viernes, 10 de febrero de 2012

Sobre el 12F y las primarias en Venezuela...¿Capriles, Machado o Pérez?


Será pasado mañana, domingo 12 de febrero de 2012, cuando se elija, mediante primarias, al candidato único de la oposición que se enfrentará el próximo 7 de octubre a Hugo Chávez en las presidenciales de la República Bolivariana de Venezuela. Este, el autócrata, viene logrando que las sucesivas elecciones desde 1998 se convirtieran en auténticos plebiscitos sobre su persona, aunque la otra cara de la moneda muestra que también ha conseguido enraizar la división del país en dos Venezuelas, de las que la suya, la vestida en rojo, le ha mantenido hasta la fecha en Miraflores.



María Corina Machado, co-fundadora de la asociación Súmate, y diputada de la Asamblea Nacional por el Estado Miranda.
A su lado Henrique Capriles Radonski, fundador y lider del partido Primero Justicia, además de gobernador del Estado Miranda.



Los aspirantes con mayor seguimiento son dos hombres, Henrique Capriles y Pablo Pérez, y, aunque muy distante en las encuestas, una mujer, dama en realidad, María Corina Machado. Aunque los tres pertenecen a la Venezuela acomodada, María Corina es la candidata soñada por Chávez por su condición de católica conservadora de 42 años, quien a ojos del presidente —la apoda “la burguesita”— representa todo lo que no soportan los votantes del PSUV. Capriles, que parte como favorito, 39 años, tiene el gran mérito de haber derrotado al golpista Diosdado Cabello en las elecciones a gobernador del Estado de Miranda, al que muchos ven como sucesor de un Chávez visiblemente derrotado por la enfermedad. Capriles pretende ser la versión moderada del brasileño Lula. Pablo Pérez, más pueblo que los anteriores, gobernador de Zulia, donde la oposición siempre obtuvo sus mejores resultados, es un pseudo-Chávez escorado a la derecha.

Sobre la valentía de los tres candidatos no cabe la menor duda. Ser candidato contra Hugo Chávez es solicitar el ingreso en prisión o el pasaporte al exilio, como lo saben los antecesores de este grupo de aspirantes a convertirse en abanderado o abanderada de la oposición (el último, Manuel Rosales, está asilado en Perú). En el caso del favorito, Capriles, el riesgo no es ir sino volver a la cárcel, pues ya fue encarcelado cuatro meses por Chávez en 2004.

Las presidenciales del próximo otoño, lejos de perfilarse como una contienda ideologizada —democracia occidental versus socialismo del siglo XXI— se decidirá en razón a baremos mucho más terrenales. El comandante esgrimirá que ha vencido a la enfermedad y que su victoria ha sido un sacrificio más por la revolución bolivariana, pero su campaña de fondo se basará en que ha habido una mejoría real del nivel de vida de los menos favorecidos, sufragada por la inagotable renta petrolera. Quienquiera que gane las primarias apuntará a la erosión de las libertades, la corrupción del poder, y el desfallecimiento moral de la sociedad, aunque el gran argumento será otro: que no se puede salir a la calle sin jugarse la vida, especialmente en Caracas.




Pablo Pérez Álvarez, gobernador del Zulia y candidato por el partido Un Nuevo Tiempo, liderado por Manuel Rosales.



En abril de 2011, el Gobierno anunció la puesta en marcha de la Gran Misión Vivienda Venezuela, que aspira a construir dos millones de apartamentos en siete años, de los que casi 150.000 deberían estar listos a la fecha de los comicios, pero no parece que así vaya a suceder. Más recientemente ha creado la Gran Misión Amor Mayor, en beneficio de la tercera edad, y la Gran Misión Hijos de Venezuela, en este caso para apoyar, entre otros, a las adolescentes embarazadas, justo ahora que hemos superado los 7000 millones de pobladores. A todo ello se une la congelación de los precios de 18 productos de primera necesidad, para apuntalar a Chávez con el voto cautivo de, cuando menos, un 40% de venezolanos: un pueblo que come mejor, tiene medicina gratuita, y hasta puede guardar algo para esparcimiento, al tiempo que es mínimamente sensible a la erosión de unas libertades de las que nunca hizo uso cotidiano.
 
Sin embargo, todas las encuestas señalan que la mayor preocupación nacional, a derecha e izquierda, es el incontenible auge de la violencia. Durante 2011 Caracas fue la segunda urbe más criminalizada de Latinoamérica tras la mexicana Ciudad Juárez. En 2009 la capital venezolana sufrió una tasa de más de 130 homicidios por 100.000 habitantes —que en 2011 ya se aproximó a 200— cuando la media venezolana es de 65, y la de todo el continente latinoamericano de 27. La policía ha dejado de informar sistemáticamente sobre esa hecatombe, pero fuentes independientes hablan de 17000 muertes violentas en 2010 para menos de 30 millones de venezolanos, lo que hace del sicariato, el asesinato por encargo, la industria de mayor crecimiento en la República Bolivariana. Por esta razón comienzan a surgir patrullas vecinales en los barrios para suplir a las inoperantes fuerzas del orden. Incluso Tarek el Aissami, ministro del Interior, reconoció que casi un 20% de delitos son cometidos por la propia policía. Contra todo ello se creó en 2009 un cuerpo policial bolivariano, sobre el que Chávez aclaró que no protegería a la burguesía, pero a la vista de las cifras parece que el crimen no pregunta a sus víctimas sobre su estrato social. Provisionalmente, cabría concluir que la integradora política chavista ha perturbado más que apaciguado las tensiones sociales, y que, por haber empoderado a segmentos sociales históricamente marginados, ha roto un equilibrio anterior, por precario que fuese. También el 7 de octubre se votará sobre el fracaso de la revolución bolivariana.


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