Ayer publicaba el diario La Nueva España una interesante entrevista con Rafael Puyol, catedrático de Geografía Humana, que viene de participar en los cursos de La Granda con una ponencia titulada "¿Cuántos seremos?, ¿cómo seremos? y ¿cuánto viviremos?". En ella, el también ex rector de la Universidad Complutense de Madrid, respondía de manera bastante ajustada a la población potencial en 2050: 9.100.000.000 individuos, unos dos mil millones más que en la actualidad, aunque no hace ni medio siglo todos los factores hacían predecir unos 12.000.000.000.
Apunta Puyol dos causas fundamentales para esa ralentización del crecimiento poblacional. La primera es la caída de la natalidad, que nos situa por debajo de la fecundidad de reemplazo, es decir, por debajo del umbral que permite la renovación de las generaciones, excepción hecha de algunos países subsaharianos. La segunda es un aumento no previsto de la mortalidad, principalmente por la epidemia del VIH y en casi esos mismos paises subsaharianos.
Study of the head of an old man, 1610-1615 por Peter Paul Rubens, en el Kunsthistorisches Museum de Viena.
Seremos más octogenarios y urbanos (en España la media entre
las mujeres alcanza los 85 años y entre los hombres los 80, y el éxodo
desde los pueblos hacia las ciudades es meridiano) y el envejecimiento
se convierte en un fenómeno positivo consecuencia de la conquista
social, pero que tiene consecuencias económicas, como el aumento del
número de pensionistas, sociales y sanitarias. Todo ello, en palabras de
Puyol, va a requerir medidas políticas y otras acciones, porque si no,
en la próxima década, cuando nuestro país el envejecimiento alcance
proporciones preocupantes, el asunto desembocará en conflicto social.
De forma más general, definimos el envejecimiento
demográfico como un cambio en la estructura de edad de una población,
consistente en un aumento del porcentaje de personas por encima de 65 años
(umbral aceptado aunque ciertamente arbitrario) respecto del conjunto. En
España esta cifra alcanzaba, en 2011, el 17% y las proyecciones advierten de que
a mediados del siglo en curso uno de cada tres españoles superará ese umbral.
Las causas de este proceso son
bien sencillas: una menor fecundidad disminuye la cifra de niños y aumenta el
peso relativo de los mayores; y una menor mortalidad lleva a más personas de
cada cohorte a ese umbral, nueve de cada diez nacidos, cuando a principios del
siglo XX no llegaban ni tres. Se viene produciendo, por tanto, una democratización de la supervivencia.
Además, los que llegan viven más tiempo. Se ganan años a la muerte. Inexcusablemente,
más gente en la vejez tiene consecuencias demográficas en el ámbito individual,
social y en el sistema de protección social.
Los demógrafos aun debaten
sobre si se vive más porque se vive mejor, o se vive más porque las
enfermedades ya no matan como antes, merced, entre otros factores, al avance
médico. Parece evidente que cuando se envejece, las tasas de morbilidad y
discapacidad aumentan considerablemente. Si la edad de aparición de
enfermedades y el inicio de la discapacidad se retrasan hacia el momento de la
muerte, se vive mejor y se ganan años de buena salud.
Sin embargo, una parte del
tiempo ganado se vive con mala salud. Hemos cambiado mortalidad por morbilidad,
que suele ir asociada a enfermedades crónicas y degenerativas. La mala salud
también se relaciona con problemas de discapacidad, que muchas veces deriva en
dependencia y el envejecimiento supone la emergencia de los cuidados de larga
duración.
Por todo ello, aumenta el número de generaciones de la misma
familia viviendo simultáneamente. Nuestros mayores actuales tuvieron muchos
hijos, pertenecientes a la generación del baby
boom (los nacidos entre 1957 y 1977), que han sido y siguen siendo fundamentales
en el cuidado. Pero debido al menor tamaño medio familiar (consecuencia de una
baja fecundidad), un incremento de divorcios y de familias sin hijos, se
debilita el potencial de cuidado familiar para futuros dependientes, a la vez
que aumenta la carga para los cuidadores, mayoritariamente mujeres de edad
intermedia. Por otra parte, una mayor convivencia y contacto intergeneracional
permite más relaciones verticales dentro de la familia, abuelos-padres-hijos,
una mayor cooperación, más oportunidades y mayores transferencias
intergeneracionales. Destaca el hecho de ver abuelos en papeles tradicionales
femeninos, como en el cuidado de nietos.
El
envejecimiento de la población obliga a ser eficientes y equitativos en el
reparto de beneficios sociales. El horizonte cronológico de cada individuo se ha
extendido. Ello ha permitido repartir tiempos a lo largo del curso de la vida;
de hecho, los jóvenes pueden pasar más tiempo formándose; los mayores disponen
de más tiempo para actividades, nuevas y viejas; y es razonable repartir algo
de los años ganados entre los adultos, por ejemplo, ampliando su vida laboral.
Vidas más largas suponen un
éxito del progreso, pero requieren financiación. Hasta ahora, contribuciones
del trabajo e impuestos han mantenido nuestro sistema de protección social. El
envejecimiento tensiona el equilibrio del sistema al aumentar notablemente el
gasto en los importantes capítulos de pensiones, sanidad y dependencia, aunque
el gasto sanitario tiene otras razones para su incremento. El envejecimiento,
por ser una tendencia de fondo y de duración ilimitada, requiere un sistema de
protección estable; pero si coincide con una crisis de empleo, la presión es
insostenible, se magnifican las consecuencias negativas. Esto exige tomar
medidas que hagan desaparecer las tensiones: políticas de empleo, mayor
productividad por trabajador, pero también requiere a corto plazo o bien
revisar la cartera de servicios (qué protegemos y qué deberíamos proteger), o
bien incrementar los ingresos del sistema. Quizá ambas cosas.
Quien desee profundizar en cómo los retos del futuro cambiarán nuestra forma de vivir y trabajar, puede hacerlo leyendo El mundo en 2050 (Debate, 2011), obra de Laurence C. Smith en la que este catedrático y profesor de UCLA examina las cuatro fuerzas que determinaran el futuro de la civilización, entre ellas la sobrepoblación. También se puede recomendar 2020, Un nuevo paradigma (Tendencias, 2009), en la que Robert J. Shapiro también analiza el problema poblacional como parte de la globalización.
Quien desee profundizar en cómo los retos del futuro cambiarán nuestra forma de vivir y trabajar, puede hacerlo leyendo El mundo en 2050 (Debate, 2011), obra de Laurence C. Smith en la que este catedrático y profesor de UCLA examina las cuatro fuerzas que determinaran el futuro de la civilización, entre ellas la sobrepoblación. También se puede recomendar 2020, Un nuevo paradigma (Tendencias, 2009), en la que Robert J. Shapiro también analiza el problema poblacional como parte de la globalización.
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