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viernes, 27 de abril de 2012

Sobre el dinosaurio criollo en la Formación La Quinta, Táchira (Venezuela): Lesothosaurus vs Fabrosaurus...

En la parte norte de Sudamérica los restos de dinosaurios son excepcionalmente escasos lo que ha venido haciendo dificultoso la investigación sobre la fauna jurásica en estas tierras. El único dinosaurio conocido en Venezuela fue hallado en 1992 por un grupo de investigadores en el estado Táchira, muy cerca de La Grita, municipio de Jáuregui, en lo que se conoce como la Formación La Quinta. El equipo investigador, formado por D. E. Russell, O. O. Rivas, B. Battail y D. A. Russell, se encontraba en la zona en misión de reconocimiento donde, sin aún hoy saber si de forma accidental o fruto de una búsqueda sistematizada, fueron encontradas algunas vértebras de ornitisquio (los de “cadera de ave”) que posteriormente se identificaron como pertenecientes a la especie Lesothosaurus y con una antigüedad, depende de los autores, entre 175 y 208 millones de años, Jurásico Medio a Inferior. Las muestras se encuentran desde entonces en París, por no existir en Venezuela paleontólogos expertos en la reparación de piezas fósiles, y existe un compromiso, aun no cumplido, para su regreso a Venezuela una vez finalizada la restauración a la que están siendo sometidas.



 Recreación artística de Lesothosaurs/Fabrosaurus.


 
El ejemplar de la Formación La Quinta fue el primer dinosaurio descrito en la prestigiosa revista de la Academia de Ciencias de París mediante el paper Découverte de vertébrés fossiles dans la Formation de La Quinta, Jurassique du Vénézuéla occidental [Discovery of fossil vertebrates in the La Quinta Formation, Jurassic of western Venezuela]. Por su parte, el investigador francés Paul Sereno fue el encargado de presentar el fósil del dinosaurio tras su ubicación taxonómica como Lesothosaurus diagnosticus (Galton, 1978), ya que antes del hallazgo del espécimen venezolano, el propio Sereno había descubierto en Sudáfrica el dinosaurio Lesothosaurus que es prácticamente igual y con todas las características al encontrado en Venezuela (recuérdese que África y Sudamérica están unidas en el Jurásico Inferior). Sin embargo, en el IV Congreso Europeo sobre Paleontología de Vertebrados celebrado en España en 1999, el paleontólogo Fabien Knoll, del Museo de Historia Natural de Paris, sugirió que el Lesothosaurus venezolano pertenece en realidad a otro género de la familia Fabrosauridae.




 
 Situación de la Formación La Quinta antes de la separación de Pangea.



El primer Lesothosaurus fue descubierto en la Formación Ellio Superior, en Lesotho, Sudáfrica, en el distrito de Mafeteng. Poco más largo que un pavo doméstico, nunca más de un metro de longitud ni medio metro de alto, fue uno de los dinosaurios más pequeños que existieron y una de las presas más inmediatas. Tenía una cabeza de cráneo pequeño, en el que se supone que albergaba una bolsa lateral, situada delante del ojo, contenedora de una glándula de sal. Probablemente en sus pequeños carrillos carnosos disponía de numerosos dientes de bordes afilados parecidos a puntas de flecha, adaptados para pacer o cortar en vez de para triturar, con los que desmenuzaba los brotes duros y leñosos de las plantas antes de engullirlas y un pico profundo en el hocico. Aparte de un más que probable espacioso estómago, el pequeño fitófago era de constitución ligera, con un cuello delgado, brazos cortos y garras de cinco dedos, con el quinto más corto que los restantes, largas tibias en las patas y tres dedos en sus pies. La estructura de su cadera ya era análoga a la de las aves: el pubis, como el isquion, se dirigía hacia atrás, y el acetábulo se había transformado en una abertura ancha. Los tendones y huesos que rigidizaban su cola contrarrestaban el balanceo transmitido al cuerpo por las caderas en la carrera, durante la cual cuello, espalda y cola formaban una línea recta.

Lesothosaurus, de pronunciados hábitos gregarios, podía haber pastado a cuatro patas, cortando con su rígido pico las hojas y tallos de las plantas bajas que constituían su alimento. Mientras comía, de cuando en cuando, podría levantar la cabeza para observar a su alrededor y huir corriendo de cualquier depredador, terópodos principalmente, que apareciera repentinamente. A juzgar por sus largas tibias y cortos fémures, Lesothosaurus sería un excelente esprínter que alcanzaría una velocidad cercana a los 40 km/h.

Al igual que algunos ornistiquios primitivos, Lesothosaurus evolucionó hacia otros dinosaurios vegetarianos bípedos y aunque anteriormente se le consideró un tipo muy primitivo de ornitópodo (uno de los primeros miembros del mismo grupo que otros géneros más tardíos como los hadrosaurios o Iguanodón), hoy en día se considera que apareció demasiado pronto para ser un ornitópodo y se clasifica como un pre-ornitópodo en un grupo propio sin parientes próximos.



 Comparación corporal entre una gallina doméstica y Lesothosaurus/Fabrosaurus.



Es posible que los huesos fósiles asignados a Lesothosaurus en 1978 sean los mismos que los del Fabrosaurus, reptil de Fabre, nombrado en 1964 a partir de algunos dientes y un trozo mal conservado de mandíbula inferior encontrados por Leonard Ginsburg. Aunque evidencias fósiles posteriores llevan a muchos expertos a distinguir entre Fabrosaurus y Lesothosaurus, descubierto después, otras muchas autoridades consideran razonable que las dos criaturas sean el mismo animal. Dado que los restos de Fabrosaurus se encuentran en paupérrimas condiciones, no es posible tomar una decisión firme al respecto. Si con el tiempo se concluye en que se trata de la misma especie, será designado únicamente como Fabrosaurus, su nombre más antiguo, por estar así establecido en la nomenclatura binomial desde tiempos de Linneo.

La flora fósil y los invertebrados hallados en la Formación La Quinta revelan ecosistemas continentales y de agua dulce y salada, incluyendo llanuras aluviales, pantanos, lagunas de agua dulce y extensiones semi-áridas. Además, por su edad y ubicación geográfica, la Formación La Quinta tiene el potencial de proporcionar una importante ventana a la evolución de los dinosaurios y paleobiogeografía en Sudamérica. Aunque la mayor parte de los restos fósiles hallados se atribuyeron inicialmente a un único dinosaurio, los trabajos recientes sugieren que más de un taxón de dinosaurios pueda estar representado en las muestras.

Así también se deduce tras los trabajos realizados con posterioridad al equipo francés por John M. Moody (profesor de Geología en la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela), quien tras enterarse por las revistas del hallazgo del equipo francés exploró el lugar acompañado de algunos de sus estudiantes, obteniendo una nutrida colección de elementos dentales, craneales y postcraneales de dinosaurio. Aunque los distintos elementos están desarticulados y su asociación se antoja complicada, por lo menos dos taxones distintos parecen estar presentes. Sin embargo, los dientes hallados por el equipo de Moody son ligeramente diferentes de los de los ornitisquios. Estas muestras halladas por el equipo zuliano se encuentran incorporadas al Museo de Biología de la Universidad del Zulia. Serían necesarios estudios detallados y comparaciones adicionales para dar luz a la asignación filogenética de la posible nueva especie de dinosaurio.



 Esqueleto y otros detalles de la estructura ósea de Lesothosaurus/Fabrosaurus.



  • D. B. Weishampel, P. M. Barrett, R. A. Coria, J. Le Loeuff, X. Xu, X. Zhao, A. Sahni, E. M. P. Gomani, and C. R. Noto. 2004. Dinosaur distribution. In D. B. Weishampel, H. Osmolska, and P. Dodson (eds.), The Dinosauria (2nd edition). University of California Press, Berkeley 517-606
  • F. E. Novas. The Age of Dinosaurs in South America. 2009. Indiana University Press
  • D. E. Russell, O. O. Rivas, B. Battail and D. A. Russell. 1992. Découverte de vertébrés fossiles dans la Formation de La Quinta, Jurassique du Vénézuéla occidental [Discovery of fossil vertebrates in the La Quinta Formation, Jurassic of western Venezuela]. Comptes Rendus de l'Académie des Sciences, Paris, Série II 314:1247-1252
  • M. R. Sanchez-Villagra and J. M. Clark. 1994. An ornithischian from the Jurassic of the Venezuelan Andes. Journal of Vertebrate Paleontology 14(3, suppl.):44ª
  • F. Knoll. 2002. Nearly complete skull of Lesothosaurus (Dinosauria: Ornithischia) from the Upper Elliot Formation (Lower Jurassic: Hettangian) of Lesotho. Journal of Vertebrate Paleontology, 22, 2,238-243
  • P. C. Sereno. 1984. The phylogeny of the Ornithischia: A reappraisal. In: Reif, W.-E., and Westphal, F. (eds.), 3d Symp. Mesozoic Terr. Ecosyst. Short Pap. Attempto Verlag, Tübingen. Pp. 219-226
  • P. C. Sereno. 1991. Lesothosaurus, “Fabrosaurids”, and the Early Evolution of Ornithischia. Journal of Vertebrate Paleontology, Vol 11, No. 2, Pp. 168-197
  • BARRETT et al. 2008, Dinosaur remains from the La Quinta Formation (Lower or Middle Jurassic) of the Venezuelan Andes. Paläontologische Zeitschrift. Vol. 82/2, p. 163–177

          Agradezco enormemente las indicaciones ofrecidas para realizar esta investigación a la profesora Reina Durán, arqueóloga, antropóloga y fundadora-directora del Museo Arqueológico del Táchira (Venezuela).


domingo, 19 de febrero de 2012

Sobre la proyección parietal, valona, gola o gorguera de los dinosaurios ceratópsidos...

Los ceratópsidos se caracterizaron por disponer de grandes cráneos dotados de cuernos (sobre los ojos o sobre la nariz, pero rara vez en ambos lugares) y unas considerables proyecciones parietales a modo de repisas o áreas expandidas en los márgenes del cráneo, desde la región de las "mejillas" hacia arriba, hasta detrás de la parte superior de la cabeza. Este rasgo está presente en todos los especímenes en diferentes grados: como protuberancias ocasionales o puntas aquí y allá, como proyecciones más grandes o como una repisa más completa o gorguera extendida sobre todo el cuello y los hombros. Estos bordes craneales o extensiones marginales también se encontraban presentes en otro grupo de dinosaurios fitófagos, los paquicefalosaurios o “cabeza de hueso”. Este hecho ha llevado a los paleontólogos a agrupar a estos últimos con los ceratópsidos, como parientes próximos dentro de un grupo mayor de dinosaurios denominado marginocéfalos o “cabezas con margen”.


Cabeza de Triceratops a escala real, en el Cleveland Museum of Natural History.



Ya desde inicios del siglo XX, cuando la  gorguera nucal era conocida entre los antropólogos como hueso dermosupraoccipital, la función de esta proyección parietal en los ceratópsidos ha sido ampliamente debatida. En la mayor parte de los géneros, excepto en Triceratops, no se trataba de un hueso sólido y podría haber tenido poca utilidad como escudo protector en posibles luchas entre ejemplares o como defensa ante depredadores. Por ejemplo, en Arrhinoceratops la gola, de no más de 20 mm de espesor, estaba ribeteada de protuberancias óseas y presentaba (como Diceratops o Centrosaurus) dos aberturas revestidas de piel que aligeraban bastante su peso. Otros ceratópsidos presentaban gorgueras extremadamente gruesas, caso de Avaceratops, o de grandes dimensiones, como la de Pentaceratops, que superaba los tres metros de diámetro, o Chasmosaurus con su imponente placa cuadrada más larga que su propia cabeza. Del lado contrario se pueden citar a Prenoceratops, con vestigios de una valona rudimentaria, y Leptoceratops, con una placa apenas apreciable.

          Una propuesta teórica, en la actualidad rechazada por la mayoría de los dinosauriólogos, es que la gola proporcionaba una extensa superficie para fijar los poderosos músculos de la cabeza y la mandíbula que intervienen en la masticación, con lo que se reforzaría el movimiento mandibular del animal. La ausencia de marcas de inserción muscular en las proyecciones parietales de la mayor parte de los diferentes géneros de neoceratópsidos parece indicar que no existían músculos en esa zona.

Otra de las propuestas sugiere que la proyección parietal pudiese tener una función protectora para el cuello, especialmente en aquellos animales en los que las aberturas parietales estuviesen reducidas o incluso ausentes. Pero la mayoría de géneros tiene unas fenestras parietales bien desarrolladas, que suponen un elevado porcentaje del área total de la proyección parietal. Esta característica haría descartar dicha estructura como medio defensivo, principalmente frente a los tiranosaurios.

Cuernos y gorgueras también pudieron tener una función termorreguladora, lo cual resulta mucho más factible en el caso de la gorguera por ostentar esta una acusada estructura vascular, especialmente en la cara superior. En ella, la sangre circulante se calentaría bajo el sol o se refrescaría con el viento, cuando el animal se colocase en la posición debida.



Réplica de Triceratops a escala real (6.40 m de longitud), en el Cleveland Museum of Natural History.



Otras teorías sostienen que podría haber sido utilizada como recurso de comunicación visual entre individuos. El hallazgo de enormes cantidades de individuos de la misma especie en las llamadas bone beds (capas de huesos donde aparecen millares de estos) apuntala la idea de que eran animales gregarios que vivían en grandes manadas de desplazamientos estacionales, como sucede actualmente con los grandes herbívoros de la sabana africana. Además, la presencia de ornamentaciones accesorias (en forma de espinas de distintos tamaños y formas) contribuiría a incrementar su valor como estructura de señalización. Es probable que la superficie dorsal de la gorguera estuviese adornada con diferentes patrones de llamativos colores, únicos para cada especie e incluso diferentes entre machos y hembras, o entre los mismos individuos (como sucede con las cebras, por ejemplo), y que estos patrones sirviesen como medio de reconocimiento entre los individuos. Además, cuando el animal agachaba la cabeza la gorguera se situaba prácticamente en vertical y esta posición podría ser utilizada como amenaza ante depredadores o ante rivales de la misma especie, en época de celo, además de conducta de conquista, en un comportamiento similar al que ejecutan los pavos reales al desplegar la cola. Lamentablemente, no existen evidencias sobre la presencia de patrones de colores en la proyecciones parietales de los ceratópsidos, puesto que los colores rara vez se mantiene en los fósiles.


jueves, 29 de diciembre de 2011

Sobre una nueva teoría para la extinción masiva del límite K/T...

            Hablábamos no hace mucho sobre las múltiples y variopintas teorías propuestas para explicar la extinción masiva (la de los dinosaurios, entre otros) de hace aproximadamente sesenta y cinco millones de años. La entrada referida, lo más visto en este blog hasta la fecha, podría ser actualizada casi de forma mensual en razón a las sucesivas nuevas publicaciones de estudios e investigaciones al respecto. Reseñamos en esta ocasión el último de estos estudios, End-Cretaceous marine mass extinction not caused by productivity collapse, principalmente por su coautoría a cargo de la paleontóloga oscense, y profesora en la Universidad de Zaragoza, Laia Alegret.



Un mosasauro acosa a dos ictiosaurios, coincidentes únicamente durante el Cretácico Superior.
Ilustración de 1912 a cargo de Heinrich Harder (1858-1935), publicada en Die Wunder der Urwelt.



El paper de Alegret, junto con Kyger C. Lohmann, de la Universidad de Michigan, y Ellen Thomas, de la Universidad de Yale, fue presentado el pasado 9 de octubre en el Geological Society of America (GSA) Annual Meeting en Minneapolis y ahora se publica en la última edición de Proceedings of the National Academy of Sciences. La investigación sostiene que la fotosíntesis y la cadena alimenticia en los océanos se recuperaron mucho antes de lo que se creía tras el impacto del meteorito que cayó cerca de la península de Yucatán. También descarta el oscurecimiento del planeta como principal causa de la cadena de extinción, ya que no todos los microorganismos que realizaban la fotosíntesis desaparecieron por completo, sólo aquellos poseedores de conchas carbonatadas. 

Tras el impacto, una rápida acidificación de las aguas superficiales explicaría por qué el 70% de las especies fueron extinguidas mientras aquellas que habitaban los fondos oceánicos lograron sobrevivir. Este descenso súbito del pH de las aguas, se habría prolongado muy poco tiempo en términos geológicos (de meses a años) y habría tenido lugar únicamente en las aguas superficiales oceánicas. Además explicaría la extinción masiva de la mayoría de organismos de conchas carbonatadas que flotan en las aguas superficiales, por la disolución de estas conchas debido a la disminución del pH, así como de los mosasaurios (reptiles marinos emparentados con los actuales varanos) y ammonites. Puesto que la acidez de las aguas no llegaría a los fondos oceánicos, este modelo también daría solución a la supervivencia de los organismos que habitaban allí.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Sobre Triceratops, Tyler Lyson y, de forma general, la extinción de los dinosaurios...

Extraño es el mes, o incluso la semana, en los que no se publique en prensa generalista alguna reseña sobre la ya sobrescrita extinción de los dinosaurios, no sin olvidarnos de los diferentes reportajes y dossieres publicados en revistas especializadas (léase National Geographic, Quo, Muy Interesante...). De otro lado, los más importantes repositorios científicos engrosan sus archivos con nuevos artículos, algunos de los cuales son merecedores de relevantes factores de impacto en Nature o Scientific American, por citar sólo un par de ellas y quizá las más conocidas.

El pasado agosto, el mes que equivocadamente se cree que más gente lee, me encontré con dos artículos en relación al asunto de esta entrada. El primero de ellos aparece en el diario Público firmado Jorge Morales, profesor de investigación del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en el que se pregunta, y responde adecuadamente, el porqué de si un gran meteorito provocó la extinción de los dinosaurios otras especies consiguieron sobrevivir. El segundo artículo, en la publicación Investigación y Ciencia, versión española de la americana Scientific American, anota que Tyler Lyson, de la Universidad de Yale, y su equipo de paleontólogos han descubierto en las formaciones de Hell Creek, Montana, el fósil de dinosaurio más reciente registrado hasta ahora.



Reconstrucción digital de la cabeza de Triceratops, creado en Dotnamestudios para la aplicación de iPad Dinosaur Zoo.


          Independientemente de lo que puedan aportar las investigaciones recientes, la paleontología del siglo XX permitió confirmar que uno de los acontecimientos más notables al final del periodo Cretácico, hace unos 65 millones de años, fue la extinción de un gran número de organismos entre los cuales se encontraban los dinosaurios. Esta misteriosa extinción ha despertado la imaginación de científicos, escritores y advenedizos, quienes a lo largo del tiempo han propuesto diversas teorías, algunas serias y juiciosas, otras del todo disparatadas, y algunas más que no pasan de ser chistosas. A modo de curiosidad, en 1963 el profesor norteamericano Glenn Lowell Jepsen, de la Universidad de Princeton, recopiló cuarenta y seis teorías, y se han publicado muchas más desde entonces. Entre las que han despertado mayor interés se pueden citar, por ejemplo, las siguientes:
  1. Cambios climáticos globales, calentamientos o enfriamientos tan severos que los dinosaurios no fueron capaces de soportar.
  2. Cambios significativos en la vegetación del planeta, alterando las cadenas alimenticias establecidas por millones de años.
  3. Enfermedades causadas por parásitos que atacaron a los dinosaurios.
  4. Acción de los mamíferos primitivos, que al comerse los huevos de los dinosaurios impidieron su nacimiento.



Triceratops, que literalmente significa "cara con tres cuernos", deriva del griego antiguo
 tri/τρι- qie significa "tres", ceras/κέρας por "cuerno", y -ops/ωψ por "cara".


Desde el último tercio del siglo pasado dos teorías han recibido mucha atención por parte de los científicos y el público en general: una establece que un meteorito de enorme tamaño, o varios de considerables dimensiones, cayeron sobre la Tierra y su efecto fue tal que provocó la extinción de los dinosaurios. La otra propone que la cantidad de dinosaurios existentes se habría reducido por causas naturales estrictamente terrestres, por lo que estos se encontraron en proceso de extinción.

Esta última, la teoría gradualista, se apoya en el hecho de que a finales del Cretácico sólo existían doce especies de dinosaurios, y puede decirse que estos animales ya se encontraban en franca decadencia. Su extinción fue gradual y se habría iniciado millones de años antes de la colisión del meteorito. A pesar de que existe innegable evidencia del impacto meteorítico, se debe contar con un modelo razonable que explique porqué muchos grupos de plantas y animales no fueron exterminados por él. Dentro de estos grupos de organismos se encuentran tortugas, cocodrilos, lagartijas, aves, mamíferos placentados, algunos mamíferos marsupiales, insectos y numerosos animales marinos, entre ellos ostiones, almejas, caracoles, estrellas de mar y erizos.

Por su parte, la teoría catastrofista establece que un meteorito de, por lo menos, 10 km de diámetro impactó sobre la Tierra a una velocidad aproximada de 30 km/s (según Walter Álvarez en Tyrannosaurus Rex y el cráter de la muerte, y como me reiteró vía correo electrónico el profesor de la Universidad de Oviedo Dr. José Carlos García-Ramos, director del Museo del Jurásico de Asturias, MUJA). El impacto provocó tormentas de fuego, lluvia ácida y una gigantesca nube de polvo que, en su incorporación a la circulación atmosférica, cubrió el planeta en pocos días, impidiendo el paso de la luz solar. Este efecto, similar a lo que se conoce como invierno nuclear, generó una drástica disminución de la temperatura del planeta y bloqueó la función fotosintética de las plantas. El resultado del impacto fue una reacción en cadena, en la que murieron plantas, vegetarianos y carnívoros, incluyendo los dinosaurios. Los Institutos de Geología, Astronomía y Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México, continúan realizando investigaciones en el estado de Yucatán, donde se localiza el cráter de más de 180 km de diámetro, causado por la caída del meteorito, que se conoce como el Cráter Chicxulub.


Cráter Chicxulub, al noroeste de la península de Yucatán, en México.


El fósil hallado por Lyson y colaboradores en Hell Creek, un cuerno de 45 cm perteneciente a un Triceratops u otra especie similar, se encontraba 13 cm por debajo del límite K/T, la capa de sedimentos que marca el momento geológico en que se produjo el impacto del asteroide. Hasta la fecha, no se habían encontrado restos de dinosaurios asociados a esta violenta explosión producida en la Península de Yucatán, en México y sólo se habían hallado fósiles de estos animales a 3 m por debajo del límite K/T. Para algunos, la escasez de restos de muestras en esta brecha muestra que los dinosaurios se habrían extinguido de forma gradual mucho antes del impacto del asteroide, pero el descubrimiento de Lyson sugiere que la brecha de los 3 m no existe y el hecho de que el ejemplar se sitúe tan cerca del límite indica que, al menos, algunos dinosaurios sobrevivieron hasta poco antes del momento del impacto. Aunque la edad exacta del fósil descubierto está por determinar, Lyson sostiene que probablemente vivió de decenas de miles a unos poco miles de años antes del evento y que el impacto del meteorito fue la causa probable de la extinción de los dinosaurios, no siendo esta gradual.

Una más reciente propuesta teórica, basada en descubrimientos de dinosaurios con evidencias de plumas como Caudipteryx, realizados principalmente en China, y de pequeñas aves que aún conservaban los dientes, como Iberomesornis en España, sugiere que no se extinguieron en el llamado límite Cretácico-Terciario sino que una rama de la Familia de los Compsognátidos evolucionó y dio origen a las aves. Esta idea se refuerza más estudiando y comparando los esqueletos de los reptiles, los dinosaurios y las aves, concluyendo que dinosaurios y aves comparten alrededor del 75 % de semejanza, en cambio dinosaurios y reptiles sólo son parecidos en un 15%.


Caudipteryz, del griego "cola emplumada", cuyos primeros fósiles fueron hallados en
la Formación Yixián, provincia de Liaoning, al noreste de China, en 1997.



Los fósiles de Iberomesornis, del griego "ave media ibérica", fueron encontrados en el yacimiento de Las Hoyas,
Cuenca (España), donde compartía nicho ecológico con cocodrilos, tortugas, Iguanodones y Pelecanimimus.
 

En lo límitado del espacio dispuesto, el artículo de Jorge Morales, en Público, hace un repaso general a las extinciones masivas ocurridas a lo largo de la historia de la Tierra y las atribuye a cambios ambientales a muy gran escala, provocados fundamentalmente por dos tipos de causas: cambios orbitales y de la radiación en el Sistema Solar e impacto de meteoritos o de cometas,  y cambios terrestres (principalmente vulcanismo y tectónica de placas), o incluso por la asociación de fenómenos de ambos tipos.

Algunas de estas grandes extinciones son procesos largos, que pueden durar varios millones de años, pero sus resultados pueden ser tan catastróficos como los que se producen por impactos de cometas o meteoritos. En ningún caso los organismos reaccionan de la misma manera ante una crisis ambiental; así, junto a los organismos que se extinguen, siempre hay grupos que no están afectados y otros que aparentemente salen beneficiados, posiblemente porque acaban ocupando ese espacio vacío dejado por los organismos extintos, por tener menos competidores e incluso porque desaparecen sus depredadores.

En referencia a la extinción de los dinosaurios, según Jorge Morales, no todo el mundo piensa que fuese un gran meteorito (o cometa) el causante. Hay alternativas que ven en la dinámica terrestre el origen de esta gran crisis, ya que a finales del Cretácico se detecta una importante bajada del nivel del mar y un aumento de las emisiones volcánicas, acontecimientos que podrían también explicar los cambios ambientales que llevaron a la extinción a muchos organismos.

Fuese cual fuese la causa de la gran extinción del final del Cretácico (la famosa extinción K/T), los comentarios anteriores sirven para explicar por qué se extinguieron los dinosaurios y no otros grupos de organismos. La crisis ambiental producida fue muy importante y se comprueba porque se produjeron numerosas extinciones de organismos marinos, desaparecieron ammonites y belemnites (cefalópodos), rudistas (bivalvos coloniales), mientras que otros grupos hasta entonces muy exitosos, como los corales y los braquiópodos, vieron disminuir sus efectivos drásticamente.

En los ecosistemas terrestres, los dinosaurios se extinguieron, pero sobrevivieron otros vertebrados de menor talla como las aves, cuyos ancestros se encontraban entre ellos y, por supuesto, los mamíferos beneficiados porque habían desaparecido los grandes depredadores de la época, lo que rápidamente dio lugar a un vertiginoso aumento de formas y tipos de todos los tamaños. También lo hicieron aquellos vertebrados, anfibios y cocodrilos, que habitaban los ríos, lagos y zonas pantanosas, donde encontraron refugio. Tampoco las plantas terrestres con flores sufrieron durante esta crisis.

En los mares del final del Cretácico, los peces óseos y los tiburones debieron encontrar áreas favorables para sobrevivir, y lo mismo les sucedió a las tortugas marinas. Otros grupos de organismos marinos, por ejemplo, los bivalvos, encontraron menos competidores.

En la actualidad, casi cada día, estamos viendo cómo declina la vida salvaje por todo el planeta y cómo aumenta la Lista Roja de especies amenazadas. Además, ya sabemos que muchas especies que viven en la actualidad no llegaremos a conocerlas hasta que descubramos sus fósiles en el futuro. Las causas, como en el pasado, podrían ser diversas, pero sin duda la más importante es el enorme impacto de la actividad humana en el medio natural. Con sólo un vistazo rápido podemos ver cómo los organismos de mayor talla como las ballenas, los grandes tiburones, los elefantes o aquellos más vulnerables por la reducción de sus hábitats serán los primeros en extinguirse.


Algunos libros a modo de introducción sobre el asunto son:
  • Wildford, El enigma de los dinosaurios, RBA, 1993.
  • Desmond, Los dinosaurios de sangre caliente, RBA, 1993.
  • Charig, La verdadera historia de los dinosaurios, Salvat, 1993.
  • Hsü, La gran extinción, Antoni Bosch editor, 1989.

Y otros que profundizan en el tema son:
  • Weishampel y Fastovsky, The evolution and extinction of the dinosaurs, Cambridge University Press, 2004.
  • Weishampel, Dodson y Osmolska, The dinosauria, University of Carlifornia Press, 2005. 

    martes, 13 de septiembre de 2011

    Sobre Planeta dinosaurio, la nueva serie documental de la BBC...

    Fue en 1999, hace ya doce años, cuando la BBC emitió la magnífica serie documental Caminando entre dinosaurios. Desde entonces, los recientes descubrimientos e investigaciones realizados han modificado algunos de los paradigmas existentes sobre estas especies tan legendarias. Por ello, mañana, 14 de septiembre de 2011, la cadena inglesa vuelve con una serie de seis episodios titulada Planet Dinosaur. Lo cuentan en su web, coming soon…