jueves, 21 de noviembre de 2013

Sobre un campeón desparejo, David Burliuk y Adolfo Bioy Casares...


            Frente a la casa de Ercilia no había lugar, de modo que debió dejar el coche en la otra cuadra. Un grupo de chiquilines jugaba al fútbol en medio de la calle. Desde Racing llegaba el clamor de los espectadores del partido contra Huracán. Antes de alejarse, miró a su Rambler y mentalmente le dijo: "Cuídate". No sólo peligraba por los pelotazos del fútbol callejero; en aquella época no era raro que a la salida de un partido los aficionados destrozaran lo que encontraban a su paso. Como tantas veces antes de empezar una visita, se dijo: "Va a ser corta". En Racing ya debían de estar jugando el segundo tiempo.
          ... ...
          Apurado, saludó y se fue.
        "Se diría que todo sigue igual", pensó. "En la otra cuadra todavía los chicos juegan al fútbol. Qué raro, de lejos parecen más grandes." No bien formuló la observación, comprendió: los que jugaban, o corrían, allá adelante, no eran chicos. Eran hombres, cuatro o cinco hombres y un chico. No jugaban al fútbol. Ahora zamarreaban al Rambler, como si quisieran volcarlo. Mientras corría se dijo: "Calma. Nada de peleas", y también: "El que me pareció un chico es un enano. Un enano y cuatro muchachones".

Un campeón desparejo, Adolfo Bioy Casares, 1993.



Don Quixote y Sancho Panza (1947), por David Burliuk. Oóleo sobre lienzo, 9x9 in. Colección particular.

martes, 12 de noviembre de 2013

De habilidades, triunfadores, Julia y Ramón Casas...

«Últimamente estás cambiando mucho», me dice una amiga. «¿Para mejor o para peor?», le pregunto. «Yo creo que para mejor», responde. Y yo sonrío. Parece que mi plan comienza a funcionar. He tardado un poco, pero ya estoy aprendiendo a dominar el funcionamiento de las redes sociales virtuales y no virtuales.

Para triunfar en esta vida, en palabras de García Martín, además de suerte y algún talento, hacen falta tres virtudes de las que yo siempre he andado escaso. La primera, la hipocresía. Yo siempre he sido un maleducado. O decía lo que pensaba, por desagradable que fuera, o lo callaba por timidez, pero lo daba claramente a entender. Ahora le he cogido el gusto a ser hipócrita. Es hasta divertido. Como representar una obra de teatro. La segunda, la falsa modestia. Sólo los que carecen por completo de ambición pueden permitirse el lujo de no ser modestos. Sin modestia no se consigue nada. Sin modestia fingida, por supuesto. La verdadera le vuelve a uno invisible. La tercera virtud, la más eficaz, es la adulación. Con la adulación se llega a todas partes, la adulación abre todas las puertas. Elogia, elogia sin tasa ─me digo─, que no hay elogio tan hiperbólico que no parezca verosímil para el adulado.

Si hubiera sabido esto a los veinte años, ahora sería un triunfador. Bueno, lo que habitualmente se entiende por ser un triunfador. Porque serlo, serlo, de alguna manera lo soy. ¿Qué mayor triunfo que haber hecho siempre lo que a uno le ha dado la gana?


Julia (h. 1909), por Ramón Casas. Óleo sobre lienzo. Colección privada.

martes, 29 de octubre de 2013

Sobre Darío de Regoyos, en el centenario de su muerte...


Darío de Regoyos playin the guitar (1882), por Theo van Rysselberghe. Óleo sobre tabla, 30x42,5 cm.
En el Musée Royaux des Beaux-Arts de Bruselas, Bélgica.

domingo, 27 de octubre de 2013

Sobre Sharaya, Alvaro Mutis y Cristobal Rojas...

Sharaya, el Santón de Jandripur, permanecía desde tiempos muy lejanos sentado a la orilla de la carretera, a la salida de la aldea. Allí recibía las escasas limosnas y las cada vez más raras oraciones de los aldeanos. Su cuerpo se había cubierto de una costra gris y su pelo colgaba en grasientas greñas por las que caminaban los insectos. Sus huesos, forrados por la piel, formaban ángulos oscuros e imposibles que daban a la inmóvil figura un aire pétreo y estatuario que en mucho contribuyera al olvido en que lo tenían las gentes del lugar. Sólo los viejos recordaban aún, entre la niebla de sus mocedades, la llegada del esbelto Santón, entonces con cierto aire mundano y dueño de una locuacidad en materias religiosas que fue perdiendo a medida que ganaba mayores y más vastos dominios en su tarea de meditación al pie del camino.

A pesar del poco o ningún caso que le hacían ahora los habitantes de la aldea, y tal vez gracias a ello, Sharaya era un atento observador de la vida circundante y conocía como pocos las intrincadas y mezquinas historias que se tejían y borraban en el pueblo al paso de los años.

Sus ojos adquirieron una dulce fijeza de bestia doméstica que las gentes confundían con la mansedumbre de la imbecilidad y que los prudentes reconocían como reveladora de la luminosa y total percepción de los más hondos secretos del ser.

Tal era Sharaya, el Santón de Jandripur en el Distrito de Lahore.


Sharaya, El último rostro, Alvaro Mutis, 1990.



Mimosa o Silla con flores (1890), por Cristobal Rojas. Óleo sobre tela, 33,7x24,6 cm.
Galería de Arte Nacional en Caracas, Venezuela.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sobre Manuel Alcorlo, Juan de Mairena y Antonio Machado...

La política, señores ─sigue hablando Mairena─, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y, naturalmente, contra vosotros. Sólo me atrevo a aconsejaros que la hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa; por ejemplo: de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos.

Y a quien os eche en cara vuestros pocos años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa de viejos. Hay movimientos políticos que tienen su punto de arranque en una justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer demasiado revolucionaria, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora. Hasta las madres -¿hay algo más conservador que una madre?- pudieran aconsejarla con estas o parecidas palabras: “Toma el volante, niño, porque estoy viendo que tu papá nos va a estrellar a todos -de una vez- en la cuneta del camino”.

Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, Antonio Machado, 1936.



Machado (2013), por Manuel Alcorlo. Óleo sobre tabla, 81x100 cm. Galería Van Dyck (Gijón).

jueves, 10 de octubre de 2013

Sobre la vida de las mujeres, Alice Munro, Oriente y Justo San Felices...

            Cuando vivíamos en aquella casa del final de Flats Road, y antes de que mi madre aprendiera a conducir, solíamos ir juntas a la ciudad andando; la ciudad era Jubilee, a un kilómetro y medio de distancia. Mientras ella cerraba la puerta con llave, yo tenía que correr hacia la verja y mirar a ambos lados de la carretera, parar asegurarme de que no venía nadie. ¿Quién podía estar en esa carretera, aparte del lechero y de tío Benny? En cuanto hacía un gesto de negación, ella escondía la llave debajo del segundo poste del porche, donde se había podrido la madera dejando un pequeño hueco. Creía en los robos.

            Dando la espalda al pantano de Grenoch, al río Wawanash y a unas colinas lejanas, peladas y boscosas a la vez, que, a pesar de haber estudiado los accidentes geográficos, cría que eran el fin del fundo, enfilábamos Flats Road, que por ese extremo era poco más de dos surcos separados por una vigorosa franja de llantén y pamplina.

(“La vida de las mujeres”, Alice Munro, 1971)



Oriente, por Justo San Felices. 50x55 cm, acuarela sobre papel. En Galería Van Dyck (Gijón).

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sobre Evaristo Valle, republicanos, fartones y el péritu...

            Acababa de celebrarse en Gijón, con éxito rotundo, una exposición de varios cuadritos serios, y, como el eco de mi triunfo había llegado hasta el mencionado pueblo, su intelectuales ─porque en todas partes hay personas que creen serlo e incluso que algunas veces lo son─, tan pronto pisé tan amable y bello lugar, me saludaron con loa y me obsequiaron con una espléndida fabada. Ya en los postres de la misma, y después de los inevitables y poéticos brindis, hablaron unos y otros, y discutieron acaloradamente sobre pintura, y yo escuché con muchísima atención sus contradictorios juicios, porque siempre me ha parecido que de cualquiera se puede aprender.

            Asistieron el alcalde y el secretario, el párroco, el boticario, el médico y el jefe del partido político contrario al alcalde. Este último, en un aparte, me comentó: “Aquí me tiene usted entre estos fartones, porque la república también sabe cerrar sus ojos para reverenciar el arte”; afirmación que me dejó pasmado.

("Recuerdos de la vida del pintor", Evaristo Valle, 2000)



El péritu (h. 1945), por Evaristo Valle. Óleo sobre lienzo, 99x90 cm.
Colección Pedro Masaveu, en el Museo de Bellas Artes de Asturias.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Sobre guerras, territorio y evolución de las antiguas sociedades complejas...


            En una entrada anterior comenté un artículo que señalaba a la propiedad privada, un estadio posterior al de los cazadores-recolectores, como embrión de la guerra en nuestra evolución social y cultural. Otro trabajo recientemente publicado (Peter Turchin, Thomas E. Currie, Edward A. L. Turner, and Sergey Gavrilets. “War, space, and the evolution of Old World complex societies”Proceedings of the National Academy of Science, 23 de septiembre de 2013), en el que se simula sobre mapas geográficos la evolución de los conflictos entre sociedades, la difusión de la tecnología militar y la evolución sociocultural por cada siglo de historia, apunta a que los conflictos bélicos y la innovación tecnológica asociada a ellos son impulsores del desarrollo de las sociedades. El modelo predictivo se fundamenta en el análisis de las interacciones entre la ecología de las poblaciones, la geografía de sus entornos y el estudio de los acontecimientos históricos.

Las conclusiones indican que la creación de instituciones complejas de cohesión social está relacionada con la belicosidad de una comunidad. En el modelo, las sociedades que perdían las guerras eran absorbidas por las ganadoras. Este diseño refleja lo que ocurre en el mundo real cuando los imperios se expanden conquistando otras comunidades.

El equipo de investigadores utilizó como patrón las características de los territorios de las comunidades africanas y eurasiáticas y los eventos ocurridos entre ellas desde el año 1500 a. C. hasta el 1500 d. C. (y no después puesto que la aparición de las armas de fuego marcó una nueva evolución de los conflictos entre comunidades). Así, las innovaciones militares, como el uso de carros y caballerías, y los accidentes geográficos, fueron dos de los factores clave en la evolución de los habitantes del continente eurasiático.


The moment of kamikaze and mongol strike to japanese isle (2011), por Happy Morning Star (Deviant Art).


martes, 24 de septiembre de 2013

Sobre la la caza, la extinción y la reintroducción del venado (Cervus elaphus) en Redes...


Por antonomasia, los principales mamíferos cinegéticos son los artiodáctilos, tanto por su aprovechamiento ancestral como fuente de carne para los pueblos primitivos de cazadores, como por su papel posterior de complemento nutricional para las sociedades agrícolas. Miles de años después, al final de la dominación romana, el derecho germánico introducido en la Península por los pueblos nórdicos ocupantes consideraba la caza como potestad del rey, privilegio que se perdió en el tiempo diluido en concesiones a los nobles o a las órdenes religiosas. La pretendida restricción se prolongó hasta 1837, aunque su reforma definitiva devino en la Ley de Caza de 10 de enero de 1897, fundamentándose el derecho de caza en atributo de la propiedad.

            Aun a pesar de las leyes destinadas a la protección de la caza desde los fueros y pragmáticas medievales, en los que se establecen zonas restringidas a la práctica cinegética, periodos de veda, días de fortuna y prohibición de determinadas técnicas venatorias, el detrimento de éstas en la Cordillera Cantábrica debió ser moneda común, ya que en la Junta General del Principado de 3 de septiembre de 1623 se señala que “hay muchas personas que caçan y pescan libremente y en esto a habido y ay mucha desorden, a cuya causa se halla muy poco caza y pesca y se espera abra menos”. Esa situación desembocó en la desaparición en el área cantábrica de dos especies de gran interés cinegético: el venado y la cabra montés.

            El venado fue muy perseguido en Asturias en los últimos siglos, como importante fuente de carne en tiempos de agricultura de subsistencia y por la utilidad de sus cuernas en la manufactura de utensilios de uso diario, como mangos de herramientas, piezas para los carros, etc. Tal fue así que acabó por desaparecer en las montañas al del Norte peninsular en la transición del siglo XIX al XX. En Asturias, donde ya era escaso a lo largo del XIX, su menguada población se escindió en dos grupos, uno en la zona oriental (Cabrales y Peñamellera), que posiblemente desapareció el primero al quedar completamente aislado al Norte de los Picos de Europa, y otro al sudoeste (Cangas del Narcea, Somiedo y Degaña), el más importante por su continuidad con los montes del Bierzo y adentrándose en las provincias de Lugo, Orense, León y Zamora. A este núcleo pertenecían los últimos “venados caballares”, mayores que los actuales según el recuerdo de la tradición. Los últimos ejemplares aborígenes fueron cazados en Degaña en la primera década del siglo XX.

            Si bien la reintroducción, a mediados del pasado siglo, de la cabra montés resultó un rotundo fracaso y la del gamo sólo prosperó en la Sierra del Sueve,  la suelta de venados en distintos puntos de la geografía asturiana obtuvo mejores resultados de los esperados, ya que de un centenar escaso de ejemplares liberados se ha llegado a la población actual. Según los datos de la Sociedad Astur de Caza y de la Consejería, en su momento, de Agricultura y Pesca, el primer enclave de suelta en nuestra región fueron los montes de Caleao (Caso), donde en 1952 se liberaron 17 ejemplares traídos Quintos de Mora (Toledo). Ese mismo año se hizo lo propio con idéntico número de animales en el bosque de Peloño (Ponga). Ocho años después, en 1960, se produjo una nueva suelta de 3 ejemplares en los montes de Redes. Se pudo constatar que los individuos reintroducidos en Ponga se expandieron hacia los montes de Caso, así como los liberados en Caleao colonizaron los montes del vecino concejo de Aller. En años posteriores, hasta comienzos de los setenta, otra docena de reintroducciones se llevaron a cabo en distintos puntos de la geografía asturiana (Nava, Piloña, Proaza, Somiedo, Parque Nacional de Covadonga, Colunga, Ibias) con mayor o menor éxito.

            Hoy, desde la administración autonómica, se propone una densidad umbral óptima de ciervos de 5-6 individuos por cada 100 Ha. Apunto también el dato de que a la fecha, en el Parque Natural de Redes, formado por los concejos de Caso y Sobrescobio, se estiman densidades de entre 3,1 y 4,1 individuos por cada 100 Ha, pero esas cifras se elevan hasta los 27 en el Parque Nacional de Picos de Europa.


Sobre la berrea y la reproducción del venado (pinchar aquí).
Sobre la cuerna del venado: descorreo, escoda y desmogue (pinchar aquí).


Deer and Deer Hounds in a Mountain Torrent (1832), por Sir Edwin Henry Landseer. Óleo sobre lienzo, 40.5x90.8 cm, en la Tate Gallery de Londres.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Sobre El Llano en llamas, diles que no me maten...

            Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba: Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

(Diles que no me maten, “El Llano en llamas”, Juan Rulfo, 1953)



El Llano en llamas (Juan Rulfo), por Balo Pulido, 80x120 cm, acrílico sobre MDF.