Mostrando entradas con la etiqueta Historia Natural. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia Natural. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de abril de 2013

Sobre el asesino Charles Darwin y el confesor Joseph Dalton Hooker...


            Mientras camino por los Royal Botanic Gardens de Kew, en la capital inglesa, me viene a la memoria una carta que Charles Darwin dirigió a su gran amigo el botánico Joseph Dalton Hooker, en la que el padre de la teoría de la evolución, base de la biología como ciencia, decía sentir que transcribir esta al papel era “como confesar un asesinato”. Ambos mantuvieron una prolongada correspondencia en la que Darwin mostraba su preocupación por la confrontación que su entonces irreverente teoría presentaba con el dogma religioso. No tardó demasiado en comprobar que no sólo fue rechazada por la Iglesia, sino también por la clase política e incluso la propia ciencia decimonónica.



Sir Josehp Dalton Hooker (1909), por George Eastman Cook, óleo sobre lienzo,
39,5x33 cm, en los Royal Botanic Gardens, Kew (Inglaterra).

domingo, 19 de febrero de 2012

Sobre la proyección parietal, valona, gola o gorguera de los dinosaurios ceratópsidos...

Los ceratópsidos se caracterizaron por disponer de grandes cráneos dotados de cuernos (sobre los ojos o sobre la nariz, pero rara vez en ambos lugares) y unas considerables proyecciones parietales a modo de repisas o áreas expandidas en los márgenes del cráneo, desde la región de las "mejillas" hacia arriba, hasta detrás de la parte superior de la cabeza. Este rasgo está presente en todos los especímenes en diferentes grados: como protuberancias ocasionales o puntas aquí y allá, como proyecciones más grandes o como una repisa más completa o gorguera extendida sobre todo el cuello y los hombros. Estos bordes craneales o extensiones marginales también se encontraban presentes en otro grupo de dinosaurios fitófagos, los paquicefalosaurios o “cabeza de hueso”. Este hecho ha llevado a los paleontólogos a agrupar a estos últimos con los ceratópsidos, como parientes próximos dentro de un grupo mayor de dinosaurios denominado marginocéfalos o “cabezas con margen”.


Cabeza de Triceratops a escala real, en el Cleveland Museum of Natural History.



Ya desde inicios del siglo XX, cuando la  gorguera nucal era conocida entre los antropólogos como hueso dermosupraoccipital, la función de esta proyección parietal en los ceratópsidos ha sido ampliamente debatida. En la mayor parte de los géneros, excepto en Triceratops, no se trataba de un hueso sólido y podría haber tenido poca utilidad como escudo protector en posibles luchas entre ejemplares o como defensa ante depredadores. Por ejemplo, en Arrhinoceratops la gola, de no más de 20 mm de espesor, estaba ribeteada de protuberancias óseas y presentaba (como Diceratops o Centrosaurus) dos aberturas revestidas de piel que aligeraban bastante su peso. Otros ceratópsidos presentaban gorgueras extremadamente gruesas, caso de Avaceratops, o de grandes dimensiones, como la de Pentaceratops, que superaba los tres metros de diámetro, o Chasmosaurus con su imponente placa cuadrada más larga que su propia cabeza. Del lado contrario se pueden citar a Prenoceratops, con vestigios de una valona rudimentaria, y Leptoceratops, con una placa apenas apreciable.

          Una propuesta teórica, en la actualidad rechazada por la mayoría de los dinosauriólogos, es que la gola proporcionaba una extensa superficie para fijar los poderosos músculos de la cabeza y la mandíbula que intervienen en la masticación, con lo que se reforzaría el movimiento mandibular del animal. La ausencia de marcas de inserción muscular en las proyecciones parietales de la mayor parte de los diferentes géneros de neoceratópsidos parece indicar que no existían músculos en esa zona.

Otra de las propuestas sugiere que la proyección parietal pudiese tener una función protectora para el cuello, especialmente en aquellos animales en los que las aberturas parietales estuviesen reducidas o incluso ausentes. Pero la mayoría de géneros tiene unas fenestras parietales bien desarrolladas, que suponen un elevado porcentaje del área total de la proyección parietal. Esta característica haría descartar dicha estructura como medio defensivo, principalmente frente a los tiranosaurios.

Cuernos y gorgueras también pudieron tener una función termorreguladora, lo cual resulta mucho más factible en el caso de la gorguera por ostentar esta una acusada estructura vascular, especialmente en la cara superior. En ella, la sangre circulante se calentaría bajo el sol o se refrescaría con el viento, cuando el animal se colocase en la posición debida.



Réplica de Triceratops a escala real (6.40 m de longitud), en el Cleveland Museum of Natural History.



Otras teorías sostienen que podría haber sido utilizada como recurso de comunicación visual entre individuos. El hallazgo de enormes cantidades de individuos de la misma especie en las llamadas bone beds (capas de huesos donde aparecen millares de estos) apuntala la idea de que eran animales gregarios que vivían en grandes manadas de desplazamientos estacionales, como sucede actualmente con los grandes herbívoros de la sabana africana. Además, la presencia de ornamentaciones accesorias (en forma de espinas de distintos tamaños y formas) contribuiría a incrementar su valor como estructura de señalización. Es probable que la superficie dorsal de la gorguera estuviese adornada con diferentes patrones de llamativos colores, únicos para cada especie e incluso diferentes entre machos y hembras, o entre los mismos individuos (como sucede con las cebras, por ejemplo), y que estos patrones sirviesen como medio de reconocimiento entre los individuos. Además, cuando el animal agachaba la cabeza la gorguera se situaba prácticamente en vertical y esta posición podría ser utilizada como amenaza ante depredadores o ante rivales de la misma especie, en época de celo, además de conducta de conquista, en un comportamiento similar al que ejecutan los pavos reales al desplegar la cola. Lamentablemente, no existen evidencias sobre la presencia de patrones de colores en la proyecciones parietales de los ceratópsidos, puesto que los colores rara vez se mantiene en los fósiles.


viernes, 6 de enero de 2012

Sobre Alfred Wegener en el centenario de la teoría de la deriva continental…


          Tal día como hoy de hace un siglo, 6 de enero de 1912, Alfred Wegener presentó sus ideas al público por primera vez en una conferencia ante la Geologische Vereinigung en Frankfurt-am-Main. La teoría de la deriva continental propuesta por Wegener representó un muy importante episodio en la historia de la ciencia ya que revolucionó el concepto de la dinámica terrestre. Desde su surgimiento, la idea de que los continentes podían desplazarse cambiando completamente la configuración de tierras y mares fue, además de impactante, polémica.

          Wegener, soldado del ejército alemán, profesor de meteorología y viajero incansable, fue el primero en elaborar una explicación coherente sobre el desplazamiento de los continentes apoyada en una teoría geológica completamente audaz y novedosa a partir de evidencias paleontológicas, geológicas y geofísicas, lo que inicialmente suscitó una fuerte polémica en la comunidad científica. El desarrollo posterior de los estudios paleomagnéticos condujo a la moderna teoría de la tectónica de placas y, si bien la teoría de Wegener fue incapaz de desarrollar una explicación convincente sobre el mecanismo de los movimientos horizontales de la superficie terrestre, la teoría propuesta surgió, por el contrario, como resultado de estudios del fondo oceánico y paleomagnéticos que se convirtieron en la evidencia empírica que da sustento al movimiento de las placas tectónicas.




Wegener durante la expedición de 1930 a Groenlandia (Fuente: Alfred Wegener Institute).




Alfred Wegener, a diferencia de lo que se conoce actualmente, pensaba en términos de movimientos continentales y no de placas tectónicas, pero su gran idea sobre el desplazamiento fue y sigue siendo impactante, no solo por los resultados catastróficos que produce para la especie humana, sino porque implicó la audacia de imaginar una fuerza colosal capaz de mover continentes enteros hasta el punto de recomponer completamente la disposición de tierras y mares en el curso de las eras geológicas. Si bien Wegener no pudo encontrar un mecanismo para explicar la deriva de los continentes, tuvo el mérito de reunir toda la evidencia posible en su época para establecer de forma sólida el movimiento horizontal de los continentes.

Desde sus inicios como estudiante, Wegener había tenido la ilusión de explorar Groenlandia y también se había sentido enormemente atraído por una ciencia relativamente moderna: la Meteorología. Como preparación para sus expediciones a la Antártida, Wegener se introdujo en programas de largas caminatas y llegó a dominar el uso de cometas y globos para observaciones climatológicas. Incursionó en la aeronáutica con tal éxito, que en 1906, junto con su hermano Kurt (1878-1964), estableció un récord mundial de 52 horas de vuelo ininterrumpido.

La preparación de Wegener tuvo su recompensa cuando fue elegido como meteorólogo de una expedición danesa que partió hacia el noreste de Groenlandia. La expedición, que llevaba como líder a Mylius-Erichsen, duró de 1906 a 1908. Durante los dos primeros años que pasó en Groenlandia, Wegener emprendió una variedad de trabajos científicos sobre Meteorología, Geología y Glaciología. Fue una expedición salpicada de fatalidades, que sin embargo no le impidieron adquirir reputación como miembro expedicionario competente y destacado viajero polar. Regresó a Alemania con volúmenes de observaciones climatológicas.




Wegener y el esquimal Rasmus Villumsen en una de sus últimas fotografías (Fuente: Alfred Wegener Institute).




En 1912 Wegener realizó una nueva expedición a Groenlandia con el explorador danés J.P. Koch, notoria por ser la travesía más larga hecha a pie sobre el casquete glaciar. En esta expedición el propósito fue realizar estudios en glaciología y climatología.

En 1927 Wegener decide hacer una nueva expedición a Groenlandia con un fuerte apoyo de la Asociación Alemana de Investigación. Su experiencia y reputación lo convertían en la persona idónea para dirigirla. El objetivo principal era construir una estación climática para obtener mediciones climatológicas sistemáticas de las tormentas y sus efectos sobre los vuelos trasatlánticos. Se bosquejaron además otros objetivos dentro de un amplio programa de meteorología y glaciología, con la intención de obtener pruebas geofísicas del desplazamiento continental. La expedición, una de las más importantes hasta entonces, se inició en 1929. De esa expedición se obtendría finalmente un dato relevante para su tiempo: el espesor del hielo interior sobrepasaba los 1800 m.




Las placas continentales, por orden, durante el Triásico Superior, durante el Cretácico
 Inferior, durante transición Mesozoico-Cenozoico, y en la actualidad.



En 1930 llevó a cabo la que sería su cuarta y última expedición. Hubo grandes dificultades desde el comienzo. Los abastecimientos de las instalaciones tierra adentro no llegaron a tiempo y la inminencia del invierno motivó a que Wegener se esforzara por prever una base en la que pudieran albergarse. Partió desde la costa oriental de Groenlandia con una numerosa caravana y acompañado de nevadas y fuertes vientos, lo que provocó la casi inmediata deserción de los groenlandeses que había contratado. Los que quedaron, incluido Wegener, sufrieron durante todo septiembre. En octubre llegaron sin provisiones a la estación y con uno de los miembros del grupo casi congelado, quien ya no pudo continuar el viaje. La situación era extremadamente desesperada. Apenas había suficiente comida y combustible para dos personas, de las cinco que habían arribado. Era necesario que algunos regresaran a por provisiones. Se decidió que Wegener y su compañero esquimal Rasmus Villumsen volvieran a la costa. Wegener celebró su cincuenta aniversario el 1 de noviembre de 1930 y salió a la siguiente mañana. La última fotografía muestra a un Wegener determinado, con su bigote empastelado con escarcha de hielo y con un Villumsen de gesto no muy complacido a su lado. Se sabe que el viento era fortísimo y había una temperatura de -50º C. Nunca más se les volvió a ver vivos. El cuerpo de Wegener fue encontrado bajo la nieve el 8 de mayo del siguiente año envuelto en su bolsa de dormir y con una piel de reno. Sus manos no mostraban congelamiento, lo que indica que no murió durante el camino a causa del frío, sino probablemente dentro de su tienda de campaña a causa de un paro cardiaco producido por un esfuerzo físico extremo. El cuerpo de Villumsen nunca se recuperó, como tampoco el diario de Wegener que posiblemente contenía sus últimos pensamientos. La esposa de Wegener, Else, recibió el ofrecimiento del gobierno alemán para enviar un acorazado por el cuerpo y honrarlo con un funeral público, sin embargo, ella declinó insistiendo en que su cuerpo se dejara intacto dentro de la capa de hielo. Allí continúa todavía, descendiendo lentamente dentro de un enorme glaciar, que algún día se desprenderá y quedará flotando como iceberg.

La teoría de la deriva continental de Alfred Wegener representa una de las teorías más importantes del siglo XX. La importancia actual de la tectónica de placas es indiscutible y ha sido pieza fundamental para poder explicar la formación de las grandes cordilleras y la actividad sísmica, y ha provisto una herramienta central a la biogeografía histórica para reconstruir la distribución pasada y entender la distribución actual de los organismos. 

La fama de Wegener descansa hoy tanto en su intenso trabajo como explorador y meteorólogo así como por haber desarrollado una teoría coherente sobre la deriva continental. De hecho, la estatura de Wegener como científico continúa creciendo y es mucho más conocido hoy que en ningún momento de su vida. Es posible decir que, a diferencia de muchos de sus contemporáneos para quienes la audaz idea del movimiento de los continentes les resultaba simplemente inimaginable, a Wegener, el caminante incansable, no le produjo el menor vértigo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Sobre una nueva teoría para la extinción masiva del límite K/T...

            Hablábamos no hace mucho sobre las múltiples y variopintas teorías propuestas para explicar la extinción masiva (la de los dinosaurios, entre otros) de hace aproximadamente sesenta y cinco millones de años. La entrada referida, lo más visto en este blog hasta la fecha, podría ser actualizada casi de forma mensual en razón a las sucesivas nuevas publicaciones de estudios e investigaciones al respecto. Reseñamos en esta ocasión el último de estos estudios, End-Cretaceous marine mass extinction not caused by productivity collapse, principalmente por su coautoría a cargo de la paleontóloga oscense, y profesora en la Universidad de Zaragoza, Laia Alegret.



Un mosasauro acosa a dos ictiosaurios, coincidentes únicamente durante el Cretácico Superior.
Ilustración de 1912 a cargo de Heinrich Harder (1858-1935), publicada en Die Wunder der Urwelt.



El paper de Alegret, junto con Kyger C. Lohmann, de la Universidad de Michigan, y Ellen Thomas, de la Universidad de Yale, fue presentado el pasado 9 de octubre en el Geological Society of America (GSA) Annual Meeting en Minneapolis y ahora se publica en la última edición de Proceedings of the National Academy of Sciences. La investigación sostiene que la fotosíntesis y la cadena alimenticia en los océanos se recuperaron mucho antes de lo que se creía tras el impacto del meteorito que cayó cerca de la península de Yucatán. También descarta el oscurecimiento del planeta como principal causa de la cadena de extinción, ya que no todos los microorganismos que realizaban la fotosíntesis desaparecieron por completo, sólo aquellos poseedores de conchas carbonatadas. 

Tras el impacto, una rápida acidificación de las aguas superficiales explicaría por qué el 70% de las especies fueron extinguidas mientras aquellas que habitaban los fondos oceánicos lograron sobrevivir. Este descenso súbito del pH de las aguas, se habría prolongado muy poco tiempo en términos geológicos (de meses a años) y habría tenido lugar únicamente en las aguas superficiales oceánicas. Además explicaría la extinción masiva de la mayoría de organismos de conchas carbonatadas que flotan en las aguas superficiales, por la disolución de estas conchas debido a la disminución del pH, así como de los mosasaurios (reptiles marinos emparentados con los actuales varanos) y ammonites. Puesto que la acidez de las aguas no llegaría a los fondos oceánicos, este modelo también daría solución a la supervivencia de los organismos que habitaban allí.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Sobre Triceratops, Tyler Lyson y, de forma general, la extinción de los dinosaurios...

Extraño es el mes, o incluso la semana, en los que no se publique en prensa generalista alguna reseña sobre la ya sobrescrita extinción de los dinosaurios, no sin olvidarnos de los diferentes reportajes y dossieres publicados en revistas especializadas (léase National Geographic, Quo, Muy Interesante...). De otro lado, los más importantes repositorios científicos engrosan sus archivos con nuevos artículos, algunos de los cuales son merecedores de relevantes factores de impacto en Nature o Scientific American, por citar sólo un par de ellas y quizá las más conocidas.

El pasado agosto, el mes que equivocadamente se cree que más gente lee, me encontré con dos artículos en relación al asunto de esta entrada. El primero de ellos aparece en el diario Público firmado Jorge Morales, profesor de investigación del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en el que se pregunta, y responde adecuadamente, el porqué de si un gran meteorito provocó la extinción de los dinosaurios otras especies consiguieron sobrevivir. El segundo artículo, en la publicación Investigación y Ciencia, versión española de la americana Scientific American, anota que Tyler Lyson, de la Universidad de Yale, y su equipo de paleontólogos han descubierto en las formaciones de Hell Creek, Montana, el fósil de dinosaurio más reciente registrado hasta ahora.



Reconstrucción digital de la cabeza de Triceratops, creado en Dotnamestudios para la aplicación de iPad Dinosaur Zoo.


          Independientemente de lo que puedan aportar las investigaciones recientes, la paleontología del siglo XX permitió confirmar que uno de los acontecimientos más notables al final del periodo Cretácico, hace unos 65 millones de años, fue la extinción de un gran número de organismos entre los cuales se encontraban los dinosaurios. Esta misteriosa extinción ha despertado la imaginación de científicos, escritores y advenedizos, quienes a lo largo del tiempo han propuesto diversas teorías, algunas serias y juiciosas, otras del todo disparatadas, y algunas más que no pasan de ser chistosas. A modo de curiosidad, en 1963 el profesor norteamericano Glenn Lowell Jepsen, de la Universidad de Princeton, recopiló cuarenta y seis teorías, y se han publicado muchas más desde entonces. Entre las que han despertado mayor interés se pueden citar, por ejemplo, las siguientes:
  1. Cambios climáticos globales, calentamientos o enfriamientos tan severos que los dinosaurios no fueron capaces de soportar.
  2. Cambios significativos en la vegetación del planeta, alterando las cadenas alimenticias establecidas por millones de años.
  3. Enfermedades causadas por parásitos que atacaron a los dinosaurios.
  4. Acción de los mamíferos primitivos, que al comerse los huevos de los dinosaurios impidieron su nacimiento.



Triceratops, que literalmente significa "cara con tres cuernos", deriva del griego antiguo
 tri/τρι- qie significa "tres", ceras/κέρας por "cuerno", y -ops/ωψ por "cara".


Desde el último tercio del siglo pasado dos teorías han recibido mucha atención por parte de los científicos y el público en general: una establece que un meteorito de enorme tamaño, o varios de considerables dimensiones, cayeron sobre la Tierra y su efecto fue tal que provocó la extinción de los dinosaurios. La otra propone que la cantidad de dinosaurios existentes se habría reducido por causas naturales estrictamente terrestres, por lo que estos se encontraron en proceso de extinción.

Esta última, la teoría gradualista, se apoya en el hecho de que a finales del Cretácico sólo existían doce especies de dinosaurios, y puede decirse que estos animales ya se encontraban en franca decadencia. Su extinción fue gradual y se habría iniciado millones de años antes de la colisión del meteorito. A pesar de que existe innegable evidencia del impacto meteorítico, se debe contar con un modelo razonable que explique porqué muchos grupos de plantas y animales no fueron exterminados por él. Dentro de estos grupos de organismos se encuentran tortugas, cocodrilos, lagartijas, aves, mamíferos placentados, algunos mamíferos marsupiales, insectos y numerosos animales marinos, entre ellos ostiones, almejas, caracoles, estrellas de mar y erizos.

Por su parte, la teoría catastrofista establece que un meteorito de, por lo menos, 10 km de diámetro impactó sobre la Tierra a una velocidad aproximada de 30 km/s (según Walter Álvarez en Tyrannosaurus Rex y el cráter de la muerte, y como me reiteró vía correo electrónico el profesor de la Universidad de Oviedo Dr. José Carlos García-Ramos, director del Museo del Jurásico de Asturias, MUJA). El impacto provocó tormentas de fuego, lluvia ácida y una gigantesca nube de polvo que, en su incorporación a la circulación atmosférica, cubrió el planeta en pocos días, impidiendo el paso de la luz solar. Este efecto, similar a lo que se conoce como invierno nuclear, generó una drástica disminución de la temperatura del planeta y bloqueó la función fotosintética de las plantas. El resultado del impacto fue una reacción en cadena, en la que murieron plantas, vegetarianos y carnívoros, incluyendo los dinosaurios. Los Institutos de Geología, Astronomía y Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México, continúan realizando investigaciones en el estado de Yucatán, donde se localiza el cráter de más de 180 km de diámetro, causado por la caída del meteorito, que se conoce como el Cráter Chicxulub.


Cráter Chicxulub, al noroeste de la península de Yucatán, en México.


El fósil hallado por Lyson y colaboradores en Hell Creek, un cuerno de 45 cm perteneciente a un Triceratops u otra especie similar, se encontraba 13 cm por debajo del límite K/T, la capa de sedimentos que marca el momento geológico en que se produjo el impacto del asteroide. Hasta la fecha, no se habían encontrado restos de dinosaurios asociados a esta violenta explosión producida en la Península de Yucatán, en México y sólo se habían hallado fósiles de estos animales a 3 m por debajo del límite K/T. Para algunos, la escasez de restos de muestras en esta brecha muestra que los dinosaurios se habrían extinguido de forma gradual mucho antes del impacto del asteroide, pero el descubrimiento de Lyson sugiere que la brecha de los 3 m no existe y el hecho de que el ejemplar se sitúe tan cerca del límite indica que, al menos, algunos dinosaurios sobrevivieron hasta poco antes del momento del impacto. Aunque la edad exacta del fósil descubierto está por determinar, Lyson sostiene que probablemente vivió de decenas de miles a unos poco miles de años antes del evento y que el impacto del meteorito fue la causa probable de la extinción de los dinosaurios, no siendo esta gradual.

Una más reciente propuesta teórica, basada en descubrimientos de dinosaurios con evidencias de plumas como Caudipteryx, realizados principalmente en China, y de pequeñas aves que aún conservaban los dientes, como Iberomesornis en España, sugiere que no se extinguieron en el llamado límite Cretácico-Terciario sino que una rama de la Familia de los Compsognátidos evolucionó y dio origen a las aves. Esta idea se refuerza más estudiando y comparando los esqueletos de los reptiles, los dinosaurios y las aves, concluyendo que dinosaurios y aves comparten alrededor del 75 % de semejanza, en cambio dinosaurios y reptiles sólo son parecidos en un 15%.


Caudipteryz, del griego "cola emplumada", cuyos primeros fósiles fueron hallados en
la Formación Yixián, provincia de Liaoning, al noreste de China, en 1997.



Los fósiles de Iberomesornis, del griego "ave media ibérica", fueron encontrados en el yacimiento de Las Hoyas,
Cuenca (España), donde compartía nicho ecológico con cocodrilos, tortugas, Iguanodones y Pelecanimimus.
 

En lo límitado del espacio dispuesto, el artículo de Jorge Morales, en Público, hace un repaso general a las extinciones masivas ocurridas a lo largo de la historia de la Tierra y las atribuye a cambios ambientales a muy gran escala, provocados fundamentalmente por dos tipos de causas: cambios orbitales y de la radiación en el Sistema Solar e impacto de meteoritos o de cometas,  y cambios terrestres (principalmente vulcanismo y tectónica de placas), o incluso por la asociación de fenómenos de ambos tipos.

Algunas de estas grandes extinciones son procesos largos, que pueden durar varios millones de años, pero sus resultados pueden ser tan catastróficos como los que se producen por impactos de cometas o meteoritos. En ningún caso los organismos reaccionan de la misma manera ante una crisis ambiental; así, junto a los organismos que se extinguen, siempre hay grupos que no están afectados y otros que aparentemente salen beneficiados, posiblemente porque acaban ocupando ese espacio vacío dejado por los organismos extintos, por tener menos competidores e incluso porque desaparecen sus depredadores.

En referencia a la extinción de los dinosaurios, según Jorge Morales, no todo el mundo piensa que fuese un gran meteorito (o cometa) el causante. Hay alternativas que ven en la dinámica terrestre el origen de esta gran crisis, ya que a finales del Cretácico se detecta una importante bajada del nivel del mar y un aumento de las emisiones volcánicas, acontecimientos que podrían también explicar los cambios ambientales que llevaron a la extinción a muchos organismos.

Fuese cual fuese la causa de la gran extinción del final del Cretácico (la famosa extinción K/T), los comentarios anteriores sirven para explicar por qué se extinguieron los dinosaurios y no otros grupos de organismos. La crisis ambiental producida fue muy importante y se comprueba porque se produjeron numerosas extinciones de organismos marinos, desaparecieron ammonites y belemnites (cefalópodos), rudistas (bivalvos coloniales), mientras que otros grupos hasta entonces muy exitosos, como los corales y los braquiópodos, vieron disminuir sus efectivos drásticamente.

En los ecosistemas terrestres, los dinosaurios se extinguieron, pero sobrevivieron otros vertebrados de menor talla como las aves, cuyos ancestros se encontraban entre ellos y, por supuesto, los mamíferos beneficiados porque habían desaparecido los grandes depredadores de la época, lo que rápidamente dio lugar a un vertiginoso aumento de formas y tipos de todos los tamaños. También lo hicieron aquellos vertebrados, anfibios y cocodrilos, que habitaban los ríos, lagos y zonas pantanosas, donde encontraron refugio. Tampoco las plantas terrestres con flores sufrieron durante esta crisis.

En los mares del final del Cretácico, los peces óseos y los tiburones debieron encontrar áreas favorables para sobrevivir, y lo mismo les sucedió a las tortugas marinas. Otros grupos de organismos marinos, por ejemplo, los bivalvos, encontraron menos competidores.

En la actualidad, casi cada día, estamos viendo cómo declina la vida salvaje por todo el planeta y cómo aumenta la Lista Roja de especies amenazadas. Además, ya sabemos que muchas especies que viven en la actualidad no llegaremos a conocerlas hasta que descubramos sus fósiles en el futuro. Las causas, como en el pasado, podrían ser diversas, pero sin duda la más importante es el enorme impacto de la actividad humana en el medio natural. Con sólo un vistazo rápido podemos ver cómo los organismos de mayor talla como las ballenas, los grandes tiburones, los elefantes o aquellos más vulnerables por la reducción de sus hábitats serán los primeros en extinguirse.


Algunos libros a modo de introducción sobre el asunto son:
  • Wildford, El enigma de los dinosaurios, RBA, 1993.
  • Desmond, Los dinosaurios de sangre caliente, RBA, 1993.
  • Charig, La verdadera historia de los dinosaurios, Salvat, 1993.
  • Hsü, La gran extinción, Antoni Bosch editor, 1989.

Y otros que profundizan en el tema son:
  • Weishampel y Fastovsky, The evolution and extinction of the dinosaurs, Cambridge University Press, 2004.
  • Weishampel, Dodson y Osmolska, The dinosauria, University of Carlifornia Press, 2005. 

    martes, 13 de septiembre de 2011

    Sobre Planeta dinosaurio, la nueva serie documental de la BBC...

    Fue en 1999, hace ya doce años, cuando la BBC emitió la magnífica serie documental Caminando entre dinosaurios. Desde entonces, los recientes descubrimientos e investigaciones realizados han modificado algunos de los paradigmas existentes sobre estas especies tan legendarias. Por ello, mañana, 14 de septiembre de 2011, la cadena inglesa vuelve con una serie de seis episodios titulada Planet Dinosaur. Lo cuentan en su web, coming soon…



    sábado, 10 de septiembre de 2011

    Sobre Coelodonta thibetana, abuelo del rinoceronte lanudo...

              Se publica, en el ejemplar de Science correspondiente a la primera semana de septiembre, el artículo “Out of Tibet: Pliocene Woolly Rhino Suggests High-Plateau Origin of Ice Age Megaherbivores”  en el que describe como un equipo de investigadores chinos, europeos y norteamericanos ha encontrado, en un yacimiento paleontológico entre 3700 y 4500 m en el Himalaya, el cráneo completo y varias vértebras de un rinoceronte lanudo que podría ser el "abuelo" de todas las especies conocidas hasta ahora, dado que vivió hace 3,6 millones de años, en el Plioceno Medio. Por entonces, aún no había comenzado la gran Edad de Hielo del Pleistoceno (lo hizo hace 2,8 millones de años) pero el ambiente debía ser ya muy gélido en las montañas.


    Recreación artística de Coleodonta thibetana, según Science.


    Esto sugiere que algunos grandes herbívoros evolucionaron antes de que la nieve cubriera todo el territorio, no sólo los rinocerontes, sino también los mamuts lanudos, los perezosos gigantes o los tigres dientes de sable, especies de las que hay muchos fósiles pero de las que no se sabe de dónde vinieron y cómo se adaptaron a un entorno en el que las temperaturas eran por debajo de cero.

    La especie ha sido bautizada como Coelodonta thibetana, en honor al lugar donde salió a la luz, en 2007, y desde entonces se ha estado estudiando su filogenia y su morfología. C. thibetana, de unos 1800 kg y casi 2 m de altura, no es el primer rinoceronte lanudo que se encuentra (de hecho se conocen tres especies, todas extinguidas), pero sí es con diferencia el más primitivo. Sus descubridores destacan sus peculiares adaptaciones a un entorno con nieve: utilizaba su cuerno aplanado para hurgar en la nieve y encontrar vegetación con la que alimentarse. Aún así se cree que vivieron en un momento en el que el clima era algo más cálido de lo que fue después, cuando todos los continentes del hemisferio norte fueron cubiertos por una densa capa de hielo. Además, lucían una densa capa de pelo que les ayudaba a conservar el calor del cuerpo.

    Este rinoceronte casi polar se acostumbró tanto al frío que cuando llegó la Edad de Hielo, bajaron de las altas montañas a la llanura y sus poblaciones se extendieron por toda Eurasia, diversificándose en otras especies: C. nihowanensis, C. antiquitais y C. tologoihensis.

    El equipo de investigación también halló fósiles (aún sin publicar) de un caballo con tres pezuñas (Hipparion), una especie conocida como 'cabra montesa azul' (Pseudois), antílopes, leopardo de las nieves, tejones y hasta 23 clases diferentes de mamíferos que hasta ahora sólo se buscaban en la tundra o las estepas.

    Los investigadores sostienen que los crudos inviernos en la meseta tibetana proporcionaron el entorno adecuado para un primer paso evolutivo que llevó a la gigantesca fauna del Pleistoceno en Eurasia y Norteamérica, y que el hallazgo aclara el origen de los rinocerontes lanudos, y quizás también de otras especies gigantescas que ya no existen y pudieron surgir en el Himalaya durante el Plioceno.

    Los últimos representantes de los rinocerontes lanudos se extinguieron hace unos 10.000 años, se cree que principalmente por razones climáticas aunque algunos científicos lo achacan a la llegada del Homo sapiens desde Africa, pero, al parecer, eran tan peligrosos que los humanos rara vez se atrevían a cazarlos. Hoy, su pariente más cercano es el pequeño rinoceronte peludo de Sumatra.