martes, 15 de noviembre de 2011

Sobre Berthe Morisot en el Thyssen-Bornemisza...


"Lo cierto es que nuestros valores se encuentran en el sentimiento, en la intención,
en nuestra visión, que es más sutil que la de los hombres, y podemos lograr mucho
si conseguimos que la afectación, la pedantería y el sentimentalismo no lo estropeen todo"
(Berthe Morisot)


         Corren buenos tiempos para los amantes del impresionismo. Merced a un importante acuerdo de préstamo con el Musée Marmottan Monet de París, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta desde hoy hasta el próximo 12 de febrero, y por primera vez en España, una exposición monográfica dedicada a la artista impresionista Berthe Morisot. Casada con Eugène Manet, hermano de su maestro, Édouard Manet, fue la primera pintora en unirse al Impresionismo, participando en la ya mítica Primera Exposición Impresionista, en 1874, y en otras posteriores. Más de treinta obras procedentes del Marmottan Monet, junto a otras pertenecientes a las colecciones Thyssen, permitirán descubrir una pintura que, ya sea a través de paisajes o de escenas cotidianas y femeninas, destila elegancia y luminosidad. Su vida y su obra permiten acercarse también al papel de la mujer en la Francia de finales del siglo XIX, porque Berthe Morisot no sólo fue una gran creadora, sino también una mujer burguesa, urbana, preocupada por la moda y una activa animadora cultural, que apoyó a intelectuales y artistas como Manet, Renoir, Monet, Pissarro, Degas o Mallarmé. En palabras de Paul Valery: “La peculiaridad de Berthe Morisot es haber vivido su pintura y haber pintado su vida”



Retrato de Berthe Morisot recostada (1873), por Édouard Manet, en el Musée Marmottan Monet, París.



La figura de Berthe Morisot (Bourges,1841-París,1895) nunca ha sido debidamente valorada entre los grandes exponentes del Impresionismo, sin duda por la falta de un conocimiento adecuado de su obra. Y resulta cuando menos sorprendente, pues su arte resuelto, delicado y vigoroso a la vez, es de una modernidad manifiesta. Pudo influir en ello el hecho de que fuera mujer, en un mundo -el del arte en general, y el de la pintura en particular- reservado tradicionalmente para los varones. En este sentido, hay que reconocer que el papel creativo de las mujeres fue durante mucho tiempo limitado, al ser excluidas de las Academias de Bellas Artes por hombres que preferían verlas dedicadas a la esfera de lo puramente doméstico o, en cualquier caso, a un mundo alejado de la práctica profesional de las artes. Pero lo cierto es que Monet, Pisarro, Renoir y demás, fueron conscientes de la valía de Morisot, quien, como recordara Pisarro en 1895, fue una "gran mujer de extraordinario talento que honró a nuestro grupo impresionista". Renoir, que la conocía bien, alabó también sus cualidades, y Manet, su mejor amigo y colaborador, sintió verdadera admiración por su libertad de experimentación.

La historia nos dice que desde mediados del siglo XIX, con el ascenso de una cierta clase media fruto de la industrialización en los países más ricos, se generó una actitud más abierta sobre la participación de la mujer en el mundo artístico. Aún así, como la Escuela de Bellas Artes permaneció cerrada para ellas hasta 1897, las jóvenes aspirantes a pintoras se vieron en la necesidad de recurrir a tutores particulares, o bien a las academias creadas por artistas varones. Este es el caso de la academia formada en 1868 por el retratista Rodolphe Julian. Gracias a este tipo de iniciativas, las mujeres fueron incorporándose progresivamente al varonil mundo artístico. Y no sólo eso. Paradójicamente, en cierto modo tuvieron la fortuna de no tener que soportar las trabas académicas de sus compañeros, y contra las que, por cierto, se sublevaron los más puros representantes del Impresionismo. Podían así dotar de una fresca espontaneidad a sus pinturas, lejos de las trabas impuestas por el academicismo oficial.

 

 Campesina tendiendo la ropa (1881), por Berthe Morisot, en el Ny Carlsberg Glyptotek, Copenhagen.



          Entre las pintoras impresionistas, muy valiosas algunas de ellas, la más importante fue muy posiblemente Morisot, pintora de paisajes rebosantes de frescura, de trazos desenvueltos, y casi siempre con la figura humana como punto de referencia. Unido a ello, fue también una extraordinaria pintora de escenas de la vida doméstica, donde podía recrearse y dar rienda suelta a sus dotes de observación, al igual que al tratamiento lleno de naturalidad de la intimidad familiar. De fuerte personalidad, luchó contra los convencionalismos sociales de la época, que tendían a recluir a las mujeres en el ámbito de lo privado. Prueba de ello es su dedicación profesional a la pintura, a pesar de la advertencia del profesor Guichard, quien hizo saber a la madre del peligro que acechaba a sus hijas Berthe y Edma, pues teniendo en cuenta sus dotes naturales, "mis enseñanzas no acabarán creando pequeños talentos de salón, sino que se convertirán en pintoras. ¿Es usted absolutamente consciente de lo que esto significa? Sería revolucionario, casi diría catastrófico, en un medio social de la alta burguesía". Resulta significativo, al respecto, el hecho de que ya en 1860 Berthe Morisot mostrara su interés por pintar al aire libre, a pesar de que esto no fuese del agrado de su maestro Guichard.



 El puerto de Lorient (1869), por Berthe Morisot, en la National Gallery of Art, Washington.



Desde que en 1861 Berthe conociera a Corot, se vería influida por su concepción artística serena, equilibrada, de indudable lirismo poético. Su forma de captar y reproducir la realidad a través del color y de la luz, abrió los ojos de la artista hacia nuevas formas de expresión. Morisot trabajó con él, y también tuvo oportunidad de conocer a Daubigny, paisajista de la Escuela de Barbizón, la que fuera precedente próximo del Impresionismo. Pero más importante aún para su vida fue el conocimiento de Manet, su futuro cuñado, con quien mantuvo desde 1868 una especial relación amistosa y artística que, de alguna manera, marcó el futuro de su obra. Ciertamente, ambos se influyeron entre sí, y ambos se vieron a su vez influidos por la corriente impresionista que llenó de vivos y luminosos colores sus paletas. También, unos años después, la pintora entabló una relación amistosa con Renoir, excelente pintor de formas suaves y voluptuosas, de rico colorido, pero tal vez sin la sutileza y finura de Morisot en la representación de los personajes en su ambiente familiar.

En una esfera artística dominada por los hombres, Berthe Morisot fue siempre consciente de su talento, al igual que del talento de sus compañeras. Así se entiende que escribiese: "Lo cierto es que nuestros valores se encuentran en el sentimiento, en la intención, en nuestra visión, que es más sutil que la de los hombres, y podemos lograr mucho si conseguimos que la afectación, la pedantería y el sentimentalismo no lo estropeen todo". Así fue, pues supo unir a esa visión sutil y a esa primacía del sentimiento, un destacado sentido del equilibrio y de la luz, al igual que un encanto particular, mezcla de pinceladas rápidas y sueltas, en la que dominan los colores suaves y cálidos. Esta es la razón de que sus obras puedan dar a veces la impresión de un esbozo de trazos vivos, llenos de espontaneidad, como se aprecia en el espléndido "Día de Verano" (1874). Además, su delicada paleta se puede también admirar en obras tan destacadas como “Dama en el tocador” (1875) y sobre todo en "El espejo de vestir" (1878), donde como acertadamente se ha señalado, la meditación callada e íntima del personaje frente al espejo contrasta con las más provocativas y eróticas representaciones de escenas familiares que realizaron otros pintores varones de la época.

 

Campo de grano (1875), por Berthe Morisot, en el Musée d'Orsay, Paris.



Muy interesante resulta ver la evolución del arte de Morisot. Para ello, conviene fijarse en primer lugar en las pinturas que presentó a la primera exposición impresionista de 1874. Concretamente, entre ellas se encuentran "La cuna" (1872), una de las obras que le dieron mayor renombre, y "El lilo de Maurecourt" (1874), obra cautivadora por su concepción y por su estilo, con ese toque mágico que resalta los diferentes tonos verdosos, iluminados por destellos de luz blanco-amarillenta. Aunque a comienzos de la década de los setenta Morisot era ya una artista consagrada, será poco después, a partir de su estancia en 1875 en la isla inglesa de Wight, cuando conforme su estilo más característico. Pinceladas cortas y rápidas diluyen cada vez más los contornos de las figuras, como sucede en los brochazos sueltos que configuran "En un banco del Bois de Boulogne" (1894), una de sus últimas obras. En ella, tras las dos jóvenes recogidas en concentrada lectura, apenas se intuye el camino y, en un segundo plano, aún menos a las dos mujeres que marchan conversando mientras un carruaje acaba de pasar. La disolución de la realidad de buena parte del cuadro prefigura la abstracción, en todo un ejercicio de modernidad.

No es de extrañar, por tanto -tal es lo avanzado de algunas de sus obras- que Berthe Morisot desconcertara a la crítica de su tiempo. Era su arte algo tan distinto de lo habitual. Así, por ejemplo, el crítico Charles Ephrussi, tras la quinta exposición impresionista de 1880, sólo encontró la fórmula poética para describirlo: "Parece que tritura pétalos de flores y los mezcla con su paleta, esparciéndolos luego en sus lienzos con ligeras y graciosas pinceladas, realizadas un poco al azar... creando una obra delicada, llena de encanto y de vida, que intuimos más que vemos". Tal se podría decir de una de sus pinturas de mayor fuerza expresiva y menor definición de contornos y formas, "El balcón" (1881), o del “Interior de una casa de campo” (1886). Y es que, como comentara el crítico Gustave Geffroy por aquel entonces, "aunque las formas que aparecen en las pinturas de Morisot son siempre vagas, poseen una vida extraña. La artista ha logrado definir el juego de colores, la palpitación entre las cosas y el aire que las envuelve". Y todo esto es lo que hace que el arte de Berthe Morisot fuera tan novedoso en su época y siga resultando, a la vuelta de más de un siglo, tan rotundamente moderno.

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