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jueves, 27 de marzo de 2014

Sobre existencialismo, Shakespeare, Saul Bellow y Edward Hopper...

De una entrevista a Saul Bellow en la revista BOSTONIANA (1990).

─Leí muchos libros con la esperanza de descubrir alguna verdad sobre esas cuestiones persistentes. En el fondo siempre quedaba una sensación muy rara, y así seguiría siendo después. Ninguna explicación llegaba a hacer inteligible aquella extraña impresión. Los sistemas se desmoronan uno tras otro, y se los va tachando de la lista a medida que uno sigue su camino. Au revoir, existencialismo. Pero nunca desaparece la exigencia de justificar nuestra presencia en este mundo.

─En todos sus libros expresa usted esa misma cuestión en términos diferentes...

─Supongo que las aspiraciones del hombre moderno no pueden llegar a nada más alto. Esto es precisamente lo que descubrimos cuando empezamos a leer a Shakespeare. Desde las primeras obras hasta La Tempestad. En el Rey Lear se nos dice: "Madurar lo es todo".



Blackhead, Monhegan (1916-1919), por Edward Hopper. Óleo sobre tabla, 24x33 cm.


domingo, 9 de marzo de 2014

La vida no es muy seria en sus cosas... (un relato inédito escrito por Juan Rulfo en 1945)


Publicado en la revista América, número 40, 30 de junio de 1945, pp 35-36.

Aquella cuna donde Crispín dormía por entonces, era más que grande para su pequeño cuerpecito. Él sin conocer todavía la luz, puesto que aún no nacía, se dedicaba sólo a vivir en medio de aquella oscuridad y a hacer, sin saberlo, más y más lentos cada vez los pasos que daba su madre al caminar por los corredores; por el pasillo y, a veces, en alguna mañana limpia, yendo a visitar el corral, donde ella se confortaba haciendo renegar a las gallinas robándoles los pollitos, y escondiéndose dos o tres abajito del seno, quizá con la esperanza de que a su hijo se le hiciera la vida menos pesada oyendo algo de los ruidos del mundo.

Por otra parte, Crispín, a pesar de tener ya ocho meses ahí dentro, no había abierto ni por una sola vez los ojos. Hasta se adivinaba que, acurrucado siempre, no había intentado estirar un brazo o alguna de sus piernitas. No, por ese lado no daba señales de vida. Y de no haber sido porque su corazón tocaba con unos golpecitos suaves la pared que lo separaba de los ojos de su madre, ella se hubiera creído engañada por Dios, y no faltaría, ni así tantito, para que llegara a reclamarle aunque sólo fuera en secreto.

«El Señor me perdone -se decía-, pero yo tendría que hacerlo, si él no estuviera vivo.»



Braña La Pornacal, por Luis G. Tudela. Óleo sobre lienzo.


Con todo, él estaba bien vivo. Cierto es que se sentía un poco molesto de estar enrollado como un caracol, pero, sin embargo, se vivía a gusto ahí, durmiendo sin parar y sobre todo, lleno de confianza; con la confianza que da el mecerse dentro de esa grande y segura cuna que era su madre.

La madre consideró la existencia de Crispín como un consuelo para ella. Todavía no descansaba de sus lágrimas; todavía había largos ratos en los cuales apretábase al recuerdo del Crispín que se le había muerto. Todavía, y esto era lo peor para ella, no se atrevía a cantar una canción que sabía para dormir a los niños. Con todo, en ocasiones, ella le cantaba en voz baja, como para sí misma; pero en seguida, se veía rodeada por unas ganas locas de llorar, y lloraba, como sólo la ausencia de «aquél» podía merecerlo.

Luego se acariciaba su vientre y le pedía perdón a su hijo.

En otras, se olvidaba por completo de, que su hijo existía. Cualquier cosa venía a poner frente a ella la figura de Crispín el mayor. Entonces entrecerraba los ojos, soltaba el pensamiento y, de ese modo, se le iban las horas correteando tras de sus buenos recuerdos. Y era en aquellos momentos sin conciencia, cuando Crispín golpeaba con más fuerza en el vientre de ella y la despertaba. Luego a ella se le ocurría que los latidos del corazón de su hijo no eran latidos, sino más bien, era una llamada que él le hacía como regañándola por dejarlo solo e irse tan lejos. Y se ponía en seguida a conseguir un montón de reproches que se daba a sí misma, no parando de hacerlo hasta sentirse tranquila y sin miedo.

Porque eso sí, tenía un miedo muy grande de que, algo le sucediera a su hijo, mientras ella se la pasaba sueñe y sueñe con el otro. Y no le cabía en la cabeza sino desesperarse al no poder saber nada. Acaso sufra, se decía. Acaso sé esté ahogando ahí dentro, sin aire; o tal vez tenga miedo de la oscuridad. Todos los niños se asustan cuando están a oscuras. Todos. Y él también. ¿Por qué no se iba a asustar él? ¡Ah!, si estuviera acá afuera, yo sabría defenderlo; o al menos, vería si su carita se ponía pálida o si sus ojos se hacían tristes. Entonces yo sabría cómo hacer. Pero ahora no; no donde él está. Ahí no. Eso se decía.
           
Crispín no vivía enterado de eso. Sólo se movía un poquito, al sentir el vacío que los suspiros de su madre producían a un lado de él. Por otra parte, hasta parecían acomodarlo mejor, de modo de poder seguir durmiendo, arrullado a la vez por el sonido parejo y repetido que la sangre, ahí cerca, hacía al subir y bajar una hora tras otra.

Así iba el asunto. Ella, fuera de sus ratos malos, se sentía encariñada a los días que vendrían. Y era para azorarse verla hacer los gestos de alegría que todas las madres aprenden tantito antes, para estar prevenidas. Y el modo de cuidar sus manos, alisándolas, con el fin de no lastimar mucho aquella carne casi quebradiza que pasearía hecha un nudo sobre sus brazos.

Así iba el asunto.

Sin embargo, la vida no es muy seria en sus cosas. Es de suponerse que ella ya sabía esto, pues la había visto jugar con Crispín el mayor, escondiéndose de él, hasta dar por resultado que ninguno de los dos volvieron a encontrarse. Eso había sucedido. Pero, por otra parte, ella no se imaginaba a la muerte sino de un modo tranquilo: tal como un río que va creciendo paso a paso, y va empujando las aguas viejas y las cubre lentamente; mas sin precipitarse como lo haría un arroyo nuevo. Así se imaginaba ella a la muerte, porque más de una vez la vio acercarse. La vio también en Crispín, su esposo, y, aunque al principio no le fue posible reconocer la, al fin y al cabo, cuando notó que todo en él se maltrataba, no dudó que ella era.

Así pues, ella bien se daba cuenta de lo que la vida acostumbra a hacer cualquier cosa con uno, cuando uno está más descuidado.

Aquella mañana, ella quiso ir al camposanto. Como siempre solía preguntar a Crispín, el no nacido, si estaba de acuerdo, lo hizo: Crispín, le dijo, ¿te parece bien que vayamos? Te prometo que no lloraré. Sólo nos sentaremos un ratito a platicar con tu padre y después volveremos; nos servirá a los dos ¿quieres? Luego, tratando de adivinar en qué lugar podía tener sus manitas aquel hijo suyo: te llevaré de la mano todo el tiempo. Esto le dijo.

Abrió la puerta para salir; pero en seguida sintió un viento frío, agachado al suelo, como si anduviera barriendo las calles. Entonces regresó por un abrigo ¿pues qué pasaría si él sintiera frío? Lo buscó entre las ropas de la cama; lo buscó en el ropero; lo halló allá arriba, en un rinconcito. Pero el ropero estaba mucho más alto que ella y tuvo que subir al primer peldaño, después puso la rodilla en el segundo y alcanzó el abrigo con la puntita de los dedos. En ese momento, pensó que tal vez Crispín se habría despertado por aquel esfuerzo y bajó a toda prisa…

Bajó muy hondo. Algo la empujaba. Debajo de ella el suelo estaba lejos, sin alcance…


lunes, 16 de diciembre de 2013

De cien años de soledad, García Márquez y Balo Pulido...

            Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza. Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos de pelea.

            La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, 1967.



Cien años de soledad (2012), por Balo Pulido. Óleo sobre tela, 160x160 cm. Colección del autor.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Sobre los fugitivos, Alejo Carpentier, Perro y Cimarrón...

Vivían en una caverna, bien oculta por una cortina de helechos arborescentes. Las estalactitas lloraban isócronamente, llenando las sombras frías de un ruido de relojes. Un día Perro comenzó a escarbar al pie de una de las paredes. Pronto sus dientes sacaron un fémur y unas costillas tan antiguas que ya no tenían sabor, rompiéndose sobre la lengua con desabrimiento de polvo amasado. Luego llevó a Cimarrón, que se tallaba un cinto de piel de majá, un cráneo humano. A pesar de que quedasen en el hoyo restos de alfarería y unos rascadores de piedra que hubieran podido aprovecharse, Cimarrón, aterrorizado por la presencia de muertos en su casa, abandonó la caverna esa misma tarde, mascullando oraciones sin pensar en la lluvia. Ambos durmieron entre raíces y semillas envueltos en un mismo olor a perro mojado. Al amanecer buscaron una cueva de techo más bajo, donde el hombre tuvo que entrar a cuatro patas. Allí, al menos, no había huesos de aquellos que para nada servían, y sólo podían traer ñeques y apariciones de cosas malas...

Los fugitivos, Alejo Capentier, 1970.



A dog swap (1881), por Richard Norris. Óleo sobre lienzo, 120x167 cm.
En el Smithsonian American Art Museum, Washington D.C., Estados Unidos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

De amor portátil, Kalman Barsy y el Malecón habanero de Arocha Hunjan...

            Un sol desfalleciente caía sobre las soledades infinitas de la pampa de altura. Allí a lo lejos se veía el camino recorrido, serpenteando hasta perderse enlo profundo de un valle de casitas minúsculas, cortado en dos a esa hora del atardecer por la sombra colosal de las montañas. En el camión, que parecía un barco navegando en aquella inmensidad, reinaba un ambiente de fiesta. Una botella de pisco circulaba de mano en mano y Tulio estaba repartiendo los volantes de promoción impresos den Pixotejoana. El texto no tenía importancia porque de todos modos los cholos no sabían leer, pero contaban con la desvaíada foto de la Marylin ─sobreinflada y con el mohín de los labios convertido en borrón de imprenta─ para inflamar el deseo de los pasajeros. Las mujeres, con sus guaguas a la espalda y sus críos mocurrientos agarrados de sus polleras, se habían replegado hacia una esquina de la caja del camión y desde allí lanzaban ladinas miradas contra los dos extranjeros.

Amor portátil, Kalman Barsy, 1989.



Malecón habanero, por Alain Arocha Hunjan. 76x61 cm. Colección particular.

martes, 26 de noviembre de 2013

Sobre Jorge Luis Borges y el inmortal en El Aleph...

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres en común y se nutren de leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano; en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones barbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Huí del campamento con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Deje el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

El inmortal, Jorge Luis Borges, 1947.



Retrato de Jorge Luis Borges, por Beti Alonso.

martes, 12 de noviembre de 2013

De habilidades, triunfadores, Julia y Ramón Casas...

«Últimamente estás cambiando mucho», me dice una amiga. «¿Para mejor o para peor?», le pregunto. «Yo creo que para mejor», responde. Y yo sonrío. Parece que mi plan comienza a funcionar. He tardado un poco, pero ya estoy aprendiendo a dominar el funcionamiento de las redes sociales virtuales y no virtuales.

Para triunfar en esta vida, en palabras de García Martín, además de suerte y algún talento, hacen falta tres virtudes de las que yo siempre he andado escaso. La primera, la hipocresía. Yo siempre he sido un maleducado. O decía lo que pensaba, por desagradable que fuera, o lo callaba por timidez, pero lo daba claramente a entender. Ahora le he cogido el gusto a ser hipócrita. Es hasta divertido. Como representar una obra de teatro. La segunda, la falsa modestia. Sólo los que carecen por completo de ambición pueden permitirse el lujo de no ser modestos. Sin modestia no se consigue nada. Sin modestia fingida, por supuesto. La verdadera le vuelve a uno invisible. La tercera virtud, la más eficaz, es la adulación. Con la adulación se llega a todas partes, la adulación abre todas las puertas. Elogia, elogia sin tasa ─me digo─, que no hay elogio tan hiperbólico que no parezca verosímil para el adulado.

Si hubiera sabido esto a los veinte años, ahora sería un triunfador. Bueno, lo que habitualmente se entiende por ser un triunfador. Porque serlo, serlo, de alguna manera lo soy. ¿Qué mayor triunfo que haber hecho siempre lo que a uno le ha dado la gana?


Julia (h. 1909), por Ramón Casas. Óleo sobre lienzo. Colección privada.

martes, 29 de octubre de 2013

Sobre Darío de Regoyos, en el centenario de su muerte...


Darío de Regoyos playin the guitar (1882), por Theo van Rysselberghe. Óleo sobre tabla, 30x42,5 cm.
En el Musée Royaux des Beaux-Arts de Bruselas, Bélgica.

domingo, 27 de octubre de 2013

Sobre Sharaya, Alvaro Mutis y Cristobal Rojas...

Sharaya, el Santón de Jandripur, permanecía desde tiempos muy lejanos sentado a la orilla de la carretera, a la salida de la aldea. Allí recibía las escasas limosnas y las cada vez más raras oraciones de los aldeanos. Su cuerpo se había cubierto de una costra gris y su pelo colgaba en grasientas greñas por las que caminaban los insectos. Sus huesos, forrados por la piel, formaban ángulos oscuros e imposibles que daban a la inmóvil figura un aire pétreo y estatuario que en mucho contribuyera al olvido en que lo tenían las gentes del lugar. Sólo los viejos recordaban aún, entre la niebla de sus mocedades, la llegada del esbelto Santón, entonces con cierto aire mundano y dueño de una locuacidad en materias religiosas que fue perdiendo a medida que ganaba mayores y más vastos dominios en su tarea de meditación al pie del camino.

A pesar del poco o ningún caso que le hacían ahora los habitantes de la aldea, y tal vez gracias a ello, Sharaya era un atento observador de la vida circundante y conocía como pocos las intrincadas y mezquinas historias que se tejían y borraban en el pueblo al paso de los años.

Sus ojos adquirieron una dulce fijeza de bestia doméstica que las gentes confundían con la mansedumbre de la imbecilidad y que los prudentes reconocían como reveladora de la luminosa y total percepción de los más hondos secretos del ser.

Tal era Sharaya, el Santón de Jandripur en el Distrito de Lahore.


Sharaya, El último rostro, Alvaro Mutis, 1990.



Mimosa o Silla con flores (1890), por Cristobal Rojas. Óleo sobre tela, 33,7x24,6 cm.
Galería de Arte Nacional en Caracas, Venezuela.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sobre Manuel Alcorlo, Juan de Mairena y Antonio Machado...

La política, señores ─sigue hablando Mairena─, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y, naturalmente, contra vosotros. Sólo me atrevo a aconsejaros que la hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa; por ejemplo: de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos.

Y a quien os eche en cara vuestros pocos años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa de viejos. Hay movimientos políticos que tienen su punto de arranque en una justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer demasiado revolucionaria, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora. Hasta las madres -¿hay algo más conservador que una madre?- pudieran aconsejarla con estas o parecidas palabras: “Toma el volante, niño, porque estoy viendo que tu papá nos va a estrellar a todos -de una vez- en la cuneta del camino”.

Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, Antonio Machado, 1936.



Machado (2013), por Manuel Alcorlo. Óleo sobre tabla, 81x100 cm. Galería Van Dyck (Gijón).

jueves, 10 de octubre de 2013

Sobre la vida de las mujeres, Alice Munro, Oriente y Justo San Felices...

            Cuando vivíamos en aquella casa del final de Flats Road, y antes de que mi madre aprendiera a conducir, solíamos ir juntas a la ciudad andando; la ciudad era Jubilee, a un kilómetro y medio de distancia. Mientras ella cerraba la puerta con llave, yo tenía que correr hacia la verja y mirar a ambos lados de la carretera, parar asegurarme de que no venía nadie. ¿Quién podía estar en esa carretera, aparte del lechero y de tío Benny? En cuanto hacía un gesto de negación, ella escondía la llave debajo del segundo poste del porche, donde se había podrido la madera dejando un pequeño hueco. Creía en los robos.

            Dando la espalda al pantano de Grenoch, al río Wawanash y a unas colinas lejanas, peladas y boscosas a la vez, que, a pesar de haber estudiado los accidentes geográficos, cría que eran el fin del fundo, enfilábamos Flats Road, que por ese extremo era poco más de dos surcos separados por una vigorosa franja de llantén y pamplina.

(“La vida de las mujeres”, Alice Munro, 1971)



Oriente, por Justo San Felices. 50x55 cm, acuarela sobre papel. En Galería Van Dyck (Gijón).

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sobre Evaristo Valle, republicanos, fartones y el péritu...

            Acababa de celebrarse en Gijón, con éxito rotundo, una exposición de varios cuadritos serios, y, como el eco de mi triunfo había llegado hasta el mencionado pueblo, su intelectuales ─porque en todas partes hay personas que creen serlo e incluso que algunas veces lo son─, tan pronto pisé tan amable y bello lugar, me saludaron con loa y me obsequiaron con una espléndida fabada. Ya en los postres de la misma, y después de los inevitables y poéticos brindis, hablaron unos y otros, y discutieron acaloradamente sobre pintura, y yo escuché con muchísima atención sus contradictorios juicios, porque siempre me ha parecido que de cualquiera se puede aprender.

            Asistieron el alcalde y el secretario, el párroco, el boticario, el médico y el jefe del partido político contrario al alcalde. Este último, en un aparte, me comentó: “Aquí me tiene usted entre estos fartones, porque la república también sabe cerrar sus ojos para reverenciar el arte”; afirmación que me dejó pasmado.

("Recuerdos de la vida del pintor", Evaristo Valle, 2000)



El péritu (h. 1945), por Evaristo Valle. Óleo sobre lienzo, 99x90 cm.
Colección Pedro Masaveu, en el Museo de Bellas Artes de Asturias.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Sobre El Llano en llamas, diles que no me maten...

            Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba: Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

(Diles que no me maten, “El Llano en llamas”, Juan Rulfo, 1953)



El Llano en llamas (Juan Rulfo), por Balo Pulido, 80x120 cm, acrílico sobre MDF.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Sobre el héroe discreto, Vargas Llosa, Pelayo Ortega y el sembrador...

            Mientras Adelaida iba al interior de la tienda y volvía, Felícito examinó en la penumbra del local las plateadas telarañas que caían del techo, las añosas estanterías con bolsitas de perejil, romero, culantro, menta, y las cajas con clavos, tornillos, granos, ojales, botones, entre estampas e imágenes de vírgenes, cristos, santos y santas, beatos y beatas, recortados de revistas y periódicos, algunas con velitas prendidas y otras con adornos que incluían rosarios, detentes y flores de cera y de papel. Era por esas imágenes que en Piura la llamaban santera, pero, en el cuarto de siglo que la conocía, a Felícito Adelaida nunca le pareció muy religiosa. No la había visto jamás en misa, por ejemplo. Además, se decía que los párrocos de los barrios la consideraban una bruja. Eso le gritaban a veces los churres en la calle: «¡Bruja! ¡Bruja!». No era cierto, no hacía brujerías, como tantas cholas vivazas de Catacaos y de La Legua que vendían bebedizos para enamorarse, desenamorarse o provocar la mala suerte, o esos chamanes de Huancabamba que pasaban el cuy por el cuerpo o zambullían en Las Huaringas a los enfermos que les pagaban para que los libraran de sus males. Adelaida ni siquiera era una adivinadora profesional. Ejercía ese oficio muy de vez en cuando, sólo con los amigos y conocidos, sin cobrarles un centavo. Aunque, si éstos insistían, acabara por guardarse el regalito que se les antojaba darle. La mujer y los hijos de Felícito (y también Mabel) se burlaban de él por la fe ciega que tenía en las inspiraciones y consejos de Adelaida. No sólo le creía; le había tomado cariño. Le daban pena su soledad y su pobreza. No se le conocía marido ni parientes; siempre andaba sola, pero ella.


(“El héroe discreto”, Mario Vargas Llosa, 2013)



El sembrador (2012-2013), por Pelayo Ortega. Óleo sobre lienzo. Galería Marlborough, Madrid.

viernes, 14 de junio de 2013

Sobre consiliencia, Edward O. Wilson y la unidad del conocimiento...


          "Sin los instrumentos y el saber acumulado de las ciencias naturales, los seres humanos están atrapados en una prisión cognitiva. Son como peces inteligentes que nacen en un estanque profundo y oscuro. Curiosos e inquietos, deseando salir, piensan en el mundo exterior. Inventan ingeniosas especulaciones y mitos sobre el origen de las aguas que los confinan, del sol y las estrellas que hay arriba, y del significado de su propia existencia. Pero se equivocan, siempre se equivocan, porque el mundo es demasiado ajeno a la experiencia ordinaria para ser siquiera imaginado."

("Consiliencia", Edward O. Wilson, 1998)


 Fish painting, por Nancy Easun, óleo sobre lienzo, 122 x 137 cm. Colección particular.


domingo, 3 de marzo de 2013

Sobre "En el baile", o la reaparición de una obra perdida de Evaristo Valle...

            Según Carantoña, veintiún obras de Evaristo Valle fueron las mostradas en una exposición inaugurada el lunes 9 de diciembre de 1918 en el salón del Bazar Piquero de Gijón, algunas de ellas vendidas con notable aceptación del público. Una de las no vendidas, referida como “En el baile”, fue expuesta un mes después en el Nuevo Bazar Masaveu de Oviedo, en otra exposición individual con notable éxito de la crítica, donde fue adquirida por un comprador anónimo elogiado por las crónicas de entonces por su gusto, ya que el cuadro, de exquisita factura y en el que el cronista "percibía como un recuerdo de Degas",  constituía "una perfecta síntesis del carnaval, con todo su revoltijo de candor, payasería y tragedia" reflejando la cara aristócrata y burguesa del carnaval. Lafuente Ferrari, casi cincuenta años después, deseaba saber "dónde para aquel lienzo" en el que, como señalaba Torner, paisaje y figura no llevaban en la pintura de Valle vida independiente, sino que se fundían en una unidad íntima.

            La obra, únicamente conocida por las descripciones de la época y cuyo rastro se había perdido desde entonces, fue presentada esta mañana en el palacete decimonónico de la Fundación Museo Evaristo Valle con los acertados comentarios de Gretel Piquer, estudiosa de Valle en profundidad. Hace ya casi un siglo, y con motivo de la exposición navideña en el Bazar Piquero, la pintura fue también comentada por Fernando Vela el 12 de diciembre de 1918 en el periódico “El Noroeste”:

En otro cuadro, el fatuo, vestido de rojo. En este último es de notar la figura áurea vuelta de espaldas, que parece hecha de pluma. Otra mascarada es solemnemente decorativa: un pierrot que llena de confeti a dos muchachas que se esquivan. Es una “sinfonía en blanco mayor”.


En el baile (1917), óleo sobre lienzo, 50x64 cm, Fundación Museo Evaristo Valle (Gijón).

martes, 19 de febrero de 2013

Sobre Simón Bolívar, García Márquez y Charles Michel...

 
En la ciudad de México lo sorprendió la pureza del aire y lo deslumbraron los mercados públicos, su profusión y su limpieza, en los cuales vendían para comer gusanos colorados de maguey, armadillos, lombrices de río, huevos de mosca, saltamontes, larvas de hormigas negras, gatos de monte, cucarachas de agua con miel, avispas de maíz, iguanas cultivadas, víboras de cascabel, pájaros de toda clase, perros enanos y una especie de frijoles que saltaban sin cesa con propia vida. [...] Lo sorprendieron las aguas diáfanas de los numerosos canales que atravesaban la ciudad, las barcas pintadas de colores dominicales, el esplendor y la abundancia de las flores.

Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, 1989.


Mexican market, por el pintor belga Charles Michel, óleo sobre lienzo. (Colección particular).


martes, 15 de enero de 2013

De lo políticamente correcto, un paisaje con casa y Nicanor Piñole...

A quien estas líneas suscribe, ya curtido apóstata de lo políticamente correcto, le indigna enormemente la confusión reinante en un terreno en el que se entremezclan a partes iguales hipocresía y vasallaje. El lenguaje políticamente correcto viene convirtiéndose en una forma de prescripción lingüística contrario al uso espontáneo de la lengua y que impone modos de expresión casi siempre forzados en aras de un pretendido respeto y de una actitud tolerante. La imposición artificial del uso de sintagmas como las niñas y los niños o el uso de la arroba, como en niñ@s, para incluir a niñas y niños es totalmente innecesario y refleje un profundo desconocimiento del idioma, ya que el español siempre ha utilizado la forma correspondiente al masculino como género no marcado, es decir, como una categoría neutra en relación al sexo y, por ello, capaz de aglutinar lingüísticamente a hombres y mujeres. El uso del léxico también está sometido a la vigilancia de los defensores de la corrección política y la sanción por no adecuarse a las pautas marcadas no es de tipo lingüístico sino de tipo social, traduciéndose en ser tachado de intolerante, sexista o discriminatorio.

          Aunque el lenguaje políticamente correcto suele considerarse como fenómeno reciente, fruto del relativismo propio de la posmodernidad, en realidad no es nada nuevo. Ya en el Siglo de Oro, el espadachín y literato Francisco de Quevedo decía que "por hipocresía llaman al negro, moreno; trato, a la usura; a la putería, casa; al barbero, sastre de barbas; y al mozo de mulas, gentilhombre del camino".



Paisaje con casa, atribuido a Nicanor Piñole aunque probablemente falso, óleo sobre cartón, 22x32 cm.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Sobre Evaristo Valle y los vapores de champagne...

            Yo tenía mi estudio en la rue Belloni, estrecha y corta, que se extendía algo más arriba de la terminación del boulevard Pasteur, calle nueva que ni los cocheros conocían. Había tapias y empalizadas y sólo una edificación, para estudios de pintores, dentro de un patio enorme al que se accedía por un portón con su portería. El mío estaba en la parte baja y muy cerca del portón…

            De los pintores que trabajaban allí sólo traté al italiano Modigliani; pequeño, taciturno, misántropo, pero no conmigo… Me impresioné y disgusté de verdad cuando, ya viviendo en Gijón, supe que había muerto en la miseria, en un hospital. ¡Y ver con espanto, como ya sabéis, que hoy sus cuadros se venden y se compran en dinerales! Otro ejemplo que desgarra el alma…

            Mi estudio era modesto; pero tenía un gran ventanal y un diván amplio y cómodo. También había en él una escalerilla que conducía al altillo donde yo dormía. Cuando a la noche subía aquella angosta escalera de madera, siempre me decía: “¿Subiré a la gloria o subiré al patíbulo?”. Y algo de gloria y patíbulo había en mis sueños y especialmente en mis desvelos, en los que me daba por soñar despierto…


Evaristo Valle, Recuerdos de la vida del pintor,
escritos autobiográficos del pintor publicados por vez primera en 2000.



La orgía (1903), por Evaristo Valle. Óleo sobre lienzo, 203 x 116 cm.
Según Lafuente Ferrari en "La vida y el arte de Evaristo Valle" (1963, p273) otros títulos son "Ensueño" o "Vapores de Champagne".
Según Luca de Tena, en el catalogo de la exposición "Centro y periferia en la modernización de la pintura española 1880 - 1918", celebrada en Madrid en 1993 y en Bilbao en 1994 (1993, p372), se titula "La sobremesa del champagne"
e indica que en la exposición de la Sala Iturrioz celebrada en 1909 se tituló "Panneau".


jueves, 22 de noviembre de 2012

Sobre disputaciones tusculanas y honra post-mortem...


También los artistas desean que los honren después de la muerte.
¿Por que si no puso Fidias una efigie que se le parece en el escudo de Minerva,
pues no le estaba permitido inscribir su nombre?

Marco Tulio Cicerón, Disputaciones tusculanas (44 a.C.)



Autoretrato de Robert Lenkiewicz (1941-2002), óleo sobre lienzo, 67 x 72 cm.