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domingo, 3 de marzo de 2013

Sobre "En el baile", o la reaparición de una obra perdida de Evaristo Valle...

            Según Carantoña, veintiún obras de Evaristo Valle fueron las mostradas en una exposición inaugurada el lunes 9 de diciembre de 1918 en el salón del Bazar Piquero de Gijón, algunas de ellas vendidas con notable aceptación del público. Una de las no vendidas, referida como “En el baile”, fue expuesta un mes después en el Nuevo Bazar Masaveu de Oviedo, en otra exposición individual con notable éxito de la crítica, donde fue adquirida por un comprador anónimo elogiado por las crónicas de entonces por su gusto, ya que el cuadro, de exquisita factura y en el que el cronista "percibía como un recuerdo de Degas",  constituía "una perfecta síntesis del carnaval, con todo su revoltijo de candor, payasería y tragedia" reflejando la cara aristócrata y burguesa del carnaval. Lafuente Ferrari, casi cincuenta años después, deseaba saber "dónde para aquel lienzo" en el que, como señalaba Torner, paisaje y figura no llevaban en la pintura de Valle vida independiente, sino que se fundían en una unidad íntima.

            La obra, únicamente conocida por las descripciones de la época y cuyo rastro se había perdido desde entonces, fue presentada esta mañana en el palacete decimonónico de la Fundación Museo Evaristo Valle con los acertados comentarios de Gretel Piquer, estudiosa de Valle en profundidad. Hace ya casi un siglo, y con motivo de la exposición navideña en el Bazar Piquero, la pintura fue también comentada por Fernando Vela el 12 de diciembre de 1918 en el periódico “El Noroeste”:

En otro cuadro, el fatuo, vestido de rojo. En este último es de notar la figura áurea vuelta de espaldas, que parece hecha de pluma. Otra mascarada es solemnemente decorativa: un pierrot que llena de confeti a dos muchachas que se esquivan. Es una “sinfonía en blanco mayor”.


En el baile (1917), óleo sobre lienzo, 50x64 cm, Fundación Museo Evaristo Valle (Gijón).

martes, 4 de diciembre de 2012

Sobre guadañes, gaxapos y Van Gogh (after Millet)...


Fue durante la Edad de Hierro que aparecieron en Austria, Suiza y el sur de Alemania las primeras guadañas. Casi al tiempo, o muy poco después, se hicieron inseparables a esta los preseos o herramientas del segador: el gaxapu conteniendo la piedra de afilar en agua y forrada con hierba, con el paisano, y el yunque y el martiellu al pie del hórreo. De los primeros, los gaxapos, también denominados cachapas, zapicos y canaos, se viene mostrando en el Museo del Pueblo de Asturias de Gijón una soberbia exposición que incluye 114 piezas, pertenecientes a la propia colección del Museo y a la de Alfonso Fernández Canteli, de muy diversas procedencias y que ilustra sobre la distribución y tipología en Asturias de un instrumento de origen europeo. Fernández Canteli, gijonés y catedrático de la Universidad de Oviedo, también es propietario de las 106 madreñas de variopintas procedencias depositadas por diez años en el Museo de la Madera de Veneros, en Caso.



El segador, after Millet (1889), de Vincen Van Gogh, óleo sobre lienzo, 43,5 x 25 cm.
En colección privada del Reino Unido.


El gaxapu sólo existe en Europa y se utiliza en casi todo el continente. Su existencia se encuentra estrechamente relacionada con la explotación de la ganadería vacuna por la necesidad de acopiar hierba para alimentar al ganado durante los inviernos. Históricamente, sus primeras imágenes datan de la Edad Media puesto que no se conservan gaxapos anteriores a esta época. En el Salterio manuscrito de Bonmont, de 1260, ya se incluye un dibujo de un segador con gaxapu a la cintura.

A nivel europeo existe una gran diversidad de tipos de gaxapos. Entre los de madera predomina un modelo de cuerpo perfectamente cilíndrico, torneado, de gran tamaño y cuyo rasgo más característica es la forma apuntada de su base, que servía para clavar el gaxapu en el suelo cuando se cabruñaba la guadaña. Este modelo aparece desde Francia hasta los países del este de Europa, sobresaliendo los gaxapos en madera del área alpina de Italia, Francia, Suiza, Alemania y Austria, en especial los de la región del Tirol, de cuidadísima factura y exuberancia decorativa.

En España sólo existen gaxapos en la mitad norte, especialmente en el área de la Cordillera Cantábrica, donde predomina la ganadería vacuna., al contrario que la cría de ganado ovino, que no precisa del acopio de hierba para su alimentación, y que hace que apenas sean conocidos en los Pirineos. A excepción de Asturias y Cantabria, donde abundan los gaxapos de madera en gran variedad de formas y decoraciones, el tipo de gaxapu habitual en nuestro país, así como en Portugal, es el que se fabrica con un cuerno.

Ya situados en Asturias, existen cuatro grandes áreas de gaxapos en nuestra región, que parecen guardar relación con los cuatro grupos dialectales del bable. En el extremo occidental es casi exclusivo el gaxapu de cuerno, de ahí que se le denomine corno, y aunque estos aparecen también en otras zonas lo hacen de manera puntual. La decoración de los gaxapos hechos en cuerno de bóvido presenta similitudes con la de otros útiles elaborados en este mismo material (cuernas para ordeñar, para pólvora, etc.). Así, aparecen a menudo la figura humana y los nombres de los propietarios escritos en grandes letras.

          En el resto del territorio el gaxapu común es el de madera, existiendo tres tipos principales que se reparten en otras tantas zonas geográficas, aunque a menudo aparecen mezclados y son numerosas las variantes (cilíndricos, prismáticos o planos), decorados con motivos geométricos y figurativos (vegetales, animales y personas), que aparecen pintados, incisos o tallados. Sin embargo, no existe gran coherencia decorativa, lo cual sí sucede en las madreñas, por la ausencia de artesanos especializados que mantuviesen la continuidad en los motivos.

Cierto es que en los últimos años cada vez se ven más gaxapos comerciales de materiales plásticos y menos de madera o cuerno. Por ello, por su variedad y belleza, se justifica sobradamente su estudio, conservación y divulgación, como un elemento más de nuestro patrimonio cultural.


   


jueves, 31 de mayo de 2012

Sobre Alberto Durero, humanismo y Renacimiento en el autorretrato...


Un vuelo hacia Frankfurt, y desde allí tren hasta Nüremberg, donde acaba de ser inaugurada la mayor exposición de los últimos cuarenta años sobre el pintor alemán Alberto Durero (1471-1528) en el Germanisches National Museum de su ciudad natal. Los obsesivos autorretratos y las miradas hipnóticas que Durero imprimió en sus cuadros componen un misterio a desentrañar para aficionados y, en especial, para los organizadores, que aprovechan la coyuntura para tratar de discernir el origen de lo que se ha revelado como una obstinación de Durero en dejar ocultas señales en sus obras.



Autorretrato con pelliza (1500), o Autorretrato con abrigo de piel,
óleo sobre lienzo, 67x49 cm, en Alte Pinakothek, Múnich.



En la Edad Media, un pintor era solamente un artesano y disfrutaba de la misma posición que un cantero o un tallista. Los pintores estaban acostumbrados a “desaparecer” detrás de sus obras. Por lo general, ni siquiera firmaban estas y posteriormente eran olvidados. Apareció entonces un hombre poseído de una suprema confianza en sí mismo. Durero llevó el autorretrato un paso más allá y se retrató como era en realidad, creando el género de los autorretratos. Se conocen cinco de ellos de su etapa temprana y precisamente el que ilustra esta entrada es el único que falta en la exposición de su ciudad natal, negado desde Múnich por motivos de conservación.

'Autorretrato con pelliza', o 'Autorretrato con abrigo de pieles', es el más trascendental de ellos: nunca antes se había pintado en una pose tan intransigentemente frontal. Hasta aquel momento, el estilo que eligió para representarse en esta obra estaba reservado para Jesucristo o para la realeza. Darse deliberadamente el aspecto de Cristo en esta obra, era una sólida declaración de intenciones y respaldaba la firme opinión de Durero sobre que la creatividad del artista se deriva directamente de los poderes creativos de Dios.

'Autorretrato con pelliza', construido en un arreglo piramidal de planos, permaneció en poder de Durero durante toda su vida. Posteriormente se consideró el monumento del pintor a su idea de lo que era realmente un artista. Traducida, la inscripción en latín dice: “Yo, Alberto Durero, de Nüremberg, me pinté así con mis propios colores a la edad de veintiocho años”.






A lo largo de los últimos cuatro años, gran parte de los cuadros más tempranos del artista han sido escaneados en busca de pistas sobre la evolución de su técnica y los hallazgos son sorprendentes. Algunos saltan a la vista, como el sol in corde leonis que ornamenta el 'Retrato de Johannes Kleberger', un rico e influyente comerciante alemán afincado en Lyon que podría haber encargado él mismo la inclusión del símbolo en la pintura. Otras, sin embargo, son claramente iniciativa del pintor. En el 'Autorretrato' cedido por el Museo del Prado, por ejemplo, se ha descubierto que Durero aplicó pintura directamente con los dedos para componer la figura de los guantes, cuidándose de que su huella digital quedase impresa y perfectamente reconocible en la pintura.

En total, se han reunido 120 obras de Durero que incluyen desde el 'Autorretrato a los 13 años' (1484), un préstamo del museo Albertina de Viena, hasta la 'Adoración de los Reyes' (1504), de la galería Uffizi de Florencia. 

La exposición ofrece además una ocasión única para comparar de forma directa trabajos de Durero con los de algunos de sus contemporáneos y la influencia que ejercieron sobre él otros artistas de la región de Franconia (el sur de Alemania). Tras recorrer los 1.300 metros cuadrados de exposición, resulta evidente la contribución de Durero al desarrollo de un nuevo concepto del arte, lo que le permitió ser el primer artista alemán que ya gozaba en vida de un reconocimiento en toda Europa. 



domingo, 8 de abril de 2012

Senderos a la modernidad: la colección Gerstenmaier en el Palacio Revillagigedo de Gijón (3 de 3)

          Hoy es el último día para poder contemplar la magnífica y nutrida exposición "Senderos a la modernidad: Pintura española de los siglos XIX y XX", en visita a nuestra ciudad desde el pasado 20 de enero, con parada en el Centro Cultural Cajastur Palacio Revillagigedo. Esta es la tercera entrada que cierra la serie que he dedicado a la colección del empresario alemán Hans Rudolf Gerstenmaier, coleccionista de pintura afincado desde hace tiempo en nuestro país. En las dos anteriores (aquí la primera y aquí la segunda), se hicieron reseñas de otros ocho autores en relación a sus correspondientes obras.

           Gerstenmaier, como los grandes coleccionistas de antaño, empezó a coleccionar buscando lo bello, es decir, priorizaba su gusto personal por encima de otras consideraciones. Con el paso del tiempo, su colección se ha convertido en una de las más interesantes e importantes del panorama español. En treinta años ha conseguido reunir más de ciento cincuenta pinturas europeas de diversas escuelas y procedencias, destacando principalmente la pintura flamenca, de la que también itinera otra exposición que bien podría recalar en nuestra ciudad dentro de algún tiempo.

          Quizá uno de los grandes méritos de este singular y apasionado coleccionista es que la mayoría de sus obras han sido adquiridas en casas de subastas, galerías y anticuarios, circunstancia que le ha permitido recuperar piezas que se encontraban en el olvido y, sobre todo, lo que es más importante, evitar que algunas de estas obras saliesen de nuestro país para formar parte de museos y colecciones internacionales.
          



Angustias con mantilla blanca y abanico, de Ignacio Zuloaga Zabaleta (Eibar, 1870- Madrid, 1945), óleo sobre lienzo, 73x93 cm.




Tarjetero de mi estudio, de Francisco Pradilla Ortíz (Villanueva de Gallego, 1848- Madrid, 1921), óleo sobre lienzo, 61x103 cm.




Plaza de Bilbao en 1892, de Darío de Regoyos (Ribadesella, 1857- Barcelona, 1913), óleo sobre lienzo, 34x43 cm.




Torero, de Daniel Vázquez Díaz (Huelva, 1882- Madrid, 1969), óleo sobre lienzo, 64x94 cm.



viernes, 23 de marzo de 2012

Sobre Artemisia Gentileschi: poder, gloria y pasiones de una mujer pintora...

Ya mentada en una entrada anterior, en la que se anotó una recensión sobre la imprescindible Las olvidadas (Planeta, 2007) de la gijonesa Angeles Caso, Artemisia Gentileschi, primogénita del maestro toscano de la pintura barroca Orazio Gentileschi, nació en Roma el 8 de julio de 1593. Tiempo de contrarreforma y de peste, de mecenas cultivados, de venenos papales y de dagas. Difícil ser pintora en una época como aquella. Pero Artemisia era una romana libre. Pasó una infancia feliz, siempre en los aledaños de la plaza de Spagna, hasta que en 1605, su madre, Prudenzia Montoni, murió en su séptimo parto a los 30 años. Artemisia tenía 12. En vez de ser virgen, esposa, religiosa o prostituta (los cuatro roles atribuidos a las mujeres de entonces), decidió ser artista. Como su padre. Como aquel genio salvaje llamado Caravaggio, cuya pintura, según dicen sus biógrafos, le volvía loca.




Judith y su doncella (c. 1612-14), oleo sobre lienzo, en la Palatine Gallery, Palazzo Pitti, Florencia.



La espléndida exposición Artemisia, poder, gloria y pasiones de una mujer pintora, que se puede ver en el Musée Maillol de París hasta el 15 de julio y reúne 42 obras de Artemisia y una veintena de sus coetáneos más cercanos, explica que su fama personal, igual que pasó con Caravaggio, contribuyó a ocultar su arte a las generaciones posteriores. Todavía hoy, muchos de sus cuadros pertenecen a colecciones privadas. Pero, después de ser casi transparente durante 400 años, Artemisia brilla ahora con la luz de los grandes.

Más de cuatro siglos han pasado desde el año de la muerte de Caravaggio (1610), cuando Artemisia, que entonces contaba 17 años, firmó su primer cuadro. Se titula Susana y los viejos, y su mirada delicada, colorista y rebelde a la vez, asoma ya en esa escena viva, inmensa, en la que dos ancianos de mirada torva intentan seducir a una muchacha. Meses después, Artemisia fue violada por Agostino Tassi, un pintor que ayudaba a Orazio a decorar la casa del cardenal Scipione Borghese. Tassi se comprometió a casarse con la joven y a vivir con ella nueve meses. Pero Orazio le denunció ante el papa Pablo V. Toda Roma se enteró de la deshonra, pero a Artemisa no le importó. Se sometió a un proceso público que duró varios meses.




Susana y los viejos (1610), oleo sobre lienzo, 170 x 121 cm,  en Schloss Weissenstein, Pommersfelden (Bavaria), Alemania.



Tras ser condenado a cinco años de exilio y galeras pontificias su agresor —penas que nunca cumplió—, Artemisia se casa con el florentino Pierantonio Stiattesi, hijo de un zapatero, y se marcha a Florencia. En la corte del gran duque de Toscana, Cosme de Médicis, vivían Miguel Ángel Buonarotti y Galileo Galilei: bajo su influjo y amistad, la pintora se inscribe en la legendaria Academia del Dibujo. Tiene 23 años, y es la primera mujer de la historia que entra en ese Olimpo. En 1617, Artemisia es madre de tres hijos, pinta asiduamente para los Médicis y tiene un amante noble e intelectual, Francesco Maria Maringhi. Pero el marido se endeuda hasta las cejas y la pareja huye a Prato.
 
Desde allí, vuelta a Roma, donde Artemisia vive entre 1620 y 1626 en una casa cercana a la plaza del Popolo que un visitante describe como “digna de un gentilhombre”. Dos de sus tres hijos han muerto, y en 1622 el marido es acusado de haber herido en la cara a un español que cantaba una serenata bajo el balcón de la artista. Pronto se separarán. Ella se irá a Venecia y vivirá tres años de éxito entre los canales libertinos, antes de marcharse a Nápoles para ponerse al servicio de otro admirador de su pintura, el virrey español Fernando Enríquez Afán de Ribera, duque de Alcalá.




Venus dormida (1625), 94 x 144 cm, en la Barbara Piasecka Johnson Foundation, Princeton, New Jersey.


En el centro de Nápoles abre un taller en el que trabajan una docena de ayudantes y aprendices. Se hace amiga de Onofrio Palumbo, gran artista partenopeo, y durante 20 años forma a los mejores pintores del futuro, Cavallino, Spardaro, Guarino... Mientras sus coetáneos pintaban iglesias y capillas, Artemisia trabajó sobre todo para coleccionistas privados: el duque de Módena, los Médicis, los D’Este y el conde de Amberes, banqueros, nobles y príncipes europeos. Sus numerosas cartas y facturas atestiguan que fue una de las firmas más cotizadas de su tiempo. Los aristócratas se rifaban sus cuadros, casi todos de figuras femeninas, muchas veces desnudas y siempre llenas de fuerza. Algunas son de un erotismo dulcísimo. Otras son intensas, impetuosas y dramáticas. No hay una sola escena casera. Hay músicas, pensadoras, y muchos homenajes a mujeres bravas: Cleopatra, Diana, la Galatea, María Magdalena, Judith, Dalila, Betsabé…

          Su fama cruzó fronteras, y el rey Carlos I de Inglaterra ordenó contratarla. Pasó dos años en Londres, donde su padre era considerado el mayor maestro de su tiempo, hasta su muerte en 1639. Las crónicas dicen que el funeral de Orazio en Londres estuvo a la altura de los de Rafael y Miguel Ángel. Artemisia tuvo que cumplir sus propios encargos después de la muerte de su padre, aunque no hay obras que puedan asignarse con certeza a este periodo. Se sabe que Artemisia ya había abandonado Inglaterra en 1642, cuando se producían las primeras escaramuzas de la guerra civil.

          No se sabe mucho de sus movimientos posteriores. Se cree que partió definitivamente a Nápoles donde pasó el resto de su vida. Los historiadores saben que en 1649 estaba de nuevo en la ciudad partenopea, en correspondencia con Don Antonio Ruffo de Sicilia quien se convirtió en su mentor y buen comitente durante su segundo periodo napolitano. La última carta conocida a su mentor data de 1650 y deja claro que ella estaba aun plenamente en activo.

En 1649 andaba terminando su maravilloso autorretrato: parece una mujer de ahora mismo, con los labios pintados y el pelo corto. Según su biógrafa Alexandra Lapierre, “Artemisia rompió todas las leyes sociales y solo perteneció a su tiempo. A la conquista de su gloria y su libertad, con su talento y su fuerza creadora se convirtió en una de las pintoras más celebres de su época y en una de las más grandes artistas de todos los tiempos”.


Se pensó que Artemisia había muerto en 1653. Evidencias recientes, sin embargo, muestran que aún aceptaba encargos en 1654, aunque dependía cada vez más de su asistente, Onofrio Palumbo. Por lo tanto, puede especularse con su muerte en la devastadora plaga que asoló Nápoles en 1656 y virtualmente barrió a toda una generación de artistas napolitanos.

Su tumba se encontraba en la iglesia de San Juan de los Florentinos de Nápoles, que fue destruida tras la Segunda Guerra Mundial. En su lápida se podía leer Heic Artemisia (Aquí yace Artemisia).




Self-portrait as the Allegory of Painting, (1638-39), oleo sobre lienzo, 965 x 737 mm, en la Royal Collection, London.



miércoles, 15 de febrero de 2012

Senderos a la modernidad: la colección Gerstenmaier en el Palacio Revillagigedo de Gijón (2 de 3)

          En una entrada anterior presentamos la exposición "Senderos a la modernidad: Pintura española de los siglos XIX y XX", visitable hasta el próximo 8 de abril en el Palacio Revillagigedo de Gijón. La muestra cuenta cómo la pintura realista fue introduciéndose lentamente entre las directrices románticas y en el academicismo, destacando en este sentido la figura de Carlos de Haes, cuyo éxito fraguó la escuela paisajista de la segunda mitad del siglo XIX. Precisamente uno de sus discípulos, Aureliano de Beruete, está presente en la exposición con obras como Orillas de Avia, Grindelwald y Murallas de Ávila. Por otra parte, artistas como Hermen Anglada Camarasa y Darío de Regoyos –quienes al igual que Beruete frecuentaron París– figuran como principales exponentes del espíritu impresionista francés con paisajes como La Masia o La playa de Almería de noche, muestran su frescura e innovación.

          Paralelamente encontramos el retrato convertido en género artístico por excelencia de este siglo. La exposición cuenta con obras de Joaquín Sorolla –Retrato de señora de 1913–, así como del inconfundible estilo de Ignacio Zuloaga con la obra Angustias con mantilla blanca y abanico. Junto a estos, lienzos de Manuel Benedito Vives y Raimundo Madrazo. Y otros movimientos como el Modernismo, presentes con obras de los miembros de Els Quatre Gats como Isidro Nonell y Joaquín Mir, acompañados de Eliseo Meifrén.




Tánger, de Mariano Fortuny y Marsal (Reus, 1838- Roma, 1874), óleo sobre tabla, 20x15 cm.

En 1860 estalló la guerra de España contra Marruecos, y la Diputación de Barcelona encargó a Fortuny que viajara a este país con el ánimo de convertirse en cronista gráfico de la contienda en compañía de Pedro Antonio de Alarcón. Allí se integraría como pintor en el regimiento del general Juan Prim, también originario de Reus.
África supuso un descubrimiento para Fortuny, deslumbrado por la luz norteafricana y encandilado
por las planicies abiertas, las luces y los habitantes de Marruecos, llegando incluso a aprender
nociones de árabe para integrarse mejor en el contexto. Se liberará desde este momento de
convenciones y academicismos, sintiéndose atraído intensamente por los temas orientales.





Retrato de José Benedito Vives, de Manuel Benedito Vives (Valencia, 1875 - Madrid, 1963), óleo sobre lienzo, 38x49 cm.

Aunque su aprendizaje con Joaquín Sorolla pueda sugerir lo contrario, Benedito se mantuvo fiel a un estilo
realista sobrio, de gamas más bien oscuras, bastante alejado del luminismo valenciano. En algunas obras
tempranas se aproxima a la España negra de Ignacio Zuloaga y José Gutiérrez Solana, aunque
habitualmente se mantiene en una corrección estética de fácil salida comercial.





Murallas de Ávila, de Aureliano de Beruete y Moret (Madrid, 1845-1912), óleo sobre lienzo, 41x40 cm.

Abogado y diputado en las legislaturas de 1871 y 1872, Beruete pronto abandonó su carrera política para dedicarse por completo a la pintura. Formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde tuvo como maestro a Carlos de Haes, también participó en la Escuela de Barbizón después de su primer viaje a París. Una estrecha amistad le unió a Darío de Regollos, a Joaquín Sorolla y a Ramón Casas.





Retrato de señora, de Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia, 1863 - Cercedilla, 1923), óleo sobre lienzo, 108x151 cm.

Tras su breves etapas formativas a través del realismo y del naturalismo, después de un viaje a París en 1894 se introdujo plenamente en el luminismo y comenzó a pintar al aire libre, dominando con maestría la luz y combinándola con escenas cotidianas y paisajísticas de la vida mediterránea, no sin abandonar su pintura de denuncia social.



domingo, 22 de enero de 2012

Senderos a la modernidad: la colección Gerstenmaier en el Palacio Revillagigedo de Gijón (1 de 3)

          Desde el pasado viernes 20 de enero hasta el domingo 8 de abril de 2012, el Centro Cultural Cajastur Palacio Revillagigedo, en Gijón, presenta la exposición "Senderos a la modernidad: Pintura española de los siglos XIX y XX", comisariada por la madrileña Marisa Oropesa Levy. En esta entrada y otras dos posteriores trataré de publicar lo más representativo de las 59 obras colgadas y de los 29 artistas reunidos.

          Aún siendo uno de los siglos más convulsos tanto social como políticamente en la historia de nuestro país, el siglo XIX fue una de las épocas más fecundas de nuestro legado artístico. Durante sus productivas décadas, diferentes generaciones de artistas orientaron su obra hacia los diversos movimientos artísticos que se producían en los países vecinos, los cuales participaban en rítmos más dinámicos como consecuencia del desarrollo industrial. Así, el siglo XIX fue una época próspera en la que los artistas consiguieron derribar los muros que se erigiían en su camino hacia la pintura moderna.

          Sin embargo, los primeros años del siglo XX desarrollaron un cambio más abrupto, acogiendo movimientos artísticos novedosos y transgresores, capaces de romper con los cánones académicos establecidos con anterioridad.



Bayaderas indias, de Eduardo Chicharro Agüera (Madrid, 1873-1949), óleo sobre lienzo, 140x149 cm.

Las bayaderas eran bailarina del Indostán, también llamadas nautchis y devadasi. Recorrían el país en grupos
para divertir a la gente según precio convenido. Pertenecían a las clases inferiores y solían ser de costumbres licenciosas. Los navegantes portugueses de los siglos XV y XVI las llamaban "bailaderas", derivando a "bayaderas".

Chicharro cultivó el paisaje, el retrato y los temas de género. Su obra se caracteriza por un gran sentido
decorativo, un suntuoso colorido, un minucioso dibujo y una evolución desde un costumbrismo
casi escenográfico hasta un espléndido simbolismo.





Orillas del Avia (Ribadavia), de Aureliano de Beruete y Moret (Madrid, 1845-1912), óleo sobre lienzo, 178x100 cm.

Beruete, extraordinario paisajista formado con Carlos de Haes, fue un artista cercano a la estética impresionista. 
Viajó a París para estudiar las novedades que se estaban trabajando en la capital francesa,
en plena ebullición, aunque no aplicó por completo la base científica de sus colegas franceses.




La merienda, de Ricardo Canals i Llambí (Barcelona, 1876-1931), acuarela sobre papel montado en tela, 96x122 cm.

Canals i Llambí formó parte junto con  Nonell, Mir, Pichot y Vallmitjana de la Colla del Safrà (Grupo del Azafrán),
así denominado por el colorido empleado en sus obras. Su pintura se encuentra influenciada por los
impresionistas franceses, principalmente por Renoir, y sus gamas de colores se caracterizan
con los tonos suaves que recuerdan la técnica al pastel




Picos de Europa, de Carlos de Haes (Bruselas, 1829-1898), óleo sobre lienzo, 73x51,5 cm.

Carlos de Haes, siguiendo el ideal académico, consideraba que "el fin del arte es la verdad que se encuentra
en la imitación de la naturaleza, fuente de toda belleza, por lo que el pintor debe imitar lo más fielmente
posible la naturaleza, debe conocer la naturaleza y no dejarse llevar por la imaginación".
Aunque se le suele incluir entre los plenairistas, de Haes sólo preparaba en campo los bocetos
preparatorios, reservando el resto de la obra para el trabajo clásico de taller.


jueves, 17 de noviembre de 2011

Sobre los maestros franceses de la colección Clark en CaixaForum Barcelona...

 El otoño de 2011 está siendo motivo de enhorabuena para los seguidores en nuestro país de la pintura francesa, y especialmente del impresionismo. Si hace tan sólo dos días se inauguraba en Madrid la exposición Berthe Morisot: la pintora impresionista en el Thyssen-Bornemisza, desde hoy jueves 17 de noviembre hasta el próximo 12 de febrero se puede disfrutar en CaixaForum Barcelona la exposición Impresionistas: Maestros franceses de la colección Clark, organizada por el Sterling and Francine Clark Art Institute y producida por la Fundación La Caixa, en la única parada española de la gira internacional que efectúa esta institución.




Bretonne en prière (1894), por Paul Gauguin, en Sterling and Francine Clark Art Institute. 



          Concebida de forma cronológica y conformada por setenta y dos piezas, la exposición recorre las primeras obras que hablan del nuevo camino hacia el impresionismo y que se caracterizan por exaltar, como nunca, la naturaleza. Son los paisajes de Millet, Corot y, sobre todo, de Rousseau con Granjas en las Landas. También de la renovación de las naturalezas muertas, con las obras de Sisley, Manet y las Cebollas, de Renoir, uno de los cuadros menos característicos de este pintor, pero una de las obras preferidas de Sterling Clark, según Rand. Desnudos como Bañista rubia, de Renoir, y Desnudo sentado, de Bouguereau, dos espléndidos Degas, con sus característicos temas: carreras de caballos y bailarinas, y escenas de la vida cotidiana, entre ellos dos espléndidos cuadritos de Boldoni que invitan al espectador a inventar la historia, no escrita, que el pintor quiso representar. Cierran la exposición varios retratos firmados por Toulouse-Lautrec, Bonnard y Gauguin, y dos autorretratos de Renoir separados por un cuarto de siglo, donde se aprecia, además de su envejecimiento, el cambio de técnica del pintor.





El encantador de serpientes (1870), por Jean Léone Gérôme, en Sterling and Francine Clark Art Institute.


A Robert Sterling Clark (1877-1956), viajero, militar y explorador en Oriente, le cambió la vida durante un viaje a París en 1910. Heredero de una cuantiosa fortuna por ser nieto de uno de los fundadores de las máquinas de coser Singer, descubrió el impresionismo tras conocer a su futura esposa Francine, actriz de la Comédie-Française. En 1916 compran su primer Renoir, Joven haciendo ganchillo, iniciando una de las mejores colecciones de este artista en manos privadas. Durante cincuenta años, Clark y su esposa adquieren diversas obras impresionistas haciendo oídos sordos a las feroces críticas que, por entonces, recibía el movimiento. Es el caso de Muchacha dormida, de Renoir, comprada pese a los comentarios negativos que recibió desde 1880, como que la joven representada era famosa por su vida indecorosa y que el cuadro contenía alusiones eróticas, como el gato dormido sobre el regazo de la muchacha, representación de su vello púbico. Todo un escándalo.

El matrimonio Clark concibió su colección a escala doméstica: las obras formaban parte del entorno cotidiano y se distribuían por la casa siguiendo las preferencias del coleccionista, que combinaba piezas de diferentes periodos y estilos. Clark buscaba la continuidad entre las creaciones del pasado y del presente, desde una perspectiva que hoy podemos sentir como muy cercana.

          En 1955 se inaugura el Sterling and Francine Clark Art Institute en Williamstown (Massachusetts), lejos de Nueva York, donde instalan su colección. En la galería, además del impresionismo, también tienen cabida obras más academicistas como El encantador de serpientes, pintada en 1879 por Gérome y que ilustra esta entrada, e incluso obras maestras del quattrocento italiano, entre otras sobresalientes colecciones de esculturas, dibujos, grabados, platería y porcelanas, siguiendo su gusto personal.


Retrato de Carolus Duran (1879), por John Singer Sargent, en Sterling and Francine Clark Art Institute.

martes, 15 de noviembre de 2011

Sobre Berthe Morisot en el Thyssen-Bornemisza...


"Lo cierto es que nuestros valores se encuentran en el sentimiento, en la intención,
en nuestra visión, que es más sutil que la de los hombres, y podemos lograr mucho
si conseguimos que la afectación, la pedantería y el sentimentalismo no lo estropeen todo"
(Berthe Morisot)


         Corren buenos tiempos para los amantes del impresionismo. Merced a un importante acuerdo de préstamo con el Musée Marmottan Monet de París, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta desde hoy hasta el próximo 12 de febrero, y por primera vez en España, una exposición monográfica dedicada a la artista impresionista Berthe Morisot. Casada con Eugène Manet, hermano de su maestro, Édouard Manet, fue la primera pintora en unirse al Impresionismo, participando en la ya mítica Primera Exposición Impresionista, en 1874, y en otras posteriores. Más de treinta obras procedentes del Marmottan Monet, junto a otras pertenecientes a las colecciones Thyssen, permitirán descubrir una pintura que, ya sea a través de paisajes o de escenas cotidianas y femeninas, destila elegancia y luminosidad. Su vida y su obra permiten acercarse también al papel de la mujer en la Francia de finales del siglo XIX, porque Berthe Morisot no sólo fue una gran creadora, sino también una mujer burguesa, urbana, preocupada por la moda y una activa animadora cultural, que apoyó a intelectuales y artistas como Manet, Renoir, Monet, Pissarro, Degas o Mallarmé. En palabras de Paul Valery: “La peculiaridad de Berthe Morisot es haber vivido su pintura y haber pintado su vida”



Retrato de Berthe Morisot recostada (1873), por Édouard Manet, en el Musée Marmottan Monet, París.



La figura de Berthe Morisot (Bourges,1841-París,1895) nunca ha sido debidamente valorada entre los grandes exponentes del Impresionismo, sin duda por la falta de un conocimiento adecuado de su obra. Y resulta cuando menos sorprendente, pues su arte resuelto, delicado y vigoroso a la vez, es de una modernidad manifiesta. Pudo influir en ello el hecho de que fuera mujer, en un mundo -el del arte en general, y el de la pintura en particular- reservado tradicionalmente para los varones. En este sentido, hay que reconocer que el papel creativo de las mujeres fue durante mucho tiempo limitado, al ser excluidas de las Academias de Bellas Artes por hombres que preferían verlas dedicadas a la esfera de lo puramente doméstico o, en cualquier caso, a un mundo alejado de la práctica profesional de las artes. Pero lo cierto es que Monet, Pisarro, Renoir y demás, fueron conscientes de la valía de Morisot, quien, como recordara Pisarro en 1895, fue una "gran mujer de extraordinario talento que honró a nuestro grupo impresionista". Renoir, que la conocía bien, alabó también sus cualidades, y Manet, su mejor amigo y colaborador, sintió verdadera admiración por su libertad de experimentación.

La historia nos dice que desde mediados del siglo XIX, con el ascenso de una cierta clase media fruto de la industrialización en los países más ricos, se generó una actitud más abierta sobre la participación de la mujer en el mundo artístico. Aún así, como la Escuela de Bellas Artes permaneció cerrada para ellas hasta 1897, las jóvenes aspirantes a pintoras se vieron en la necesidad de recurrir a tutores particulares, o bien a las academias creadas por artistas varones. Este es el caso de la academia formada en 1868 por el retratista Rodolphe Julian. Gracias a este tipo de iniciativas, las mujeres fueron incorporándose progresivamente al varonil mundo artístico. Y no sólo eso. Paradójicamente, en cierto modo tuvieron la fortuna de no tener que soportar las trabas académicas de sus compañeros, y contra las que, por cierto, se sublevaron los más puros representantes del Impresionismo. Podían así dotar de una fresca espontaneidad a sus pinturas, lejos de las trabas impuestas por el academicismo oficial.

 

 Campesina tendiendo la ropa (1881), por Berthe Morisot, en el Ny Carlsberg Glyptotek, Copenhagen.



          Entre las pintoras impresionistas, muy valiosas algunas de ellas, la más importante fue muy posiblemente Morisot, pintora de paisajes rebosantes de frescura, de trazos desenvueltos, y casi siempre con la figura humana como punto de referencia. Unido a ello, fue también una extraordinaria pintora de escenas de la vida doméstica, donde podía recrearse y dar rienda suelta a sus dotes de observación, al igual que al tratamiento lleno de naturalidad de la intimidad familiar. De fuerte personalidad, luchó contra los convencionalismos sociales de la época, que tendían a recluir a las mujeres en el ámbito de lo privado. Prueba de ello es su dedicación profesional a la pintura, a pesar de la advertencia del profesor Guichard, quien hizo saber a la madre del peligro que acechaba a sus hijas Berthe y Edma, pues teniendo en cuenta sus dotes naturales, "mis enseñanzas no acabarán creando pequeños talentos de salón, sino que se convertirán en pintoras. ¿Es usted absolutamente consciente de lo que esto significa? Sería revolucionario, casi diría catastrófico, en un medio social de la alta burguesía". Resulta significativo, al respecto, el hecho de que ya en 1860 Berthe Morisot mostrara su interés por pintar al aire libre, a pesar de que esto no fuese del agrado de su maestro Guichard.



 El puerto de Lorient (1869), por Berthe Morisot, en la National Gallery of Art, Washington.



Desde que en 1861 Berthe conociera a Corot, se vería influida por su concepción artística serena, equilibrada, de indudable lirismo poético. Su forma de captar y reproducir la realidad a través del color y de la luz, abrió los ojos de la artista hacia nuevas formas de expresión. Morisot trabajó con él, y también tuvo oportunidad de conocer a Daubigny, paisajista de la Escuela de Barbizón, la que fuera precedente próximo del Impresionismo. Pero más importante aún para su vida fue el conocimiento de Manet, su futuro cuñado, con quien mantuvo desde 1868 una especial relación amistosa y artística que, de alguna manera, marcó el futuro de su obra. Ciertamente, ambos se influyeron entre sí, y ambos se vieron a su vez influidos por la corriente impresionista que llenó de vivos y luminosos colores sus paletas. También, unos años después, la pintora entabló una relación amistosa con Renoir, excelente pintor de formas suaves y voluptuosas, de rico colorido, pero tal vez sin la sutileza y finura de Morisot en la representación de los personajes en su ambiente familiar.

En una esfera artística dominada por los hombres, Berthe Morisot fue siempre consciente de su talento, al igual que del talento de sus compañeras. Así se entiende que escribiese: "Lo cierto es que nuestros valores se encuentran en el sentimiento, en la intención, en nuestra visión, que es más sutil que la de los hombres, y podemos lograr mucho si conseguimos que la afectación, la pedantería y el sentimentalismo no lo estropeen todo". Así fue, pues supo unir a esa visión sutil y a esa primacía del sentimiento, un destacado sentido del equilibrio y de la luz, al igual que un encanto particular, mezcla de pinceladas rápidas y sueltas, en la que dominan los colores suaves y cálidos. Esta es la razón de que sus obras puedan dar a veces la impresión de un esbozo de trazos vivos, llenos de espontaneidad, como se aprecia en el espléndido "Día de Verano" (1874). Además, su delicada paleta se puede también admirar en obras tan destacadas como “Dama en el tocador” (1875) y sobre todo en "El espejo de vestir" (1878), donde como acertadamente se ha señalado, la meditación callada e íntima del personaje frente al espejo contrasta con las más provocativas y eróticas representaciones de escenas familiares que realizaron otros pintores varones de la época.

 

Campo de grano (1875), por Berthe Morisot, en el Musée d'Orsay, Paris.



Muy interesante resulta ver la evolución del arte de Morisot. Para ello, conviene fijarse en primer lugar en las pinturas que presentó a la primera exposición impresionista de 1874. Concretamente, entre ellas se encuentran "La cuna" (1872), una de las obras que le dieron mayor renombre, y "El lilo de Maurecourt" (1874), obra cautivadora por su concepción y por su estilo, con ese toque mágico que resalta los diferentes tonos verdosos, iluminados por destellos de luz blanco-amarillenta. Aunque a comienzos de la década de los setenta Morisot era ya una artista consagrada, será poco después, a partir de su estancia en 1875 en la isla inglesa de Wight, cuando conforme su estilo más característico. Pinceladas cortas y rápidas diluyen cada vez más los contornos de las figuras, como sucede en los brochazos sueltos que configuran "En un banco del Bois de Boulogne" (1894), una de sus últimas obras. En ella, tras las dos jóvenes recogidas en concentrada lectura, apenas se intuye el camino y, en un segundo plano, aún menos a las dos mujeres que marchan conversando mientras un carruaje acaba de pasar. La disolución de la realidad de buena parte del cuadro prefigura la abstracción, en todo un ejercicio de modernidad.

No es de extrañar, por tanto -tal es lo avanzado de algunas de sus obras- que Berthe Morisot desconcertara a la crítica de su tiempo. Era su arte algo tan distinto de lo habitual. Así, por ejemplo, el crítico Charles Ephrussi, tras la quinta exposición impresionista de 1880, sólo encontró la fórmula poética para describirlo: "Parece que tritura pétalos de flores y los mezcla con su paleta, esparciéndolos luego en sus lienzos con ligeras y graciosas pinceladas, realizadas un poco al azar... creando una obra delicada, llena de encanto y de vida, que intuimos más que vemos". Tal se podría decir de una de sus pinturas de mayor fuerza expresiva y menor definición de contornos y formas, "El balcón" (1881), o del “Interior de una casa de campo” (1886). Y es que, como comentara el crítico Gustave Geffroy por aquel entonces, "aunque las formas que aparecen en las pinturas de Morisot son siempre vagas, poseen una vida extraña. La artista ha logrado definir el juego de colores, la palpitación entre las cosas y el aire que las envuelve". Y todo esto es lo que hace que el arte de Berthe Morisot fuera tan novedoso en su época y siga resultando, a la vuelta de más de un siglo, tan rotundamente moderno.