos de pensiones, sanidad y dependencia, aunque el gasto sanitario tiene otras razones para su incremento. El envejecimiento, por ser una tendencia de fondo y de duración ilimitada, requiere un sistema de protección estable; pero si coincide con una crisis de empleo, la presión es insostenible, se magnifican las consecuencias negativas. Esto exige tomar medidas que hagan desaparecer las tensiones: políticas de empleo, mayor productividad por trabajador, pero también requiere a corto plazo o bien revisar la cartera de servicios (qué protegemos y qué deberíamos proteger), o bien incrementar los ingresos del sistema. Quizá ambas cosas.

          Quien desee profundizar en cómo los retos del futuro cambiarán nuestra forma de vivir y trabajar, puede hacerlo leyendo El mundo en 2050 (Debate, 2011), obra de Laurence C. Smith en la que este catedrático y profesor de UCLA examina las cuatro fuerzas que determinaran el futuro de la civilización, entre ellas la sobrepoblación. También se puede recomendar 2020, Un nuevo paradigma (Tendencias, 2009), en la que Robert J. Shapiro también analiza el problema poblacional como parte de la globalización.


domingo, 12 de agosto de 2012

Sobre surfistas, renta básica, John Rawls y Philippe van Parijs...

Al difunto John Rawls (1921-2002), ya referido en una entrada anterior, parecían no gustarle demasiado los practicantes de surf y, en un artículo publicado en 1988, utilizó el ejemplo del surfista para explicar un punto crucial de su Teoría de la Justicia. En su opinión «quienes practican surf todo el día en Malibú deberían encontrar una manera de subvenir a sus propias necesidades, y no podrían beneficiarse de los fondos públicos». En resumen, para Rawls, de meridiana tradición calvinista, si uno está todo el día trabajando en un taller, o sirviendo comidas en un restaurante: ¿por qué debería subvencionarse al surfista que vive tan plácidamente, saltando las olas en traje de baño? Parece que negarse a subvencionar a los gorrones, aquellos que se aprovechan del trabajo de los otros, forma parte de la lógica misma de las sociedades liberales, pues el gorrón viola en cierta manera el contrato social. Fue el  noruego Jon Elster, sociólogo y miembro del Grupo Septiembre, quien denominó al anatema del surfista «objeción de explotación», o rechazo de la explotación de quienes trabajan para los vagos que reclaman solidaridad.



Summer beach, Polzeath, Cornwal, por Melanie McDonald.


Sin embargo, Philippe van Parijs, también perteneciente al Grupo Septiembre, en su libro Libertad real para todos: que puede justificar al capitalismo, si hay algo que pueda hacerlo (1998) discutió esta idea rawlsiana (tan inicialmente coherente) y en el artículo «Why surfers should be fed? The liberal case for an unconditional Basic income» (“Por qué se debería alimentar a los surfistas?”) planteó que también el surfista realiza actos maximizadores de utilidad social. Supongamos que saltar las olas en Malibú, en Tapia de Casariego, o en cualquier otra playa donde se puedan coger olas, para algunas personas constituye el fundamento de su autoestima y de su identidad. Imaginemos, incluso, que el surfista no produce nada, pero sin embargo consume y gracias a él, la industria del deporte, de la moda y del turismo florecen en Malibú. No es necesario, según considera van Parijs, que exista una estricta reciprocidad en los intercambios para que la sociedad sea justa. Además cuando le vemos surfear, el espectáculo es bonito… entonces, ¿por qué no fomentarlo? En definitiva, el surfista aumenta la utilidad agregada., aunque lo haga de una manera ciertamente distinta a como lo hace un profesor de instituto o un mecánico.

El filósofo belga dedicó a Rawls un capítulo destacado de su libro ¿Qué es una sociedad justa? Introducción a la filosofía política (1991) [‘La doble originalidad de Rawls’, pp. 58-79 de la ed. española, Barcelona: Ariel, 1993], donde presenta a Rawls ‘en ciertos aspectos más igualitarista que Marx’, en la medida en que el pensador norteamericano parece no vincular la sociedad justa al trabajo, aunque el propio van Parijs matiza que la comparación es parcialmente engañosa.

Van Parijs ha seguido investigando en una línea que también es la de separar el hecho de trabajar del derecho a disponer de renta. Por ello propone crear que lo denomina una ‘renta básica de ciudadanía’ que debiera recibir todo el mundo, independientemente de que sea surfista o carpintero, por el simple hecho de ser ciudadano. Esa renta básica sería “un ingreso transferido por una comunidad política a todos sus miembros, sobre una base individual, sin control de recursos, ni exigencia de contrapartida”. Es decir, neutra en cuanto a la definición del bien o los bienes a los que se quiera destinar dicha renta. Van Parijs considera que el Estado ha de ponerse al servicio de las libertades individuales, sin juzgar los comportamientos de nadie. La renta básica se defiende, además, en cuanto herramienta de justicia social y de igualdad de oportunidades, cuyo sentido estriba en impedir, lo que de hecho sucede en nuestros días, es decir, que la sociedad sea cada vez más desigual en origen.

La renta básica, sostiene van Parijs, cumple los requisitos de la Teoría de la Justicia de Rawls: da las máximas libertades públicas, iguales para todo el mundo, y da igualdad de oportunidades en beneficio de los más desfavorecidos. Por tanto, sería maximizador dar renta básica a todo el mundo. El debate tiene importantes consecuencias sobre la justicia social y sobre la definición de las libertades básicas. Por cierto, en la portada de Libertad real para todos aparece, naturalmente, un surfista. 


viernes, 3 de agosto de 2012

Sobre la Teoría de la Justicia, John Rawls, los paraguas y el criterio Maximin...

En 1971 fue publicada la Teoría de la Justicia, un tratado de más de seiscientas páginas que, en su momento, cambió el paradigma de la filosofía política y cuya influencia ha traspasado los límites de la academia. El tema de John Rawls, profesor en Harvard fallecido en 2002, es la justicia de la sociedad. Rawls entiende la sociedad como una empresa cooperativa, y la justicia está llamada a repartir sus cargas y beneficios. Pero si en las sociedades coexisten una pluralidad de concepciones del bien ¿cómo fundar los principios de justicia?






La respuesta de Rawls es demandante e, independientemente de su concepción de la vida buena, usted coincidirá con los principios por él propuestos. Sólo tiene que acceder a un ejercicio mental que genera una situación de imparcialidad: la posición original. ¿Si no supiese cuál es su posición económica, sus talentos naturales, sus virtudes productivas, así como su concepción del bien, qué principios de justicia escogería para organizar la sociedad en la que ha de vivir? Esta es una decisión bajo incertidumbre. Y siguiendo una interpretación de la Teoría de la Decisión Racional en estos casos hay que guiarse por el criterio de decisión Maximin, que asegura el máximo de los mínimos.

Una analogía aclara la idea. Imagine que usted no puede saber si mañana lloverá, pero debe decidir hoy si mañana sale de su casa con paraguas. El mejor de los casos es salir sin paraguas y que brille el sol, otro escenario puede ser salir de casa con paraguas y que caiga lluvia, pero el peor de los supuestos es que usted decida salir sin paraguas y que mañana esté diluviando. El criterio Maximin nos lleva a evitar este último escenario: sin información, usted siempre debe salir con paraguas.

De igual modo sucede con los principios de la justicia: en la posición original usted aceptaría principios de distribución desigual sólo si van en beneficio de todos, especialmente de los más desaventajados. Según Rawls usted escogerá dos principios de justicia. El primero distribuye las libertades y derechos fundamentales de un modo estrictamente igualitario. El segundo, que se compone de dos partes, acepta la desigualdad pero sujeta a condiciones. Por una parte, el acceso a cargos y posiciones debe estar abierto a la justa igualdad de oportunidades. Por otra parte, cualquier rmejoramiento en la posición de los más aventajados sólo es legítimo si mejora la posición de los más desaventajados. Este es el muy discutido Principio de la Diferencia.

La posición de Rawls se viene llamando liberalismo igualitario. Es liberal, porque el primer principio (las libertades fundamentales) tiene prioridad sobre el segundo. Es igualitario, porque funda la justicia en el humilde reconocimiento de que muchas de nuestras ventajas no son más que resultado del azar. ¿Acaso merece usted su posición económica y social inicial, o sus talentos naturales? Esta lotería, nos recuerda Rawls, no es ni justa ni injusta. La justo e injusto refiere a como la enfrentamos.

Los debates de la filosofía política de los últimos cuarenta años han girado en torno a este opus magnum. Bien sea para criticarlo o para defenderlo, la referencia a Rawls es obligada. Además, ha tenido influencia en múltiples campos y disciplinas. Entre muchos otros, la justicia social y penal, el derecho internacional, la democracia, el entendimiento del bienestar, la salud y la educación.


viernes, 1 de junio de 2012

Sobre los que tienen y los que no tienen, un ensayo acerca de la desigualdad económica...

Si bien una entrada anterior se refería a la creciente desigualdad de la renta (entre otras cuestiones, sueldos de directivos versus sueldos de trabajadores), se ofrecieron únicamente unos datos circunscritos a las 35 empresas del IBEX 35 (que, transitoria y temporalmente, ahora mismo son 36) y, principalmente, a la brecha existente entre los directivos de estas y los trabajadores de sus respectivas plantillas. Lo peor de todo es que las diferencias entre ricos y pobres no son solo cosa de aquí, sino que aumentan por doquier.

Si pretenden hacerse una idea de cómo ha ido forjándose y concretándose la desigualdad, consigan una copia del apasionante ensayo de Branko Milanovic, Los que tienen y los que no tienen (Alianza Editorial, 2012), en el que se analizan los tres tipos de desigualdad económica presentes en nuestro mundo con ejemplos extraídos de la historia, de la economía y de la literatura (León Tolstói, Jane Austen). Para saber más acerca de los motivos de la desigualdad entre las naciones, de lo que ya se había ocupado con criterios eurocentristas David S. Landes en La riqueza y la pobreza de las naciones (1998), no olviden los también recientes Comercio y pobreza (2012), de Jeffrey G. Williamson, y Las naciones oscuras, una historia del Tercer Mundo (2012), de Vijay Prashad, en el que se proporciona un punto de vista muy crítico con las tesis de los historiadores y economistas occidentales.




Reflections of a hungry man or social contrasts (1893), por Emilio Longoni,
oleo sobre tela, 190x155 cm, en el Museo del Territorio Biellese, Biella, (Italia).



Los que tienen y los que no tienen se compone de tres partes. Una sobre la desigualdad entre las personas, otra de la desigualdad entre las naciones y una tercera que trata de la desigualdad global. A poco débil que uno se pueda encontrar, el libro transmite una profunda tristeza. No es, desde luego, su intención, pero la provoca. Se remonta a los siglos del imperio romano, hace cuentas de las desigualdades que hemos ido viendo desde entonces y, aun sin pretenderlo, no puede evitar dejar a los lectores sumidos en una inmensa melancolía. Siglos y siglos después, y seguimos aferrados a unos patéticos argumentos para defender las inmensas desigualdades del mundo que hemos construido, que estamos construyendo todavía hoy. Es imposible dejar de ver y oír en él a nuestros políticos actualmente en el gobierno, enunciando uno tras otro sus prejuicios, sin apoyo científico ni estadístico ni experimental suficiente. Es cierto, las cosas no son tan sencillas como para despacharlas en un par de eslóganes, pero la evidencia de lo indecente debería estar muy justificada para mantener sus fueros. Sabemos bien que ni lo necesitan ni lo intentan. Pero no deberíamos consentírselo.

El libro incluye algunos capítulos muy curiosos, sobre “el amor y la riqueza” en las novelas de Jane Austen o Dostoievsky, por ejemplo. Pero me gustaría, aunque sea menos entretenido, resumir alguna de sus problemáticas. Por ejemplo, cuando se pregunta: ¿La desigualdad favorece el crecimiento? O en una versión menos edulcorada: ¿Hay que apoyar a los ricos porque crean empleo? Milanovic concluye: sólo cuando “la nivelación de los ingresos (haya) ido tan lejos que las personas no vayan a esforzarse, a menos que se les permita guardar los frutos de su trabajo en mayor grado”; en los demás casos “la desigualdad puede entorpecer el crecimiento económico”. Juzgue el lector: ¿nos encontramos en el primer caso, o en el segundo?

También se cuestiona: ¿La desigualdad puede ser justa? Milanovic nos lleva a John Rawls y su Teoría de la Justicia (1971), cuando vinculó desigualdad e injusticia en esta frase: “La injusticia está formada por simples desigualdades que no benefician a todos, y en particular a los pobres”. Posteriormente afirma que su aplicación no es fácil, directa, inmediata. Pero el principio está ahí.

Una última cuestión: Milanovic señala que tal vez al lector le resulte sorprendente saber que existen pocas teorías o estudios teóricos acerca de la creación o evolución de la desigualdad en la distribución de la renta entre los individuos. Y es cierto: ¿por qué son tan escasísimos los estudios sobre la desigualdad? Pues bien, el autor apunta una razón que si la dijese cualquiera que no estuviese en su posición (economista de primer nivel del Banco Mundial) sería tachado de ingenuo, pero que en su boca la respuesta adquiere una dimensión indignante: “Porque no son particularmente apreciados por los ricos”. El director de un prestigioso centro de estudios de Washington se lo dijo claramente al autor. Su fundación no financiaría un trabajo que en su título mencionara “la desigualdad de la renta o de riqueza”. Estarían dispuestos –recuerda- “a patrocinar cualquier estudio relacionado con el alivio de la pobreza, pero la desigualdad era un tema completamente diferente”. ¿Por qué? Pues porque “lo cierto es que ‘mi’ preocupación por la pobreza de algunas personas me proporciona una cálida y agradable sensación de bienestar, ya que estoy dispuesto a utilizar mi dinero para ayudarles. La caridad es una cosa buena; muchos egos se hinchan gracias a ella y sirve para aumentar la reputación ética aunque sólo se donen pequeñas cantidades a los pobres. Pero la desigualdad es otra cosa. Cualquier mención a ella pone en duda la legitimidad o lo apropiado de mis ingresos”. Y ante estas afirmaciones del director de aquel centro de estudios, la pregunta es: ¿Dónde está la universidad? ¿Dónde sus estudios independientes sobre los temas que interesan a la gente, al mundo? Ay, la Universidad.

Cada uno de los tres ensayos técnicos va seguido de unos relatos cortos que intentan entretener, sorprender y acercar al lector a alguno de los temas que se han abordado antes en cada ensayo. Estos relatos a los que se denomina ilustraciones abarcan un heterogéneo abanico de cuestiones que muestran como la desigualdad ha estado presente en la vida real, en la literatura y en múltiples facetas de la vida cotidiana de la gente a lo largo de la historia. Ahí encontrará respuestas a interrogantes tan curiosos como quién ha sido la persona más rica del mundo (los estadounidenses Gates y Rockefeller, el ruso Jodorkovski o el mexicano Slim), qué grado de desigualdad de ingresos existía en el Imperio Romano, cuánta desigualdad social sufrían los países del bloque soviético, qué sinuosas relaciones se dan entre amor y riqueza, hasta qué punto ha incidido la desigual distribución de la renta en el origen de la actual crisis financiera global, qué posibilidades tiene China de seguir existiendo como Estado en 2048 o cómo el mundo que analizó Marx y la polarización determinante en su época entre trabajadores y capitalistas siguen existiendo o mutaron en aumento de la desigualdad global.

Y así hasta un total de veintiséis relatos o ilustraciones de desigual calidad, interés y acabado. No siempre he coincidido con el autor en algunos de sus argumentos o afirmaciones, a veces sumarios y otras, poco matizados. Poco importa, invitan a pensar. Contribuiyen a que se cuestionen las causas que desde el mercado o el poder político impulsan y justifican la extrema desigualdad que hoy existe y no para de aumentar. Y se alcanza a comprender por qué Milanovic considera que la renta de las personas está determinada en un 60% por el país en el que ha nacido y en un 20% por el nivel de renta de sus padres; sólo un pequeño 20% es permeable al libre albedrío y depende de factores y azares personales sobre los que hay cierta capacidad o posibilidad de influir.


domingo, 20 de mayo de 2012

Sobre la desigualdad de la renta, Adam Smith y la riqueza de las naciones...

El pasado domingo leí, en la sección de Economía del diario El País, a David Fernández haciendo un muy documentado y generoso repaso al disparatado incremento de la desigualdad de la renta que ha venido sucediendo en nuestro país a lo largo de los últimos cinco años. Esta desigualdad, una de las dimensiones principales de la estratificación social, sitúan a la clase corporativa cada día más alejada de la clase trabajadora.

Hace más de 200 años, en opinión del escocés Adam Smith (1723-1790), teórico de cabecera del liberalismo económico, un individuo era rico o pobre de acuerdo con la cantidad de mano de obra que podía contratar. Siguiendo al pie de la letra la definición del autor de La riqueza de las naciones (1776), un gran número de directivos de las grandes compañías españolas son auténticas pymes en potencia, ya que con su retribución se podrían pagar decenas, si no cientos, de sueldos anuales de trabajadores de su misma empresa.



Ilustración de Luis Tinoco.



En nuestro país, próximo a los seis millones de desempleados, el sufrimiento va por barrios y la crisis ha agrandado la brecha salarial entre los directivos y los empleados. En el ejercicio de 2007, último de bonanza económica, los consejeros ejecutivos y los miembros de la alta dirección de las empresas del Ibex 35 que hoy en día permanecen en el índice cobraban de media 873.666 euros, mientras que el gasto medio por empleado era de 37.122 euros. Es decir, una brecha salarial de 23,53 veces. En 2011 la desigualdad se amplió hasta las 24,68 veces: la élite directiva de esas mismas compañías —534 personas— recibió una compensación media de 1,07 millones de euros, y el gasto medio por trabajador fue de 43.353 euros. En esos cuatro años, por tanto, el crecimiento de la brecha salarial fue del 4,8%. Hay quien pueda pensar que es un aumento modesto. Sin embargo, la comparativa queda distorsionada por las indemnizaciones multimillonarias que cobraron algunos directivos.

Por otra parte, el aumento de los salarios de los administradores no se justifica por la creación de valor lograda para sus accionistas. Durante el periodo 2007-2011 solo 11 empresas del Ibex fueron rentables para sus dueños. Inditex fue, de largo, la compañía cuyo equipo gestor más enriqueció a sus accionistas, con una rentabilidad total en esos cinco años del 76,9%. Sin embargo, los dos grandes bancos del país, Banco Santander y BBVA, con dos de las cúpulas directivas mejor remuneradas de toda la Bolsa, fueron responsables de pérdidas para sus accionistas del 41,5% y el 53,4%, respectivamente.

El ejecutivo mejor pagado de 2011 fue Pablo Isla, con 20,3 millones de euros, gracias al premio singular y no recurrente que le dio Inditex tras acceder a la presidencia del grupo. Esta retribución supone multiplicar por 1.000 el gasto medio por empleado de Inditex. Isla recibió acciones valoradas en 13,73 millones, además, cobró 127.000 euros por su asistencia al consejo, 2,45 millones de sueldo fijo y 1,72 millones de bonus. El gestor de Inditex también devengó 2,27 millones por un plan de incentivos a largo plazo sujeto a determinados objetivos.

No obstante, los sueldos milloneuristas no son solo coto privado de los primeros ejecutivos de las empresas. Hay una segunda línea de trabajadores de siete empresas del Ibex cuyos rostros son menos conocidos, pero que también superan la barrera del millón de sueldo anual. 

El incremento de la desigualdad de los sueldos no solo se da en España, aunque, en este caso, es más especial por el elevado desempleo. En EE UU, por ejemplo, el Economic Policy Insitute ha publicado recientemente un estudio sobre este tema. La principal conclusión es que entre 1978 y 2011 el sueldo de los consejeros delegados de las 350 principales empresas de EE UU creció un 725%, “sustancialmente más que la Bolsa y remarcablemente más que el salario medio de un trabajador normal”.

En la Universidad de California, The Global Price and Income History Group ha publicado un estudio sobre la desigualdad de la riqueza a lo largo de la historia. En el año 14 después de Cristo un senador romano ganaba 100 veces más que el romano medio. Han pasado 2.000 años y el ser humano ha sido incapaz de corregir ese desfase, más bien todo lo contrario.